El cristal helado del autobús empañaba los contornos del paisaje exterior, pero el reflejo dentro era claro: unos ojos cansados y una expresión tensa que apenas reconocía como mía. Llevaba un buen rato mirando hacia la nada, tratando de encontrar en la silueta de los árboles algún rasgo de familiaridad.
Nada.
Había olvidado por completo Turquoise, el lugar donde crecí y pasé catorce años de mi vida. Catorce años llenos de momentos, experiencias, rostros y sentimientos que hoy no eran más que un lienzo en blanco.
Traté con todas mis fuerzas durante tres años enteros en la ciudad, buscando desesperadamente los rastros del viejo Eddie William. Pero era como intentar sostener agua entre los dedos. Ni siquiera sabía por qué el pueblo se llamaba Turquoise en primer lugar.
—«Tu mente es como una niebla espesa que custodia lo que viviste» —solía repetirme el doctor con voz pausada, dibujando esquemas de cerebros en sus bloques de notas.
Mi historia, para mí, comenzaba en la cama de un hospital, bajo la luz parpadeante de unos tubos fluorescentes y el pitido sordo de los monitores, justo después de aquel “desafortunado accidente”. Antes de ese día, todo se reducía a un abismo confuso. No podía recordar el rostro de mi madre, el tono de voz de mi hermana, ni los momentos compartidos con mi difunto hermano. Tampoco a mis amigos, mis mascotas o las cicatrices que dejó aquel evento de hace tres años. No había nada. Y me estaba dando por vencido.
Incluso mi padre había comenzado a perder el interés en hacerme recordar. Al principio insistía con fotografías viejas, nombres y anécdotas, pero con el tiempo sus intentos se volvieron más breves, más pesados, hasta convertirse en un silencio resignado.
A solo unos minutos de cruzar la entrada del pueblo, un nudo se apretó en mi estómago.
~¿Cómo voy a mirarlos a la cara?~, me pregunté, apoyando la frente contra la ventana fría. ~¿Cómo se le dice a alguien que te sonríe con afecto que, para ti, es un completo desconocido?~
El peso de hacer sufrir a las personas que alguna vez quise me aterraba. No entendía por qué había aceptado regresar. Solo traía dudas, tensión y un drama innecesario bajo el brazo. Si mi padre ya estaba al límite de su paciencia, no tardaría en cansarse de mí otra vez.
El frenazo seco del autobús interrumpió abruptamente el hilo de mis pensamientos. El chasis vibró y el motor soltó un bufido de aire comprimido antes de apagarse.
—Última parada, Turquoise —anunció la voz gastada del conductor desde el frente, resonando en el vehículo casi vacío.
Me sobresalté. El tiempo se había escurrido mientras divagaba.
Tardé varios segundos en reaccionar y salir de mi estupor. Agarré la mochila que me había acompañado durante los últimos días de trayecto y bajé los escalones del ómnibus. Tras pasar un par de minutos a un costado del vehículo esperando a que el chofer bajara mi maleta del maletero, me dirigí al interior de la terminal para reencontrarme con mi madre.
Llevábamos tres años sin vernos en persona, limitándonos únicamente a breves chats de texto y llamadas a través de la pantalla. Un nudo de nervios se me apretó en el estómago ante la idea de tenerla enfrente después de tanto tiempo.
Apenas crucé las puertas de vidrio del establecimiento, me sumergí en un mar turbulento de pasajeros. El murmullo constante, las maletas rodando y la gente caminando en todas direcciones terminaron por desorientarme por completo. Mi vista no lograba dar con ella entre tantas siluetas que se interponían en mi camino. El techo alto de la terminal parecía cerrarse sobre mí; por un instante, el aire se sintió pesado y todo me dio vueltas en una ráfaga de mareo.
De pronto, un tirón firme en mi brazo me sacó del remolino de gente.
Me giré, asustado, pero la tensión en mis hombros se disipó de inmediato al ver quién me sostenía. Era mi madre. La reconocí al instante: la recordaba del hospital y de las videollamadas por Skype, pero tenerla frente a mí era totalmente distinto. Éramos casi de la misma estatura y compartíamos rasgos en la forma de la cara, aunque al verla en persona pude confirmar lo hermosa que era. Su piel clara contrastaba con las pecas suaves en sus mejillas, su nariz era pequeña, y sus ojos azules brillaban con la intensidad de un diamante bajo la luz artificial del lugar, enmarcados por un flequillo largo que le cubría la frente.
Abrí la boca para romper el incómodo silencio que nos rodeaba, pero ella fue más rápida.
Se arrojó hacia mí y me envolvió en un abrazo sofocante y maternal, apretándome contra ella como si tuviera miedo de que fuera a desaparecer. Empezó a acariciarme el cabello y a hablarme entre suspiros, tratándome como si fuera un niño pequeño en medio de toda esa multitud.
Sentí cómo las mejillas me ardían de la vergüenza. No sabía qué clase de chico había sido en el pasado, pero el Eddie de este momento no era más que alguien profundamente tímido.
Traté de apartarme con delicadeza de su abrazo para reprocharle su actitud, pero las palabras se me atoraron en la garganta al notar que sus ojos estaban empapados en lágrimas. Pensé por un segundo que había hecho algo mal, pero ella se apresuró a dedicarme una sonrisa cálida y luminosa. Me sentí extraño. Que yo recordara, nadie me había mirado jamás con semejante devoción.
—Este… Hola, mamá —balbuceé en voz baja, incapaz de articular nada mejor.
—¡Pero qué grande estás, hijo mío! —exclamó ella con la voz quebrada por la alegría—. ¿Cómo estuvo el viaje? ¿Comiste algo en el camino? ¿Tienes hambre?
Lanzaba las preguntas una tras otra, con los ojos brillándole de emoción.
—Este… n-no comí nada desde ayer, y lo otro, bueno…
Iba a intentar explicarle el cansancio que traía encima, pero me cortó de golpe. Me tomó con firmeza de la mano y empezó a arrastrarme hacia la salida con un entusiasmo arrollador. Su fuerza y su velocidad me tomaron completamente por sorpresa. Sonreía a cada instante mientras avanzábamos, lo cual resultaba intimidante e incómodo para mí; no estaba acostumbrado a que alguien me demostrara tanta emoción de manera tan directa.
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Editado: 29.10.2026