Tus últimos seis días

✦ Capítulo Seis — El último día del heredero ✦

3 de noviembre, al anochecer.

Elijah no tenía voz, pero aún tenía rabia.

Salió de su habitación como una sombra a plena luz del día, descalzo, despeinado, con el rostro surcado de ojeras, las manos temblorosas y los ojos… los ojos perdidos.

Se dirigió hacia la plaza del reino. Y allí, frente a todos los pueblerinos que aún quedaban, gritó.

—¡Yo soy Elijah, el heredero maldito! ¡Sí, maldito! Pero no por mi culpa… ¡Por la de ellos! —rugió, señalando al cielo, al castillo, al pasado—. ¡Mis padres! ¡Los asesinos! ¡Los sacrificadores! ¡Los que dieron a sus hijas por poder! ¡Los que enterraron a mi hermana! ¡Los que destruyeron todo!

Su voz se quebraba, pero seguía.

—¡Yo no elegí nacer! ¡Yo no pedí este reino! ¡Soy una víctima! ¡El único que tuvo que cargar con todo!

Lloraba, reía, se golpeaba el pecho. La gente lo miraba en silencio, unos con horror, otros con lástima.

Ese día, Elijah gritó toda la verdad. Pero no por justicia.

Lo hizo por él. Para ser visto. Para ser querido. Para que, al final, alguien lo abrazara.

Pero nadie lo hizo.

En la tarde, los consejeros del palacio comenzaron a organizar el funeral de los reyes. Ordenaron sellar los salones, colgar paños negros en las torres, y enviar mensajes a los reinos vecinos. Elijah no fue incluido. No fue mencionado. Era como si ya estuviera muerto también.

Él volvió a su habitación. Cerró la puerta con furia. Miró su reflejo… y no vio nada en sus propios ojos.

El reino ya no era suyo.

Y entonces, ella volvió.

Eloís.

Frente a él. Sin lágrimas. Sin odio. Solo con la verdad en los labios.

—¿Pensaste que podías limpiar tu alma con gritos, hermano?

—¿Pensaste que, al convertirte en víctima, escaparías del castigo?

—¿Pensaste que el cielo te perdonaría… después de empujarme a la muerte?

Elijah no respondió. Solo rió. Una risa seca, hueca, desesperada.

—¿Y qué harás ahora? ¿Arrastrarme al infierno? ¿Tú, la luna triste?

Eloís dio un paso al frente. Y por primera vez, sus ojos brillaron con algo más que rabia. Brillaron con juicio.

—Tú pediste perdón al cielo de las estrellas…

Pero olvidaste que yo soy la luna.

Y la luna no perdona.

Elijah giró el rostro con desprecio, se desnudó sin miedo y caminó hacia la tina de mármol en su baño privado.

Se hundió en el agua. Cerró los ojos.

Y entonces lo sintió.

Algo… lo tomó por los tobillos. Lo apretó. Lo haló.

El agua dejó de ser agua.

Era pesada. Era viva.

Era la laguna. Era ella.

Forcejeó. Golpeó las paredes. Gritó debajo del agua.

Pero no salió.

No volvió.

Horas más tarde, un sirviente, al no recibir respuesta, entró a la habitación. Lo encontró flotando en la bañera.

Los ojos abiertos, enrojecidos.

El rostro cubierto de lágrimas.

Y el cuerpo… frío. Frío como esa noche en el bosque.

Frío como la laguna donde lo dejó su culpa.

4 de noviembre.

El palacio entero cayó en silencio.

El reino ya no lloraba. No podía. Solo observaba. Reflexionaba. Entendía.

Durante años, todos habían visto cosas.

Escuchado cosas.

Sentido cosas.

Pero nadie dijo nada.

Ahora, todo tenía sentido.

Y entonces, sin proclamas ni decretos… el pueblo actuó.

Quitaron el estandarte de las tres estrellas doradas del trono.

Y en su lugar, colgaron uno nuevo.

Tres estrellas radiantes —una por Allora, una por Alva, y una por Althea—.

Tres hijas sacrificadas, brillando juntas, no como reinas, sino como guardianas del recuerdo.

Y en el centro, más grande, más plateada… una luna.

La luna que todo lo vio.

La luna que todo lo supo.

La luna que nunca olvidó.

Eloís.

Tus últimos seis días… no fueron solo tuyos, Elijah.

Fueron los seis días en que la verdad renació…

y el cielo dejó de perdonar.




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