Ubi sunt: ¿qué fue de quiénes vivieron antes que nosotros?

Una nueva amenaza

Unos días después, a mediodía de un día soleado, en los puestos al aire libre de un café que estaba cerca de la plaza central, estaban Roman Scarlet y Jean Gimpert tomando café (sintético como casi todo). El lugar, a pesar de ser de cemento gris y chapado en hierro en algunas partes, se las había ingeniado para decorarlo con un letrero con luces de colores que resaltaba entre la mayoría de los edificios.

—Me alegra que su hija esté a salvo y hasta mejorado su relación con ella, Colton —decía el alcalde tras beber un sorbo de café.

—Gracias Roman. Y supongo que estos días no han sido nada fácil.

—Y que lo digas. Aunque lo mas fuerte para mi, no han sido intentar regresar la ciudad a la normalidad, sino ese caso de fuego amigo que pasó con sus reclutas y que tuvimos que ver con los Procuradores. Fue una sorpresa ver el nombre de tu hija en el informe.

—Lo sé, ella me contó todo. Estaba muy mal. ¿Y cómo fue al final?

—Como lo imaginé —. Suspiró —. Confesó el crimen y solo lo degradaron. No me extraña, el Culto tiene mucho poder para salvar a los suyos.

Colton gruñó por lo bajo, para luego beber un sorbo de su bebida. Apareció entonces una persona desde el edificio central cruzando la calle, y se dirigió al alcalde.

—Disculpe señor, pero tiene una visita de emergencia.

—¿De dónde?

—San Francisco. Ya debe estar por llegar.

Emitió un breve gruñido.

—Está bien, voy enseguida — contestó para después dirigirse hacia su amigo —. Colton, disculpe.

—No te preocupes, está bien —contestó. Seguidamente se levantó y fue de camino a su casa. No tardó en aparecer un un helicóptero que se posaría en el helipuerto en la zona alta del edificio de administración central. 

En el trayecto se topó con un grupo de citadinos marchando a lo largo de la calle. Eran bastantes, y gritaban consignas en contra de los pioneros y los Rangers, pidiendo que estos se fueran de las afueras de la ciudad. Un ciudadano con ropas del culto iba por las veredas, casi gritando a los transeúntes el por qué.

—¡Es la teoría de atracción de conglomerados! ¡Es la ley por la que se construyó esta ciudad para evitar ataques de zombies! ¡Se está violando con toda esa chusma allá afuera y que ya estaban antes con sus cancioncitas militarotas! ¡Hay que expulsarlos!

Colton siguió de largo e ignoró como pudo esas habladurías. Él ya sabía que esa teoría estaba casi descartada gracias a las expediciones pioneras y de rangers, aunque el público masivo siguiese creyéndolas. Es mas, el mismo alcalde le acababa de contar que sus militares acababan de analizar la batalla librada hace días y prácticamente hundían la teoría. Se aferró a eso para seguir de vuelta a su casa e ignorar a esa gente.

Fuera, en los campamentos de rangers, la gente se distraía de los últimos días, estando mucho mas relajados y animados, especialmente los reclutas, quienes organizaron un partido de handball para distraerse en una cancha improvisada. Desde fuera varios soldados, desde reclutas a soldados veteranos se acercaron a ver a los distintos equipos jugar. Hans, Desmond y Asama estaban junto a la profesora Lamothe entre los primeros, viendo al resto de sus amigos participar en uno de los equipos. 

—Ese joven, Paulo, es muy bueno —comentaba la profesora mientras bebía agua de una cantimplora. 

—A pesar de su condición, vaya que lo es —agregó Hans, cosa que le valió un manotazo en la cabeza por parte de Asama.

Después del partido, durante la hora de almuerzo, varios vieron pasar un helicóptero que se posaría en la parte alta del edificio de administración. Se quedaron mirándolo fijamente, pero ninguno pensó en algo realmente relevante, por lo que siguieron comiendo y luego entrenando.

El verdadero peso de la misma no llegó hasta mas tarde, cuando llegó un mensaje de la ciudad, el cual fue comunicado a todos tras reunirse ante una tarima. El que daba los mensajes era un oficial de los mismos acompañado de uno de la ciudad. 

—Soldados, hemos recibido una llamada de auxilio de la ciudad de San Francisco. Aparentemente ellos también han sufrido un ataque zombie desde el sur. La misma San Francisco ha resistido bien, pero las zonas pobladas de San José y Oakland no están resistiendo y no pueden hacer mucho para ayudarlas.

Murmullos de preocupación se extendieron entre los presentes.

—Debido a eso —continuó —Craco enviará algunas de sus milicias a apoyar, y los rangers también enviarán a los suyos colocados aquí de forma conjunta.

Mas murmullos, ahora parecían de emoción.

—Irán en dos oleadas, siendo la primera la mas grande. Seguirá otra mas tarde, y algunos quedarán de reservas aquí. Ya hemos organizado quienes pertenecerán a cual oleada. Los reclutas deberán quedarse aquí para recibir sus instrucciones del sargento Tyson Zim, y los demás recibirán las suyas de sus oficiales. Estos últimos pedimos que se retiren.

Los susodichos se levantaron y dejaron a los otros en su lugar. Habían tanto adolescentes como adultos jóvenes, dos grupos que habían recibido instrucciones separadas. Los que estaban en la tarima también se retiraron y llegó en su lugar el sargento Zim. Tras ver que no quedaba nadie mas que los indicados, el susodicho procedió.

—Reclutas... no, rangers libres, lo que ustedes vivieron hace unos días es horrible. Yo jamás he sido partícipe de forzar a los recién graduados a una confrontación directa con zombies, es algo que debería quedar para cuando se hayan aclimatado. Y por lo mismo, si me lo preguntan, tampoco soy partidario de enviarlos a la bahía de San Francisco. Aunque ya tuvieron su primer encuentro... en fin. Todos formarán parte de la primera oleada, y deberán estar listos para partir pasado mañana en camiones a Oakland al amanecer. Formen los escuadrones que crean conveniente, de preferencia de cinco a diez miembros. Pueden retirarse.

Todo fue tan escueto, y la voz del sargento sonaba tan decaída que esta emoción se contagió a todos los presentes. Distintos comentarios surgieron entre ellos.




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