Ultima Promesa

Capítulo 28: Lo que fui, y lo que vio en mi

La puerta de la casa se cerró detrás de ellos. Apenas dejaron los zapatos en la entrada, Aiko soltó una carcajada.

—¡Todavía no puedo creerlo!

Lilia la miró sin comprender del todo.

—¿Qué cosa?

—¡Lo del ramen! ¡Diez platos, Lilia! ¡Diez!

—Estaba delicioso —respondió ella con total naturalidad.

—¡Ese no es el punto! —Aiko volvió a reír—. ¡Nadie come diez platos seguidos!

El padre dejó escapar una risa mientras se dejaba caer en el sofá.

—Creo que acabamos de establecer un nuevo récord familiar.

—No fue un récord —corrigió Lilia con seriedad—. Simplemente comí hasta sentirme satisfecha.

Aiko la señaló con el dedo.

—¡Eso es precisamente lo preocupante!

La madre, que se dirigía hacia la cocina, se detuvo un instante y sonrió.

—Voy a empezar a preparar la cena.

—Puedo ayudarte —dijo Lilia acercándose.

—No hace falta, cariño.

—Puedo hacerlo bien.

—Lo sé —la mujer le acarició suavemente el cabello—. Pero después de todo lo que viviste hoy, seguramente estás cansada. Ve a tu habitación y acomoda las cosas que compraste. Te llamaré cuando todo esté listo.

Lilia dudó unos segundos.

—Entendido.

—Y una cosa más: no te pongas a leer hasta olvidarte de la hora.

Lilia se detuvo en seco.

—Eso no te lo prometo.

Aiko estalló en risas.

—¡Al menos es sincera!

Lilia tomó su bolsa y comenzó a subir las escaleras.

—Iré a ordenar mis cosas.

—¡Y no desaparezcas arriba! —le gritó Aiko desde la sala.

Lilia levantó una mano sin girarse.

—No desapareceré.

Al entrar en su habitación y cerrar la puerta, el ruido de las voces de su familia llegó amortiguado desde abajo. Aiko seguía contando lo del restaurante una y otra vez, mientras sus padres se reían entre comentarios. Lilia sonrió levemente. Había sido un día extraño. Pero agradable.

Dejó la bolsa sobre el escritorio y, antes de empezar a vaciarla, escuchó un sonido suave detrás de ella.

—¿Miau?

Al girarse, vio sobre la cama al pequeño gato de peluche que había conseguido poco después de llegar a aquel mundo. La magia que lo animaba reaccionó de inmediato a su presencia: saltó hasta el suelo, caminó hacia ella y trepó con agilidad hasta su hombro, donde se acomodó como siempre hacía.

Lilia lo acarició con suavidad.

—Hola, Haru.

El peluche respondió con otro maullido breve y ronroneó contra su mejilla. Ella permaneció así unos instantes, disfrutando de aquella calidez sencilla, antes de empezar a sacar los libros y colocarlos uno a uno en el estante. Al terminar, tomó el primero que pensaba leer y lo dejó sobre el velador. Se recostó entonces boca arriba, con el gato aún cerca, y cerró los ojos.

Permaneció inmóvil varios minutos. Luego, lentamente, retiró la mano de su rostro. Algo cambió en su expresión. Una tenue capa de magia comenzó a desvanecerse alrededor de su piel; el hechizo que ocultaba su apariencia se disipó poco a poco. Y entonces apareció: una marca grabada en su piel desde que era niña. El emblema del ejército demoníaco. La señal de su rango de general.

Lilia la miró en silencio. Durante toda su vida había sido solo eso: una identificación, un recordatorio de su deber, la prueba de que su existencia tenía un único propósito. Pero ahora... parecía pertenecer a otra vida. A otro mundo. A otra Lilia.

Rozó la marca con la yema de los dedos y, de pronto, el presente se alejó. Vio otra vez la piedra fría, las paredes húmedas, el hierro de las cadenas. Se vio sentada en una celda profunda, capturada por el enemigo. Todo el Imperio celebraba: habían apresado a uno de los generales más temibles del ejército demoníaco. Pero Lilia no pensaba en eso. Esperaba.

Sin su espada. Sin su armadura. Con cadenas encantadas que bloqueaban su magia. Y aun así, todos sabían que seguía siendo peligrosa.

La puerta se abrió. Una joven entró: túnica de maga, recipiente en las manos. Era una de las compañeras de Haru. Alguien que había luchado contra ella.

—¿Vienes a burlarte? —preguntó Lilia entonces.

La maga no respondió. Se arrodilló frente a ella y destapó el ungüento.

—Solo vengo a tratar tus heridas.

—Son unos incompetentes —dijo Lilia con frialdad—. Si creen que pueden negociar algo por mí, pierden el tiempo. Soy desechable. Si muero, otro ocupará mi lugar.

La maga siguió aplicando el ungüento con cuidado.

—Entonces es un error mantenerte con vida —dijo finalmente.

Lilia la miró entrecerrando los ojos.

—¿Por qué ese estúpido de Haru insiste en ello?

La maga suspiró.

—Porque es un gran idiota.

—Es un imbécil —escupió Lilia.

—Sí.

—Un completo tonto.

—También.

Lilia guardó silencio unos segundos, confundida por la coincidencia.

—Pero incluso yo sé —añadió la maga suavemente— que Haru nunca hace nada sin una razón.

Esas palabras resonaron en su mente. No cambiaron su opinión: para ella, Haru seguía desperdiciando la oportunidad más lógica de la guerra. Sin embargo, algo en aquella certeza tranquila la había dejado sin respuesta.

Lilia abrió los ojos. El techo de su habitación volvió a aparecer ante ella. Miró nuevamente la marca en su brazo.

—Sí... era un gran idiota.

El gato de peluche maulló suavemente. Lilia lo tomó entre sus brazos y lo abrazó contra su pecho. Y entonces llegaron, una tras otra, todas las imágenes que ahora tenía: las calles que recorrió por primera vez, las páginas de los libros, las risas de Miyu, la calidez de Kaede, las bromas de Aiko, la ternura de sus padres, aquel parque, aquel ramen... todo lo que había descubierto que también podía ser la vida.

Cerró los ojos y una sonrisa pequeña y dulce se formó en sus labios.

—Era un gran idiota —repitió en un susurro.

Y esta vez no lo dijo con desprecio. Lo dijo con cariño.

Escondió el rostro contra el peluche. La marca seguía allí, visible sobre su piel, testigo de quien había sido. Pero por primera vez... ya no parecía pertenecerle.



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En el texto hay: escolar, ficcion, ficcion aventura romance

Editado: 04.10.2026

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