Ultima Promesa

Capítulo 32: Las lágrimas que no pudo detener

La noche avanzaba en calma. Kaede dormía sobre el futón que había preparado junto a la cama de Lilia. La habitación permanecía casi completamente a oscuras, salvo por el tenue resplandor de la lámpara sobre la mesa de noche, que bañaba las paredes en una luz suave y dorada.

Habían pasado varias horas desde que ambas se acostaron.

Kaede abrió lentamente los ojos. Durante unos segundos permaneció inmóvil, todavía medio atrapada entre el sueño y la vigilia, intentando comprender dónde se encontraba. Entonces lo recordó todo: la casa de Lilia, la habitación, el futón en el suelo… y el hecho de que había decidido quedarse aquella noche para cuidarla.

—Tengo que ir al baño… —murmuró apenas en un susurro.

Se incorporó con sumo cuidado, procurando no hacer el menor ruido. Miró hacia la cama: Lilia seguía acostada, aparentemente profundamente dormida. Kaede se levantó entonces y salió de la habitación caminando de puntillas.

Minutos después regresó. Abrió la puerta lentamente y entró. Todo parecía igual. El silencio seguía envolviendo el cuarto. Kaede caminó de regreso hacia su futón, pero entonces, por alguna razón que no supo explicar, volvió a mirar hacia la cama.

Y se detuvo.

—¿Lilia…?

Algo no estaba bien. Lilia seguía acostada en la misma postura, inmóvil. Su rostro conservaba aquella expresión serena, casi inalterable, que siempre la caracterizaba. Pero había algo que no encajaba. Kaede se acercó despacio, con el corazón latiéndole suavemente en el pecho. Y entonces lo vio.

Una lágrima descendía lentamente por la mejilla de Lilia.

Kaede se quedó rígida, sin saber qué hacer.

—¿Está… llorando?

Otra lágrima brotó. Y luego otra. Sin embargo, Lilia no hacía el menor ruido. No sollozaba. No se estremecía. Seguía con los ojos cerrados, su semblante imperturbable, como si nada ocurriera… y aun así, las lágrimas continuaban cayendo, una tras otra, sin detenerse.

Kaede jamás había visto algo así. Aquella expresión tranquila no había cambiado en absoluto, pero sus ojos lloraban sin descanso. Se sentó en el borde de la cama, sintiendo un nudo en la garganta.

—Lilia… —llamó suavemente.

No obtuvo respuesta. Y mientras Kaede la observaba con el corazón encogido, Lilia seguía atrapada en un recuerdo que pertenecía a un tiempo muy lejano. Un recuerdo que nunca había podido borrar.

El interior de la mazmorra flotante del Rey Demonio estaba hecho ruinas. Las paredes temblaban con violencia. Grandes fragmentos de piedra se desprendían del techo y caían estrepitosamente al suelo. El aire estaba cargado de polvo, magia y olor a sangre. En el centro de aquella enorme cámara yacía el cuerpo del Rey Demonio, inmóvil. La batalla había terminado.

Pero nadie celebraba.

Haru apenas lograba mantenerse de pie. El resto del grupo respiraba con dificultad, apoyándose en sus armas para no desplomarse. Y frente a todos, de pie junto al panel de control, estaba Lilia. Su armadura estaba rota en varios puntos. Sangre recorría su rostro. Sin embargo, permanecía erguida.

Entonces un estruendo ensordecedor sacudió toda la estructura.

—¿Qué fue eso? —preguntó alguien con voz temblorosa.

Lilia miró el suelo. Su expresión se tornó grave.

—El núcleo.

—¿El núcleo de la mazmorra?

Lilia asintió.

—Está colapsando.

Otro temblor más fuerte los sacudió.

—¿Qué significa eso?

—Cuando el núcleo colapse, toda la energía acumulada será liberada de golpe —explicó Lilia con voz firme—. Destruirá todo en varios kilómetros a la redonda.

Un silencio aterrador cayó sobre ellos.

—Tenemos que detenerlo —dijo uno de ellos.

—¿Hay alguna forma?

Lilia miró hacia el centro de la estructura. Pensó unos segundos. Luego habló.

—Sí. La mazmorra es una estructura flotante. Podemos elevarla hasta la atmósfera.

—¿Y funcionará?

—La explosión ocurrirá igual —dijo Lilia señalando hacia lo alto—. Pero a esa altura, la mayor parte de la energía se disipará antes de tocar el continente.

Todos miraron hacia el panel de control.

—Entonces activamos el sistema de ascenso y nos vamos.

Lilia negó con la cabeza.

—El sistema automático quedó inutilizado durante la batalla. Solo puede controlarse manualmente.

Comprendieron al instante.

—Alguien debe quedarse.

—Yo me quedo —dijo Haru.

—No, yo.

—Puedo hacerlo.

—Yo soy más fuerte.

Uno tras otro se ofrecieron. Pero Lilia dio un paso al frente y colocó una mano sobre el panel.

—Yo lo haré. Fui parte de todo esto. Es mi responsabilidad terminarlo.

Haru se acercó a ella.

—No tienes que hacer esto sola.

—Ustedes pueden irse por los cristales de teletransporte.

—Tú también puedes venir.

Lilia negó lentamente.

—Alguien debe quedarse.

—Entonces me quedo contigo —dijo Haru sin dudarlo.

Lilia lo miró fijamente.

—No.

—Lilia…

—Haru —su voz fue suave pero inquebrantable—. Ya has hecho suficiente.

Nadie quería dejarla. Habían recorrido meses juntos. Habían luchado, comido, descansado, reído y discutido. Y aquella mujer que antes había sido su enemiga, el arma más temida del ejército enemigo, ahora era una más del grupo.

—No quiero que te quedes sola —dijo uno de ellos con voz quebrada.

Lilia guardó silencio. Luego sonrió levemente.

—Al menos déjenme hacer esto.

Aquellas palabras rompieron cualquier resistencia. Uno a uno comenzaron a despedirse. Los cristales de teletransporte se encendieron. Y uno tras otro desaparecieron. Hasta que solo quedaron dos personas en aquella cámara que se desmoronaba: Lilia y Haru.

—Tú también deberías irte —dijo Lilia.

Haru negó con la cabeza.

—Todavía no me he despedido.

Lilia lo miró, confundida.

—¿Por qué tardar?

Haru se acercó a ella.

—Gracias.

—¿Por qué?

—Por todo.

Lilia bajó la mirada.



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En el texto hay: escolar, ficcion, ficcion aventura romance

Editado: 26.10.2026

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