Ultima Promesa

Capítulo 34: Una lectora necesita una opinión

El fin de semana había llegado, y con él una de esas pocas oportunidades que Aiko valoraba como algo sagrado: dormir hasta tarde. Tras una semana entera de obligaciones, no tenía ninguna intención de madrugar. Sin alarmas, sin prisa, sin nada que la sacara de su cama. La casa estaba en calma, la luz se filtraba suave por las cortinas y, por una vez, todo parecía dispuesto a dejarla descansar.

Aiko dormía plácidamente, abrazada a su almohada, cuando algo la inquietó. No fue un ruido ni un movimiento brusco: fue una presencia. Frunció el ceño sin abrir los ojos. Aquello le resultaba extrañamente familiar… y su instinto le dijo que permaneciera inmóvil. Si no reacciono, tal vez se vayan, pensó.

Cinco segundos. Diez. Quince. La presencia no se iba. Estaba demasiado cerca. Suspiró por dentro. No había remedio: si no abría los ojos, aquella sensación no desaparecería.

Abrió los ojos. Y allí estaba.

Lilia. A escasos centímetros de su cara, mirándola con seriedad absoluta, como si llevara rato esperando.

—Buenos días, Aiko.

Un segundo de silencio.

—¡¡¡AAAAAAAAAHHHHHHH!!!

El grito recorrió la casa entera. Abajo, el padre de Aiko, que tomaba café tranquilo, se sobresaltó tanto que aspiró por el camino equivocado.

—¡Cof! ¡Cof, cof! —tosía golpeándose el pecho.

Su esposa asomó la cabeza desde la cocina.

—¿Otra vez?

—Creo que sí… —respondió él recuperando el aire.

—Tiene que dejar esa costumbre —suspiró ella.

—¿Crees que se le puede quitar?

—Probablemente no —sonrió su esposa—. Ya se comportan como hermanas.

Arriba, en la habitación, la situación seguía escalando.

—¡¿CUÁNTAS VECES TE LO HE DICHO?! —exclamó Aiko estirando suavemente las mejillas de Lilia—. ¡NO ME DESPIERTES ASÍ!

—Ya te he oído —respondió Lilia con calma, como si le estuvieran informando de un dato cualquiera.

—¡ENTONCES POR QUÉ SIGUES HACIÉNDOLO!

—Porque no te he despertado. Esperé a que abrieras los ojos tú sola.

Aiko la soltó lentamente.

—¿Qué?

—Me dijiste que no te gustaba que te despertaran. Así que no te llamé ni te toqué. Solo esperé.

—¡PERO ESTABAS A DOS CENTÍMETROS DE MI CARA!

—Eso no te despierta por sí solo —explicó Lilia con la misma seriedad que si presentara un plan de batalla—. Si te hubiera molestado, habrías cerrado los ojos.

—¡ESTABA INTENTANDO SEGUIR DURMIENDO!

—Comprendo —asintió Lilia—. Entonces mi método ha fallado.

—¡NO LE LLAMES MÉTODO!

—¿Prefieres «protocolo de presencia silenciosa»?

Aiko agarró una almohada.

—¡VOY A TIRARTE ESTO!

—Entendido.

La atrapó al vuelo sin cambiar de expresión. Silencio. Aiko respiró hondo, recuperando la paciencia que le quedaba. Lilia dejó la almohada en la cama y se sentó junto a ella.

—Necesito tu ayuda.

Aiko giró la cabeza.

—¿Mi ayuda? ¿Después de esto?

—No te he despertado —repitió Lilia—. Has despertado tú sola.

—¡LILIA!

—¿Sí?

Aiko se dejó caer de espaldas y se cubrió la cara con las manos.

—Voy a envejecer diez años antes de tiempo por tu culpa…

Lilia esperó con paciencia. Al fin Aiko apartó las manos y la miró, resignada.

—Está bien. ¿Qué necesitas?

Los ojos de Lilia se iluminaron levemente.

—He empezado a escribir mi historia.

Aiko se quedó quieta. La irritación se desvaneció, reemplazada por sorpresa.

—¿Tu historia?

—Sí. He escrito una parte. Quiero que la leas y me digas qué te parece.

Lilia bajó la mirada un instante.

—Todavía no sé cómo contarlo todo. Hay cosas difíciles de explicar, y quizá otras no importan aquí… pero quiero intentarlo.

Aiko la escuchó en silencio. Escribirlo era diferente a hablarlo: era su historia, puesta por ella misma. Sonrió de verdad.

—Claro que la leeré.

—¿De verdad?

—¡Por supuesto! ¡No todos los días mi hermana pequeña decide contar su vida!

—No he dicho que vaya a ser escritora —respondió Lilia con seriedad—. Solo quiero contarla.

—Eso es exactamente lo que dice una escritora antes de su primer libro —le guiñó un ojo Aiko.

Se levantó y buscó sus pantuflas.

—Primero me lavo, me visto y desayuno. Después leemos.

—Entendido.

Aiko se detuvo y la miró seria.

—Y mientras tanto, esperas en la sala. Como persona normal. Sin vigilar la puerta. Sin escuchar detrás. Sin aparecer de repente cuando salga del baño.

Lilia guardó silencio un instante.

—Estaba pensando si aparecer de repente cuenta como despertar…

—¡¡LILIA!!

—No apareceré de repente —decidió ella levantándose—. Entendido.

Salió de la habitación con tranquilidad. Aiko se dejó caer en la cama otra vez.

—Haru… —murmuró—. ¿Cómo conseguiste vivir así?

Desde el pasillo llegó la voz clara de Lilia:

—Haru era un gran idiota.

Aiko levantó la cabeza de golpe.

—¡¿ME ESTABAS ESCUCHANDO?!

—No. Tengo buen oído.

Aiko escondió la cara en la almohada. Definitivamente no sería un fin de semana tranquilo. Pero mientras escuchaba los pasos de Lilia alejándose, sonrió. Su hermana pequeña estaba empezando a poner su vida en palabras. Y ella sería de las primeras en leerlas.

El desayuno transcurría con una tranquilidad poco habitual en aquella casa.

Aiko estaba sentada a la mesa, todavía con el cabello algo despeinado y marcas de la almohada en una mejilla. Frente a ella tenía un plato de panqueques, una taza de café y varias hojas impresas que sostenía con ambas manos. El manuscrito de Lilia. Desde que empezó a leerlo apenas había pronunciado palabra. Pasaba las páginas despacio, atenta a cada párrafo, mientras Lilia desayunaba a su lado con la calma de quien entrega su historia a otra persona como algo completamente natural.

Su padre observó la escena por encima de su taza.

—Es curioso pensarlo. Hace apenas un mes, Lilia ni siquiera sabía qué era una computadora.



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En el texto hay: escolar, ficcion, ficcion aventura romance

Editado: 26.10.2026

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