Un Acorde En La Noche

UN ACORDE EN LA NOCHE

Hay objetos que guardan secretos que la lógica no puede explicar. A veces, las cosas que metemos de buena fe a nuestros hogares vienen cargadas con las sombras de sus antiguos dueños, y mi familia lo aprendió de la manera más perturbadora posible.

Todo comenzó el día en que mi papá cruzó la puerta de la casa cargando una vieja guitarra acústica. Él nos explicó, con total naturalidad, que la había encontrado en una huaca; que de seguro le perteneció a algún brujo que fue a realizar un ritual a ese lugar, pero que ahora era nuestra. En ese momento, nadie le dio demasiada importancia. Es más, yo estaba emocionada: siempre había querido una guitarra y al fin tendría una. Le pedí a papá que me la regalara y él aceptó mi petición.

Debido al poco espacio que tenía en mi habitación, ese mismo día la guitarra fue llevada a un cuarto desocupado y se quedó allí, apoyada contra una esquina, como un adorno más atrapando polvo en la penumbra.

Pero las reliquias de un brujo nunca se quedan en silencio por mucho tiempo. Esa noche lo supe.

La casa se sumió en una profunda calma durante la madrugada. El silencio era absoluto, ideal para descansar, hasta que el reloj marcó la medianoche. Fue entonces que…

¡Strum!

Un acorde seco y nítido vibró en el aire, rompiendo la paz del hogar. Al principio, mi mente intentó buscar una respuesta racional para protegerse del miedo: quizá algún vecino estaba tocando la guitarra en la madrugada, o a lo mejor el sonido provenía del templo cercano a la casa. Pero mi propio instinto sabía que mentía. El sonido no era un crujido caprichoso de la física; era el eco claro, rítmico y perfectamente ejecutado de unas cuerdas siendo tocadas por alguien en esa habitación desolada.

Al día siguiente, el peso de la duda flotaba en el ambiente, pero nadie se atrevía a despejar su incertidumbre. Los días pasaron y cada noche la misma escena se repetía: aquel acorde melancólico proveniente de la habitación desolada cercana a la mía.

Atormentada por lo que estaba experimentando, un día decidí sacar a flote el tema en una conversación casual. Fue entonces cuando descubrí que no era la única que lo había oído. El miedo se volvió real. No era algo producto de nuestra imaginación; no nos estábamos volviendo locos. La guitarra tocaba sola, todas las noches, desde la oscuridad de su habitación.

Mi madre le pidió a mi padre que se deshiciera de la guitarra. Pero aquello parecía una misión imposible: nadie quería llevársela. La opción de echarla al camión de la basura quedó descartada por temor a alguna represalia del espíritu que había poseído el instrumento.

Las semanas transcurrieron bajo una rutina desgastante. La habitación desocupada se convirtió en el rincón prohibido de la casa, un lugar que todos evitábamos mirar de reojo al caer el sol. La convivencia se volvió perturbadora; ya no era solo el miedo a la oscuridad, sino la certeza absoluta de que, al dar la medianoche, el concierto invisible comenzaría sin falta. El ambiente en el hogar se sentía denso, pesado, como si el aire mismo estuviera cargado con la antigua energía de la huaca de donde el instrumento había sido encontrado.

Nadie se atrevía a entrar a oscuras, nadie quería moverla de su sitio, pero el cansancio y el temor compartido nos llevaron al límite. Sabíamos que la situación no podía continuar. Aquella guitarra no nos pertenecía; respondía a un dueño o a una fuerza que no lográbamos comprender.

Hasta que un día, alguien aceptó la guitarra como regalo. Fue un señor que trabaja de estibador en el mercado de mi barrio. Pero lo curioso fue que él tampoco se la quedó: ese mismo día se la regaló a un curandero de la zona, quien pasó feliz frente a nuestra casa llevándose la guitarra al hombro.

El día en que la guitarra cruzó el umbral de la puerta principal para no volver jamás, un silencio distinto se instaló en la casa. No era el silencio tenso que precedía al horror, sino una calma ligera, un suspiro de alivio profundo que pareció limpiar cada habitación.

Esa noche, esperamos la medianoche con el corazón en un hilo, aguzando el oído en medio de la penumbra. Las doce llegaron, pasaron los minutos, y luego las horas. Nada. El sonido fantasmal había desaparecido por completo, llevándose consigo la vibración de las seis cuerdas malditas.

Por fin pudimos dormir en paz, aunque en el fondo de nuestra memoria quedó el siguiente mensaje: todo tiene que estar con quien debe estar. La guitarra fue de un brujo, y con un brujo fue a parar.

FIN




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.