—¿Qué problema? —preguntó Ofelia, dejando su bolso sobre la mesa—. Espero que ninguno relacionado con el presupuesto, porque llevo dos días discutiendo con el banco para que dejen de preguntarme si estoy segura de querer gastar mi dinero.
Nicolás seguía mirándome.
Yo contemplaba la posibilidad de esconderme debajo de la mesa, aunque mi vestido y mi dignidad probablemente no sobrevivirían a semejante maniobra.
—Ninguno, mamá.
—Pues no pongas esa cara. Parece que acabas de encontrarte con una antigua novia.
Diana, que estaba sirviendo café, levantó discretamente la cabeza.
La odié un poquito.
—Buenos días, Nicolás —conseguí decir.
—Buenos días, Abril.
Ofelia sonrió.
—¿Os conocéis?
—Coincidimos en un evento —respondí.
—El sábado por la noche —añadió él.
Lo fulminé con la mirada.
No había ninguna necesidad de especificar cuándo. Ni dónde. Ni mucho menos de dedicarme aquella sonrisa que parecía contener un comentario privado sobre mi forma de besar.
—Qué bien —celebró Ofelia—. Entonces podemos ahorrarnos las presentaciones. Nicolás, siéntate y deja de vigilarme como si estuviera a punto de fugarme con un camarero.
—Nunca he dicho que vayas a fugarte con nadie.
—Lo has pensado.
—Mamá.
—Y no sería un escándalo. Tu padre acaba de comprarse un deportivo rojo, y nadie ha solicitado que le hagan un examen psiquiátrico.
Diana tosió para disimular una carcajada.
Me senté frente a nuestra nueva clienta y abrí la carpeta con el presupuesto. Había organizado reuniones con personas exigentes, indecisas, antipáticas e incapaces de comprender que tres mil rosas importadas costaban más que un ramo comprado en el supermercado.
Nunca había tenido delante a una mujer que hablara de su divorcio con tanta satisfacción.
—Antes de revisar los espacios —comencé—, me gustaría entender qué clase de celebración tiene en mente.
Ofelia se acomodó en la silla.
—Quiero una fiesta estupenda, querida. Con buena comida, música y hombres que sepan bailar sin pisarme los pies.
Nicolás se pasó una mano por la cara.
—¿Hombres?
—No te preocupes, hijo. No pienso pedirte recomendaciones.
—No estaba preocupado por eso.
—Entonces deja de interrumpir.
Me mordí el interior de la mejilla.
Diana abrió su portátil para tomar notas, aunque sospechaba que estaba disfrutando demasiado de la reunión.
—¿Tiene alguna temática en particular? —pregunté.
—Había pensado en algo divertido. Nada de negro, nada de funerales matrimoniales ni de esas tonterías que he visto en internet con esposas decapitando muñecos que representan a sus maridos. No quiero pasarme la noche hablando de Arturo.
Aquella aclaración me interesó.
Muchas personas organizaban celebraciones después de una separación para demostrarle algo a su expareja. Ofelia parecía estar interesada en algo más sencillo.
Pasárselo bien.
—Podemos preparar una fiesta elegante sin convertirla en una boda al revés —propuse—. Una cena con música en directo, una zona para bailar y algunos detalles personales. Me gustaría que sus invitados reconocieran sus gustos, no los de su antiguo matrimonio.
Ofelia dejó de mirar las fotografías.
—Exactamente.
Nicolás me observó con una expresión distinta. Había perdido aquella sonrisa de la terraza y ahora parecía estar escuchando de verdad.
—¿Cuántos invitados calcula? —pregunté.
—Unos ochenta. Quizá noventa si mi prima Matilde consigue convencer a su marido de que la deje salir de casa después de las diez.
—Mamá, el marido de Matilde tiene noventa años y utiliza oxígeno.
—Pues con mayor razón debería dejarla divertirse mientras pueda.
Diana comenzó a escribir rápidamente.
—Podemos trabajar con noventa invitados y cerrar la cifra definitiva dos semanas antes —dije—. En cuanto al presupuesto, el estimado que le enviamos contempla alquiler del espacio, catering, música, decoración, personal y coordinación. Son treinta y ocho mil euros, con un margen para ajustes.
Nicolás levantó la cabeza.
—¿Treinta y ocho mil?
Ofelia hizo un ruido de fastidio.
—Ya empezamos.
—No he dicho nada.
—Has pronunciado el número con la misma voz que utilizabas cuando descubrías que tu hermana se había llevado tu coche.
—Porque es muchísimo dinero para una fiesta.
Dejé el bolígrafo sobre la carpeta.
—Podemos reducirlo si Ofelia lo considera necesario. Hay opciones más económicas, pero prefiero presentar un presupuesto realista antes que ofrecer un precio que luego tendremos que modificar.
—No estoy cuestionando tu presupuesto, Abril.
—Ha sonado bastante parecido.
Nicolás me miró.
Diana fingió estar buscando algo dentro de su bolso.
—Estoy cuestionando que mi madre quiera gastar esa cantidad cuatro semanas después de firmar un divorcio complicado —aclaró él—. Todavía está reorganizando sus propiedades y sus cuentas. Me parece razonable que lo tengamos en consideración.
Ofelia cruzó los brazos.
—Tengo sesenta y ocho años, Nicolás. Sé sumar.
—No estoy diciendo lo contrario.
—Llevas tres días explicándome cuánto cuestan las cosas, y empiezo a sospechar que piensas que me he quedado tonta.
La incomodidad apareció tan rápidamente que estuve a punto de intervenir para cambiar de tema.
No me dio tiempo.
—Estoy intentando asegurarme de que no tomes decisiones precipitadas —respondió Nicolás.
—Me casé con tu padre a los veintiséis años, me quedé con él cuarenta y dos y tardé otros seis meses en conseguir que firmara los papeles. No sé cuánto más necesitas que medite mis decisiones.
Nicolás abrió la boca, pero terminó cerrándola.
Ofelia tomó su taza de café y bebió un sorbo.
Yo miré el contrato.
Había una razón por la que mi agencia establecía claramente quién contrataba el servicio y quién podía solicitar modificaciones. Había aprendido aquella lección durante una boda en la que tres familiares distintos habían intentado cambiar el menú sin consultar a los novios.