El miércoles por la mañana encontré un ramo de flores sobre mi escritorio.
Eran rosas blancas.
No tenía ninguna tarjeta a la vista y, durante unos segundos, consideré la posibilidad de que Nicolás hubiera decidido ignorar nuestra conversación y enviarme el regalo más previsible de la historia.
Después recordé que no le había dado la dirección de mi oficina.
Aunque tampoco resultaba especialmente difícil encontrarla.
—¿De dónde salieron? —pregunté.
Diana levantó la vista de su ordenador.
—Las trajo un mensajero hace diez minutos. Preguntó por ti.
—¿No dejó una nota?
—Está dentro del sobre.
Señaló una pequeña tarjeta escondida entre las hojas.
La saqué.
Señorita Santelices: agradecería que me concediera una reunión antes de continuar con los preparativos. Arturo Alcázar.
Miré las flores con menos simpatía.
—¿El exmarido?
—El mismo. Llamó ayer por la tarde y le dije que cualquier modificación debía solicitarla la señora Ofelia.
—¿Y qué respondió?
—Que conocía perfectamente las obligaciones de una empresa de eventos.
—Qué tranquilidad. Yo pensaba que iba a tener que explicárselas.
Diana cerró su ordenador.
—¿Quieres que llame para decirle que no podemos recibirlo?
—Voy a hablar con Ofelia primero.
Marqué el número de nuestra clienta. Respondió después del cuarto tono, con música de fondo y la respiración ligeramente agitada.
—¡Abril, querida! Espero que no haya pasado nada con el local.
—Todo está confirmado. Le llamo porque su exmarido ha enviado unas flores a la oficina y solicita una reunión conmigo.
La música se detuvo.
—¿Flores?
—Rosas blancas.
—Ese hombre es un imbécil.
Me aparté el teléfono para que Diana pudiera escucharla. Mi asistente tuvo que taparse la boca.
—¿Quiere que las devuelva? —pregunté.
—Puedes tirarlas a la basura, regalarlas o utilizarlas para alimentar a una cabra. Haz lo que prefieras, pero no permitas que compre tu tiempo con ellas.
—No tenía pensado hacerlo. Solo quería saber si prefiere que rechacemos cualquier contacto.
Ofelia guardó silencio un instante.
—¿Qué te ha pedido exactamente?
Le leí la tarjeta.
—Supongo que quiere convencerte de cancelar todo. Arturo lleva dos días llamándome y diciéndome que voy a avergonzar a nuestros hijos. Esta mañana dejó un mensaje en el que afirmaba que pensaba hablar con mi hermana para hacerla entrar en razón.
—Podemos impedir que modifique cualquier reserva, pero no que intente comunicarse con nosotros. Si vuelve a hacerlo, se lo notificaremos a usted.
—Gracias, querida.
Escuché que alguien la llamaba al otro lado.
—¿Dónde está? —pregunté por curiosidad.
—En una clase de baile.
Sonreí.
—¿Está preparando la fiesta?
—Estoy aprendiendo a bailar salsa con un hombre que se llama Esteban y tiene unas caderas extraordinarias. Espero que no le hayas contado a Nicolás que estoy aquí.
—No se lo he dicho.
—Magnífico. Mi hijo necesita menos información sobre mis actividades.
Nos despedimos después de confirmar la cita del viernes para visitar el espacio.
Dejé el teléfono sobre la mesa.
—¿Qué hacemos con las flores? —preguntó Diana.
Las contemplé un momento.
—Llévalas a recepción. A Mercedes le gustan las rosas y lleva toda la semana quejándose de que el edificio parece una consulta de dentista.
—¿Y el señor Alcázar?
—El señor Alcázar puede comprarse flores para él.
La cuestión habría terminado ahí si Arturo hubiera sido uno de esos hombres capaces de tolerar una negativa.
A las doce y cuarto apareció personalmente.
Lo reconocí antes de que se presentara. Nicolás tenía sus mismos ojos oscuros y la forma de la mandíbula, aunque Arturo había conservado el cabello completamente blanco y llevaba un traje gris confeccionado a medida.
Era un hombre atractivo para sus setenta y un años, de modales impecables y una sonrisa educada que consiguió engañar a Mercedes durante aproximadamente cuatro minutos.
—Señorita Santelices —saludó al entrar en mi despacho—. Confío en que haya recibido las flores.
Me levanté.
—Las recibí, señor Alcázar. Gracias por el detalle.
—Espero no interrumpirla.
Había aparecido sin cita, después de que su exesposa le pidiera que no interviniera, y estaba examinando mi oficina con el aire de quien evaluaba una propiedad antes de comprarla.
—Precisamente estoy preparando unas propuestas —respondí—. ¿En qué puedo ayudarlo?
Arturo tomó asiento sin esperar a que lo invitara.
—Seré breve. Sé que Ofelia la ha contratado para organizar una celebración bastante peculiar.
—Organizamos muchos tipos de eventos.
—Por supuesto. Aunque supongo que las fiestas para celebrar el fracaso de un matrimonio no deben ser tan habituales.
No contesté.
Se acomodó, cruzó una pierna sobre la otra y apoyó ambas manos en el bastón que llevaba.
—Mi exmujer está pasando por un momento emocionalmente complicado.
—Comprendo.
—El divorcio ha sido agotador para todos. Tenemos dos hijos adultos, una familia extensa y muchos amigos en común. Una celebración pública de estas características solo conseguirá convertir un asunto privado en un espectáculo.
Había escuchado argumentos similares antes, aunque normalmente procedían de padres que intentaban convencer a sus hijos de celebrar bodas tradicionales.
—La señora Ofelia nos ha contratado para organizar una fiesta privada con invitados elegidos por ella —expliqué—. No tenemos previsto hacer anuncios públicos ni convocar a la prensa.
—Lo que me preocupa no es la prensa, señorita Santelices.
Dejó escapar un suspiro.
—Lo que me preocupa es que, cuando termine la fiesta, mi exmujer descubra que ha hecho el ridículo delante de sus amistades.
—Entiendo su preocupación.