Un Beso, Un Divorcio Y Un Hombre Insoportablemente Delicioso

Las malas decisiones también pueden llevar vino

Cuando sonó el timbre, llevaba doce minutos intentando decidir si debía cambiarme de pijama.

Había considerado unos pantalones negros y una camiseta ajustada, después un vestido que resultaba completamente absurdo para recibir a alguien a las diez y media de la noche. Al final había vuelto a ponerme el pijama, aunque me había lavado los dientes, retocado el cabello y aplicado una cantidad de crema corporal que probablemente bastaría para perfumar todo el edificio.

Me miré una última vez en el espejo del recibidor.

Parecía una mujer que acababa de salir de la ducha.

Una mujer bastante nerviosa que acababa de salir de la ducha.

Abrí.

Nicolás estaba al otro lado, sosteniendo una botella de vino y una bolsa de papel. Llevaba vaqueros oscuros, un jersey gris y una expresión que cambió ligeramente cuando me vio.

Bajó la mirada hacia mi pijama.

—Me habías advertido.

—Te dije que no hicieras comentarios.

—No he dicho nada.

—Tu cara está diciendo muchísimo.

—Estoy intentando decidir si esas cosas que llevas estampadas son patos o pequeños dinosaurios.

Miré los dibujos de mi camiseta.

—Son dinosaurios.

—Magnífico. No quería empezar la noche insultando a una especie extinta.

Me aparté para dejarlo entrar.

Nicolás observó el recibidor, donde había dos pares de zapatos, una caja de muestras de tela y una planta bastante grande que había empezado a invadir la pared.

—Bonita casa.

—Todavía no has visto el salón.

—¿Debería preocuparme?

—Solo si tienes alguna enfermedad relacionada con el desorden.

Mi piso tenía dos habitaciones, una cocina diminuta y un salón donde convivían una mesa de comedor, una estantería repleta de libros y varias cajas que nunca había terminado de colocar. Había comprado los muebles poco a poco, la mayoría de segunda mano, y llevaba tres años prometiéndome que algún día contrataría a alguien para instalar unas cortinas decentes.

Nicolás dejó el vino sobre la mesa.

—He traído algo más.

Sacó de la bolsa una caja de cartón.

—¿Comida?

—Tarta de queso.

Lo miré.

—¿Cómo has sabido que me gusta?

—No lo sabía. Jacinta me obligó a comprarla cuando pasé por el restaurante.

—¿Has ido al restaurante?

—Estaba cerca. Le dije que necesitaba vino y me explicó que nadie debería visitar a una mujer después de las diez sin llevar algo de comer.

Sonreí.

—Jacinta me cae cada vez mejor.

—A mí me ha llamado idiota por no comprar flores.

—Habría sido una pésima idea.

Nicolás me miró con curiosidad.

—¿Por qué?

—Esta semana ya he recibido demasiadas.

Le conté lo del ramo de Arturo y él soltó una carcajada cuando descubrió que las flores habían terminado en recepción.

—Mi padre lleva toda la vida enviando rosas blancas cuando quiere conseguir algo.

—Deberías avisar a las mujeres de Madrid.

—Creo que mi madre ya está encargándose.

Saqué dos copas del armario. Nicolás se ofreció a abrir el vino mientras yo buscaba un cuchillo para cortar la tarta.

Nos movimos por la cocina con esa incomodidad inicial de dos personas que no saben exactamente qué hacer con las manos ni cuánto espacio ocupar.

Él se apoyó contra la encimera.

Yo abrí el cajón equivocado tres veces.

—¿Estás nerviosa? —preguntó.

—No.

—Has sacado un pelador de patatas para cortar una tarta.

Miré el utensilio que tenía en la mano.

—Es versátil.

Nicolás se rio.

—Abril...

—Estoy perfectamente.

—De acuerdo.

Su manera de sonreír empezaba a convertirse en una provocación personal.

Dejé el pelador y busqué un cuchillo normal.

—Podrías ayudarme en lugar de burlarte.

—Encantado. ¿Dónde guardas los platos?

Señalé un armario.

Abrió el de al lado.

—Ese no.

—Estoy aprendiendo.

—Vas a necesitar clases particulares.

Conseguimos servir la tarta sin destruir nada y nos sentamos en el sofá con las copas de vino.

Durante unos minutos hablamos del restaurante, de las cosas que me faltaban por comprar para la fiesta y de un juicio que Nicolás había tenido aquella mañana. Me contó que uno de sus clientes había llevado a una reunión un perro diminuto que no dejaba de ladrarle cada vez que mencionaba una cifra.

—Quizá no estaba de acuerdo con tus honorarios —sugerí.

—Es una posibilidad. El cliente tampoco parecía demasiado entusiasmado.

Me reí, pero la risa se fue apagando cuando Nicolás dejó la copa sobre la mesa.

Se había sentado bastante cerca.

No lo suficiente para tocarme, aunque estaba perfectamente consciente de la distancia que nos separaba.

—¿Por qué me has invitado? —preguntó.

Lo miré.

—¿Necesitas que te haga un dibujo?

—Preferiría escucharlo.

—Quería verte.

Su expresión se suavizó.

—Yo también quería verte.

—Lo había sospechado después de tus quince invitaciones a comer.

—Fueron tres.

—Una cantidad preocupante.

Nicolás se volvió hacia mí.

—Abril, no tienes que justificar nada. Si quieres que me marche, puedo hacerlo. Si prefieres que nos quedemos hablando, también me parece bien.

Dejé la copa junto a la suya.

—¿Y si quiero besarte?

Su mirada descendió hacia mis labios.

—Eso me parece una opción especialmente interesante.

Me acerqué primero.

Esta vez no había invitados al otro lado de una puerta, ni un evento que atender, ni una asistente preguntándome por un pastel. Tampoco teníamos que fingir que aquella atracción era una consecuencia de la música, del cansancio o de haber bebido demasiado.

Nicolás me acarició la mejilla antes de besarme.

Fue distinto al beso de la terraza.

Más lento al principio, casi cauteloso, hasta que le rodeé el cuello con los brazos y me acerqué lo suficiente para sentir el calor de su cuerpo.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.