¿Qué es la alegría cuando todo está patas arriba?
¿Qué es lograr un objetivo, una meta, un sueño, sin mover un solo dedo más que esperar?
Al haber pasado una semana desde aquella terrible noticia, muy desafortunada para todos, pero siendo todo lo contrario para él, es que Henry Basset seguía alucinando con lo fácil que se dieron las cosas: Andrew, un Lethood, el error que logró sobrevivir, por fin, ¡por fin!, había estirado la pata como una cucaracha, siendo abandonado en pleno campo de batalla sin que lo pudiesen encontrar. No le preocupaba, puesto que ya había sido declarado un soldado caído, dejándolo cumplir el mayor deseo de toda su vida.
Ser el Duque de Somerset.
Había sido tan fácil que ni siquiera fue necesario deshacerse de la duquesita, pues ellos no habían tenido al heredero lo que lo convertía en el único beneficiario del título, ¡por fin lo era! Y aunque debió fingir el dolor por perder a su querido sobrino —¿cómo no quererlo si gracias a su sacrificio ahora obtiene lo que desea?—, las ansias de que llegue el abogado para el traspaso de bienes lo mantenía muy ilusionado, tanto que no pudo esperar más por hacer los cambios que creía más convenientes.
Lo primero que ordenó fue el traslado de la criada hacia el cuarto de la servidumbre, de donde nunca debió de haber salido por muy preñada que estuviese y amenazó al mayordomo con despedirlos apenas este le dio la contraria pese a su rango superior; gritoneó a cuánto lacayo descansando de sus largas horas laborales vio sólo para quitarles tal derecho; presionó a la cocinera con que mejorase la comida —que sabía peor que la de los escoceses— o se daría el gusto de echarla tanto a ella como a la cerda que tenía de nieta, agregando que no le gustaban los niños, por lo que no le temblaría la mano si veía a la mocosa otra vez husmeando por la planta alta.
Y luego, estaba lo mejor de lo mejor: Sophie.
Desde el primer instante que había visto a esa muchacha limpiar los jarrones de su habitación, es que se había obsesionado con ella. Su cabello castaño, su mirada inocente, sus ojos de cervatillo y el temblor en su voz… si la que deseaba en realidad estaba demasiado protegida, al menos tendría a la que más se parecía a ella, sin importarle si se viese más joven. Después de todo, sólo era una niña de la limpieza, ¿quién se preocuparía por ella?
Sophie no importaba, aunque gritase. Sophie no importaba, aunque llorase. Sophie podía tener la misma belleza que su patrona, pero jamás sería ella. Y eso le hartaba. Le asqueaba tocarla, le asqueaba saber que nunca tendría a la duquesa… no, al menos, si esa bruja se mantuviera como perrito faldero pegado a la falda de su preciada amiga.
No sabía cuándo había comenzado esa fijación, tal vez desde el mismo instante en que supo que, pese a ser una duquesa de voz irritante, nunca dejaría de ser obediente. Era perfecta. Con una belleza estándar, pero con ese algo que le llamaba la atención y le hacía envidiar a su sobrino. Sin embargo, el duque era ahora él y todo le pertenecía, incluso Sophie, incluso la inútil duquesa que no había dado señales de vida desde que llegó el telegrama.
Bueno, nada lo molestaría por ahora. Una lástima por Sophie, porque él planeaba seguir visitándola hasta que llegara un momento en que no quisiese verla nunca más, sólo entonces la echaría a la calle.
°°°
En la penumbra de la habitación, Lady Lilian escribía su historia con su esposo, esperando tener un final feliz al menos en la ficción, pues aun no podía creer las palabras del telegrama, menos cuando no le habían traído el cuerpo para hacer un funeral digno de un hombre como él. Cerró los ojos dejando su nueva pluma y cuaderno de lado, no, no podía ni pensar en esa palabra. No podía, aunque llevase vistiendo ropajes oscuros por lo que dictaba el protocolo, no podía porque nunca había pensado quedar viuda pese a que en un principio no quería a Andrew, a su Andrew.
Tomó una camisa de él, dejando caer lágrima tras lágrima de sólo pensar que eso pudiese ser una posibilidad, que su querido esposo realmente estuviese muerto. Entendió, sólo de imaginarse a ella en un funeral en nombre de Andrew, que el perder a un ser al que amas era tan doloroso que le hacía querer acompañarlo también en el más allá. No obstante, algo le decía que esperase, que aun debía seguir allí y que ese no era el final después de todo.
El problema es ¿qué debía esperar?
En el cuarto del duque, en el cuál llevaba durmiendo desde la fatal noticia, se dejó caer en el sillón que estaba junto a la chimenea para observar la llamas en un intento de apresurar el tiempo antes de irse a la cama, sumergiéndose en la tristeza que la embargaba cuando fue interrumpida por la ama de llaves, que entró a la habitación demasiado agitada que Lilian creyó que había otra tragedia y no sabía cómo podía enfrentarse a ello.
—Mi lady, mis más sinceras disculpas. Sé el dolor que está pasando, pero le suplico, no, le ruego que tome su lugar antes de que se lo arrebaten —Lilian quedó perpleja ante las palabras de la única persona que, probablemente, nunca rogaría por cualquier cosa.
—¿Q-qué pasó?
La Sra. Edith había visto todo desde que llegó tan desafortunado telegrama: el que el Sr. Basset se lamentara por la muerte del duque para luego comenzar con pequeños cambios hasta que ya se les hacía evidente que el hombre se adueñó de todo aun cuando no ha llegado el abogado para hacer el traspaso del título, lo que dejaba todavía a Lady Lethood como la duquesa y dueña de Bradley House, pero la joven no se había aparecido pese a que tanto la señorita Allen como Anna iban a visitarla. Sin embargo, aun cuando respetaba el dolor de su señora, era el momento de ponerle fin a la situación, pues muchos estaban corriendo la mala suerte de servir al verdadero monstruo de aquella casa.
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Editado: 22.03.2025