Un Caballero para Lilian

CAPÍTULO 29

Bajo los cimientos de Bradley House, en las sombrías y heladas bodegas de la propiedad, algo se estaba manifestando. Gotera tras gotera, golpe tras golpe, jadeos de alguien adolorido y un aparente interrogatorio era lo único que se escuchaba. Hasta parecía ser que los insectos y ratas huyeron con la violencia que se presentaba, pues Henry Basset llevaba ya dos días en que era golpeado hasta la inconsciencia sólo porque no respondía como quería el dueño de la casa que tanto había anhelado.

—Detente —ante la orden, dictada con la frialdad de alguien que no tenía remordimiento por lo que hacía, el lacayo paró nuevamente los golpes y se fue a un costado a beber agua, sabiendo que debía reunir las fuerzas suficientes por si debía volver a descargar su ira contra ese monstruo—. No entiendo cómo es que te haces llamar mi tío con tal descaro sabiendo todo lo que le has hecho a esta familia.

Andrew, el actual Duque de Somerset, había regresado justo a tiempo para ver que su esposa estuvo a punto de morir de hipotermia producto de la lluvia torrentosa que se había presentado hace dos noches, noches que su amada Lilian pasó durmiendo en la inconciencia debido a la fiebre que le había dado, y saber la razón por la cual su mujer había huido en medio de la tormenta, lo había enfurecido a tal punto que no perdió tiempo y pasó interrogando y torturando a ese hombre a quien le había negado la entrada con la primera carta que llegó hace ya bastante tiempo: Henry Basset.

Apenas había acomodado a Lilian en su dormitorio cuando tanto Arthur como la Sra. Edith le pusieron al tanto de la situación, entregándole las evidencias que habían escondido por órdenes de la duquesa en lo que le informaban sobre las atrocidades sucedidas durante las últimas semanas en las que él estuvo ausente. Andrew no pudo creer por todo lo que tuvo que pasar Lilian por culpa de alguien que, si bien era su aparente familiar, no era más que un desconocido para todos; y, pese a que había puesto seguridad para con ella, no esperaba que hasta su servidumbre se viese afectado por ese sujeto. No esperó y fue a hacerle una visita a Basset en la que terminó por descargar su ira una y otra vez, y así siguió por los siguientes días.

—Sólo… —Henry escupió sangre, jadeando del cansancio, sintiéndose tan asqueroso como humillado— Sólo vine… por lo que es mío…

—¿Tú? —se burló Andrew mientras Arthur, que estaba a su lado, se cruzaba de brazos con evidente desagrado— ¿Un viejo verde que sólo abusa de jovencitas? —Henry le miró con odio, volviendo a escupir esta vez en una señal irrespetuosa hacia la figura que representaba Andrew— Te recuerdo que por tus errores, libertinaje, estafas y contrabando mi bisabuelo te desheredó y exilió dejando a mi padre como el único heredero. Por lo tanto, no tienes derecho a nada, tú solo te buscaste esto.

—Yo soy el duque… —insistió el hombre que parecía moribundo— Y tú, sobrino, deberías estar muerto…

Andrew asintió fingiendo darle la razón, agachándose para estar a la altura de ese hombre, quien había hecho una mueca de asco ante el aspecto grotesco del que era su sobrino. Al lord no le importó, ya no temía no cubrirse, no después de esa noche en que le aceptó su esposa tal cual era, no después de haber vivido un infierno en el campo de batalla; desde ahora se dejaría ver cómo quisiera y, en ese momento, creía que su apariencia podría intimidar, aunque sea un poco, al impostor que le miraba con repulsión.

—Enviaste a envenenar a mi esposa, ¿me equivoco? —la risa que Basset dejó escapar los desconcertó, incluso el lacayo dejó de lado el agua para acercarse en caso de que su jefe le ordenase volver a los golpes que él con gusto daría.

—De haber… —trató de calmarse, pero la risa pasó a ser una carcajada que fastidió a los tres hombres presentes— De haber sabido cómo era la duquesita, nunca habría enviado a esos imbéciles —rodó los ojos sin importarle ya los modales—. Escoceses, ya sabe. No se puede confiar en ellos —se encogió de hombros haciendo una mueca al recordar que sus manos estaban atadas—. Es una lástima que parece tener ideas que una mujer no debería tener, estoy seguro que es culpa de esa bruja.

Arthur se ofendió tanto por ver que denigraba a su señora y a la señorita Allen que no pudo evitar abrir la boca:

—Te abofetearía como no tienes idea, pero eso iría en contra de mis principios como activista animal… ¡¿Mi lord?! —se espantó al ver que el duque no se contuvo y se lanzó a golpearlo igual o más duro que el criado, a quien miró sin entender por qué estaba animando a su señor con que acabara con Basset utilizando una simple frase: “¡Dele con todo, patrón!”— ¡No te quedes ahí parado y ayúdame! —entre los dos tomaron a Andrew por los brazos para calmarlo, pero el duque insistía en ir en contra de con ese moribundo, por lo que tuvieron que usar su fuerza para retenerlo. Arthur se mostraba extrañado, pues no recordaba haber visto de esa manera a Andrew desde que llegó a servir a esa casa hace unos años—. Mi lord, cálmese. Este… hombre aún tiene que confesar todo… Y yo que trataba de mantener el orden.

Henry escupió otra vez para luego intentar recuperar el aire que Andrew le había quitado con una patada en el estómago. “Maldito seas… duele como el infierno” pensó tratando de no verse más vulnerable de lo que estaba, pero sentía su mirada. Ese hombre no podía ser su sobrino, ese hombre no podía ser más que un demonio, uno que debió de morir en la tragedia cuando era sólo un mocoso o durante la guerra. “Si tan sólo no existieras…”

—No te irás impune de aquí —alzó la mirada tan pronto le escuchó hablar. Lethood le miraba con odio y asco, tal como lo hizo su primo Anthony tres décadas atrás—. Pagarás por tus crímenes, que parecen no ser pocos, porque no sólo fue durante tu… estancia en mi casa, sino que también eres sospechoso de los abortos sufridos de Lady Diane, la difunta duquesa, el incendio de Bradley House y la muerte del difunto Duque de Somerset —Henry abrió los ojos como si de pronto todo se le viniese encima. Andrew, dándose cuenta del miedo y de la cobardía del hombre, sólo sonrió de lado con suficiencia—. Qué lástima. Ya no pareces tan valiente ahora.




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