Un desastre de mamá

Capítulo 1

Madison

El eco de mis tacones siempre llega antes que yo, un sonido limpio, preciso y autoritario, exactamente como me gusta que sean las cosas, y basta con que resuene por los pasillos de la empresa para que todos recuerden quién soy y el lugar que ocupan frente a mí.

Los empleados bajan la mirada cuando me acerco, algunos fingen revisar documentos y otros teclean con una urgencia tan exagerada que resulta casi ridícula, y nadie sostiene mi mirada durante más de tres segundos. No me ofende que me teman, al contrario, porque el miedo es mucho más eficiente que el respeto: el respeto puede cuestionarse, pero el miedo mantiene a las personas en su sitio. Camino sin prisa, con el mentón elevado, mientras mi reflejo en los ventanales me devuelve la imagen que he construido durante años: un traje impecable, el cabello recogido sin un solo mechón fuera de lugar y los labios rojos perfectamente delineados. Soy poderosa, tengo una fortuna que muchos matarían por conseguir y, hasta donde me interesa, soy prácticamente intocable.

Abro la puerta de mi oficina sin detenerme, y el aroma a cuero y madera pulida me recibe como cada mañana, justo antes de que Matilde, mi secretaria, entre detrás de mí con su tableta y una carpeta gruesa bajo el brazo. Lleva años trabajando para mí, tiempo suficiente para saber que no tolero las excusas ni las demoras.

—Buenos días, señora —saluda, acercándose al escritorio.

—Si fueran buenos, no tendría que repetir instrucciones —respondo mientras enciendo el ordenador, sin molestarme en mirarla.

Como era de esperar, guarda silencio y traga saliva antes de continuar, midiendo cada palabra como hace siempre que sospecha que no será de mi agrado lo que debe decirme.

—Aquí están los documentos del edificio Altos del Río —dice finalmente, extendiéndome la carpeta—. Los desalojos ya fueron notificados, pero hay dos familias que se niegan a abandonar sus viviendas.

Levanto la vista y dejo de revisar los correos de la pantalla.

—¿Se niegan? —repito, como si acabara de escuchar algo absurdo.

—Sí, señora. Dicen que no tienen adónde ir y que necesitan más tiempo para encontrar otro lugar. Hay niños viviendo allí y…

—¿Y qué, Matilde? —la interrumpo, apoyando la espalda contra el asiento—. ¿Esperas que detenga un proyecto millonario porque dos familias no saben organizar sus vidas?

Ella aprieta la carpeta contra su pecho, como si todavía creyera que existe alguna posibilidad de hacerme cambiar de opinión.

—Solo pensé que quizá podríamos concederles unos días más. La demolición está prevista para mañana y, si todavía están dentro…

—No es mi problema. Se les notificó con suficiente antelación y tuvieron tiempo para resolver su situación. No voy a retrasar una inversión de esa magnitud porque ahora decidan que no quieren marcharse.

La palabra niños todavía parece flotar entre nosotras, pero no le concedo más importancia de la necesaria, pues no soy una organización benéfica y los negocios funcionan con decisiones, contratos y plazos, no con sentimentalismos. Cierro la carpeta con tranquilidad, tomo la pluma que descansa junto al ordenador y firmo la autorización sin que me tiemble la mano.

—La demolición comenzará mañana a primera hora. Que el personal de seguridad se encargue de que el edificio esté desocupado antes de que lleguen las máquinas. No quiero retrasos ni más excusas.

Matilde me observa unos segundos, quizá esperando que añada algo que suavice mis instrucciones, pero termina asintiendo, recoge los documentos y sale con pasos apresurados, cerrando la puerta con mucho más cuidado del necesario.

Yo regreso a mis cifras, a mis contratos y a las transferencias que esperan mi autorización, mientras la ciudad se extiende bajo mis ventanales llena de personas que continúan con sus vidas sin imaginar cuánto dinero se mueve detrás de mis decisiones. Todo lo que tengo lo he construido sola, sin heredar nada ni recibir oportunidades en bandeja de plata, y he aprendido a desconfiar de quienes se acercan demasiado, porque depender de alguien es concederle el poder de decepcionarte y esa es una ventaja que no pienso regalarle a nadie.

A la una en punto llega mi almuerzo, pero apenas le dedico una mirada antes de apartarlo, porque la boda está cada vez más cerca y el vestido que he elegido cuesta más que el salario anual de la mitad de las personas que trabajan para mí, y no pienso arriesgar la caída perfecta de la seda por un plato que puedo dejar para después.

Me observo en el reflejo oscuro de la pantalla apagada y noto que estoy más delgada y con las facciones más afiladas, algo que mi prometido confirma al asegurar que me veo espectacular. Él es joven, atractivo y ambicioso, tres cualidades que siempre he considerado convenientes, y sabe lo que significa casarse conmigo, aunque nunca me he preocupado por averiguar qué lugar ocupa el amor en nuestro compromiso, porque hasta ahora todo parece funcionar como debería.

La tarde transcurre entre reuniones, firmas y llamadas, y cuando el reloj marca casi las seis me pongo de pie dispuesta a marcharme, pero apenas doy un par de pasos cuando una presión leve en el pecho me detiene, tan discreta que la atribuyo al cansancio. Intento ignorarla y continúo caminando, aunque antes de llegar a la puerta el aire comienza a faltarme y tengo que sujetarme del borde del escritorio mientras me pregunto qué demonios me está pasando. Mi respiración se vuelve irregular, el corazón me golpea el pecho con una fuerza desagradable y un sudor frío me humedece la nuca, y por primera vez en mucho tiempo las órdenes que me doy no sirven de nada, porque yo no me enfermo, no soy débil y mi cuerpo no tiene derecho a imponerme condiciones.

Una hora después estoy en urgencias, rodeada de luces blancas, olor a desinfectante y personas que parecen tener problemas más importantes que preguntarse quién soy, mientras me realizan exámenes, me conectan a unos aparatos y un médico me interroga sobre mis horas de sueño y el nivel de estrés al que estoy sometida.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.