Un desastre de mamá

Capítulo 2

Madison

Llego a casa sin recordar demasiado del trayecto, y cuando el ascensor se abre en el último piso el recibidor de mi penthouse me recibe con su pulcritud de siempre: el enorme espejo, el jarrón de cristal sobre la consola de mármol y ningún objeto fuera de sitio.

Dejo el bolso, me deshago de los tacones y agradezco el suelo bajo mis pies descalzos, aunque el silencio que me rodea esta noche parece más pesado de lo habitual. Durante años he considerado que vivir sola es una ventaja, porque nadie me espera con preguntas ni con tonterías que contar, pero mientras observo la amplitud de la sala me descubro pensando que mi hogar se parece a una de esas habitaciones de exhibición en las que todo luce hermoso y nadie vive realmente. Sacudo la cabeza, molesta por semejante ocurrencia, y me dirijo a la habitación sin pasar por la cocina, porque no tengo hambre.

Me quito el vestido, abro la ducha y permanezco bajo el agua más tiempo del necesario, intentando desprenderme de la sensación extraña que me acompaña desde el hospital. Ansiedad fue la explicación del médico, pero sigo sin comprender cómo he podido sufrir algo así, si he pasado por situaciones mucho más estresantes sin perder el control, los preparativos de la boda están en manos de una organizadora excelente y mi vida marcha por el camino que elegí. Cierro los ojos y me repito que estoy bien, porque no encuentro otra explicación que me resulte aceptable.

Después me pongo una bata de seda y me meto en la cama sin cenar, con el lado derecho vacío y la almohada intacta, pues mi prometido me dijo que tenía una reunión y que quizá terminaría tarde, así que apago la lámpara con la esperanza de que una buena noche de descanso borre las molestias del día.

Despierto antes de que suene la alarma y me quedo mirando el techo, con una inquietud que no llega a ser miedo ni tristeza pero que tampoco desaparece cuando intento ignorarla, algo que me irrita porque siempre sé qué hacer y qué decir y no estoy acostumbrada a sentir lo que no puedo explicar. Concluyo que debe ser el estrés acumulado por la boda, las llamadas constantes y las expectativas que todos tienen sobre mí, y que cualquier persona en mi posición estaría cansada. Entro en la ducha y, mientras el agua caliente cae sobre mis hombros, mi mente viaja hacia un pasado que rara vez me permito recordar, con imágenes de una infancia en la que nunca hubo demasiados abrazos ni palabras cariñosas.

Mis padres tenían dinero, contactos y una agenda tan ocupada que siempre había algo más importante que pasar tiempo conmigo, así que crecí entre niñeras que cambiaban cada pocos meses, regalos costosos en fechas especiales y promesas que se perdían entre viajes de negocios y cenas benéficas.

Aprendí a no esperar demasiado, porque ilusionarme con que alguno apareciera en una función escolar solo servía para terminar decepcionada, y con el tiempo dejé de preguntar cuándo volverían, convencida de que si no necesitaba nada de ellos tampoco podrían defraudarme. A los quince años murieron en un accidente aéreo, y recuerdo la noticia, el uniforme del internado y el olor a madera vieja de los pasillos por los que caminé sin saber qué se suponía que debía sentir, mientras las personas me miraban con una compasión que detestaba, como si esperaran que me derrumbara.

No lo hice, lloré a solas cuando nadie podía verme y comprendí que las lágrimas no traerían de vuelta a quienes nunca habían sabido quererme, y que su muerte no solo me dejaba sin familia sino que acababa con la última posibilidad de recibir de ellos lo que había esperado durante toda mi infancia.

Permanecí en el internado hasta la mayoría de edad, y mientras otras chicas se preocupaban por sus cumpleaños y los muchachos que les gustaban, yo revisaba documentos de la herencia y trataba de entender una empresa que muchos consideraban demasiado grande para alguien de mi edad. El día que salí no hubo tarta ni nadie que me dijera que, pasara lo que pasara, yo estaría bien, sino un escritorio, unos papeles que firmar y explicaciones sobre mis nuevas responsabilidades.

Estudié desde casa finanzas, administración y derecho corporativo, trabajé con disciplina sin permitirme errores que pudieran usar en mi contra y a los diecinueve ya había ganado mi primer millón, cuando la riqueza había dejado de ser un simple recurso para vivir con comodidad y se había convertido en una garantía de independencia. No fue suerte sino ambición y una necesidad que rara vez me atrevía a reconocer: demostrar que podía salir adelante sin ayuda y que nadie volvería a dejarme atrás. Año tras año absorbí empresas competidoras y firmé acuerdos internacionales, y mi nombre empezó a aparecer en revistas que me describían como una mujer brillante, poderosa e implacable, aunque nadie se preguntaba qué había tenido que sacrificar para llegar hasta allí, y tampoco me interesaba explicarlo, porque prefería que me admiraran por mis resultados antes que permitir que alguien descubriera las partes de mí que llevaba años ocultando.

Mi prometido llegó a mi vida gracias a Clara, la única persona a la que puedo llamar amiga sin sentir que uso una palabra que no me corresponde. Nos conocimos en el internado, y fue la única que se sentó a mi lado el día que regresé después del funeral de mis padres, sin obligarme a hablar ni mirarme con lástima, compartiendo un silencio que no me exigía fingir que estaba bien, y quizá por eso le permití acercarse más de lo que acostumbraba.

Fue ella quien me lo presentó durante una gala, hablándome de su inteligencia y su ambición y de lo bien que encajaría con alguien que comprendiera mis responsabilidades, y como él era atractivo, educado y sabía moverse en mis mismos círculos, nuestra relación avanzó con una naturalidad que me pareció conveniente. Nunca creí que el amor pudiera resolverlo todo, y para mí una pareja debía ofrecer estabilidad, comprensión y objetivos compatibles, cualidades que él parecía reunir, de modo que durante mucho tiempo me bastó con esa certeza, porque nunca aprendí a distinguir entre la tranquilidad de tener a alguien a mi lado y la seguridad de sentirme verdaderamente querida.




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