Un desastre de mamá

Capítulo 3

Madison

Ricardo pasa por mí a las ocho en punto, tal como habíamos acordado, con un traje oscuro perfectamente ajustado, el cabello peinado hacia atrás y esa sonrisa ensayada que tantas puertas le ha abierto desde que está a mi lado, y cuando me acerco se inclina para besarme la mejilla con una delicadeza que parece calculada para recordarme lo atento que puede llegar a ser.

—Estás hermosa —comenta mientras me observa de arriba abajo.

—Lo sé —respondo, acomodándome el bolso en el hombro.

Su sonrisa se ensancha, como si mi seguridad le resultara divertida, y me ofrece el brazo hasta el automóvil, y yo agradezco el esfuerzo de haber venido por mí después de lo ocurrido en el hospital, pensando que quizá esta cena sea justo lo que necesito para dejar atrás la inquietud de los últimos días.

Durante el trayecto hablamos de la boda y de asuntos cotidianos hasta llegar a uno de los mejores restaurantes de la ciudad, un lugar de luces cálidas, cristalería impecable y reservas con meses de anticipación, donde varias miradas se vuelven hacia nosotros apenas entramos, con admiración, curiosidad o esa envidia que ni siquiera se molestan en disimular. No me sorprende, porque Ricardo es joven, atractivo y carismático, y yo tengo el dinero, la influencia y el apellido que muchos desean, así que juntos formamos la clase de pareja que aparece en las revistas de sociedad.

El encargado nos acompaña a una mesa junto al ventanal, desde donde la ciudad se extiende en una sucesión de luces, y durante unos instantes la velada avanza exactamente como esperaba, sin llamadas de trabajo ni interrupciones.

—Te hacía falta salir un poco —comenta mientras revisa las opciones del menú—. No puedes pasarte la vida encerrada en la empresa.

—La empresa me pertenece —respondo con una media sonrisa—. Técnicamente, puedo pasar allí todo el tiempo que quiera.

—Y yo también quisiera pertenecerte de esa manera, aunque sospecho que tendría que pedir una cita con tu secretaria para conseguir que me prestaras atención.

Lo observo por encima de la copa de agua con una expresión divertida, aunque no puedo evitar pensar que hay algo de verdad en sus palabras.

—Ten cuidado con lo que deseas, Ricardo. Podrías terminar arrepintiéndote.

Él se ríe y está a punto de responder cuando el mesero se acerca a tomar nuestra orden, pero apenas comenzamos a revisar los platos, una voz aguda y demasiado familiar interrumpe la conversación.

—¡Pero miren nada más a esta pareja espectacular!

Cierro los ojos un instante para reunir paciencia antes de girarme hacia Clara, que aparece con un vestido ceñido, una sonrisa amplia y un perfume que anuncia su presencia antes de que abra la boca, y se inclina a besarme la mejilla y luego a saludar a Ricardo, demorándose quizá un poco más de lo necesario en ese segundo gesto, algo a lo que no le doy importancia porque ella siempre ha sido expresiva y familiar con todos.

—Justo estaba aquí con unas amigas y me pareció verlos desde la entrada —explica, acomodándose el cabello—. Ricardo me contó que te sentiste mal ayer. ¿Cómo estás? Me preocupé muchísimo cuando me escribió.

Sus últimas palabras me hacen mirarla con más atención, porque no sabía que Ricardo le había escrito, aunque no encuentro motivos para cuestionarlo, ya que ella es mi mejor amiga y si él necesitaba hablar con alguien mientras yo estaba en el hospital, no sería extraño que recurriera a ella.

—Estoy bien —respondo tranquilamente—. Fue un ataque de ansiedad, según el médico. No encontraron nada preocupante.

—¡Menos mal! —exclama, llevándose una mano al pecho—. Aunque yo le dije a Ricardo que seguramente no era nada grave. Tú eres una máquina de trabajar, Madison. Bueno, casi una máquina, porque hasta las mejores necesitan mantenimiento.

Se ríe de su propio comentario y, antes de que alguno de nosotros pueda responder, toma la silla vacía junto a la mesa y se acomoda sin pedir permiso, mientras Ricardo, lejos de sorprenderse, le hace un gesto despreocupado para que se quede.

—Siéntate, Clara —dice él con una sonrisa—. Apenas estamos pidiendo.

Los observo a ambos un instante antes de volver a la carta, porque no es que me moleste mi amiga, pero había imaginado una noche a solas con Ricardo y no recuerdo haber acordado que ella se uniría.

Clara empieza a contar una fiesta a la que asistió, un diseñador nuevo, un viaje que planea y lo complicada que ha estado su agenda, saltando de un tema a otro mientras Ricardo la escucha y la anima a seguir, y yo participo cuando corresponde y sonrío ante sus anécdotas, aunque poco a poco me agota el sonido constante de su voz.

Me sorprende mi propia impaciencia, porque no hay nada desagradable en lo que hace y siempre he considerado su entusiasmo parte de su encanto, pero esta noche deseo que termine su historia o que surja cualquier motivo para recuperar la conversación de antes. Mientras ella juega con el borde de su copa intento recordar otras cenas con Ricardo, las de después de las galas, los cumpleaños y los fines de semana, y descubro que Clara ha estado presente en muchas de ellas y que no encuentro tantas veladas a solas como esperaba, idea que me incomoda sin que sepa por qué, aunque decido atribuirla a la sensibilidad que me dejó el hospital y no convertir una cena agradable en una discusión absurda.

Ricardo me pregunta por uno de los proyectos que superviso y aprovecho para explicarle algunos detalles, y durante varios minutos hablamos de la empresa, de las próximas inversiones y de ciertos acuerdos beneficiosos, mientras Clara intenta intervenir un par de veces sin que ninguno de los dos le preste demasiada atención, no por excluirla sino porque hablamos de algo que ella no conoce bien. Aun así noto que su sonrisa pierde parte de su entusiasmo y que sus labios se tensan antes de acomodarse en la silla a beber de su copa, pero no comento nada, porque no pienso convertir un pequeño cambio de expresión en un asunto importante. La cena continúa sin mayores inconvenientes, disfruto del postre, converso con Ricardo y por momentos consigo olvidar el vacío que me acompaña desde el hospital, hasta que llegan la cuenta y el momento de marcharnos y Clara se levanta y recoge su bolso con una mirada que pretende ser despreocupada.




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