Madison
Nunca me han gustado los clubes, con tanto ruido, tantas risas fingidas y tantas miradas que calculan cuánto vales antes de decidir si mereces su atención, pero Ricardo insistió tanto en que lo acompañara que terminé aceptando, aunque lo último que me apetecía era pasar el fin de semana rodeada de gente que mide el éxito en dinero y apariencias.
—Te hará bien despejarte —me dijo—. Solo será un rato. Estarán algunos socios, nada formal.
Y aquí estoy, un sábado por la mañana, en un club privado donde hasta el césped parece recibir más cuidados que algunas personas, entre el olor a hierba recién cortada, el perfume costoso de los asistentes y el sonido seco de las pelotas de tenis.
Acepté jugar porque necesitaba moverme y demostrarme que aún podía hacer algo ajeno a contratos y cifras, y el partido fue más intenso de lo esperado, aunque no me costó ganar, porque nunca me ha gustado perder cuando puedo evitarlo. Ahora estamos en la terraza, duchados y cambiados, mientras el sol comienza a descender, con copas sobre la mesa, toallas blancas dobladas con una precisión casi ridícula y carcajadas que suenan demasiado altas para ser espontáneas.
Me siento cansada de una manera agradable, de las que te recuerdan que tienes un cuerpo, y lo más importante es que no me duele el pecho y respiro con normalidad.
Desde el hospital presto más atención a mis sensaciones, aunque me niego a admitir que estoy preocupada, y prefiero pensar que todo se debe a la falta de ejercicio, al exceso de café y a las pocas horas de sueño, o a que últimamente he reducido las porciones de comida para que el vestido de novia me quede perfecto, de modo que quizá mi cuerpo solo me cobra la factura de mis decisiones.
Clara también está aquí, sentada al otro extremo de la mesa y riéndose con un hombre distinto al que la acompañaba la semana pasada, o quizá era el mismo de la anterior, porque he perdido la cuenta y tampoco me interesa llevarla. La palabra promiscua cruza por mi mente sin despertar ninguna emoción, ya que cada quien es libre de hacer lo que quiera con su cuerpo y su reputación, y yo no soy su madre ni su conciencia, aunque me gustaría que de vez en cuando recordara que no todas las personas necesitan convertir su intimidad en tema de conversación.
La charla continúa entre los socios, que intercambian anécdotas sobre inversiones fallidas, competidores poco inteligentes y oportunidades que habrían podido volverlos todavía más ricos, mientras las esposas escuchan con esas sonrisas educadas que parecen parte del uniforme de las reuniones sociales. Una de ellas, Laura, aprovecha una pausa para volverse hacia mí con evidente curiosidad.
—Madison, ¿cómo van los preparativos de la boda?
Sonrío y acomodo la copa entre mis dedos antes de responder.
—Perfectos. Como todo lo que organizo.
Algunas risas suaves acompañan mi respuesta y Laura asiente, como si no esperara otra cosa.
—No esperaba menos de ti. Seguro que será una boda preciosa.
—Será el evento del año —añade Ricardo, apoyando una mano en mi espalda con un gesto cariñoso que me hace sonreír de manera automática.
Estoy a punto de responder cuando Clara se adelanta, incapaz de dejar pasar una conversación sin volverse el centro de atención.
—Bueno, con el vestido que mandó a hacer, tiene que serlo —comenta animadamente—. Lo está diseñando la mejor diseñadora del mundo. ¡Y tiene diamantes incrustados!
El silencio dura apenas un segundo, pero basta para que algo se tense dentro de mi pecho, y giro lentamente la cabeza hacia ella, que sigue sonriendo satisfecha, como si hubiera anunciado el menú de la boda en lugar de revelar un detalle que yo había decidido mantener en secreto.
Mi vestido era una sorpresa, no para la prensa ni para los invitados, sino para Ricardo, porque quería que lo viera por primera vez cuando estuviera frente a mí, una de las pocas cosas que me había permitido reservar para nosotros, y por eso escuchar a Clara hablar de los diamantes con tanta naturalidad me irrita más de lo que debería. Aprieto la mandíbula y mantengo la sonrisa en su sitio con un esfuerzo considerable.
—Clara —digo con una suavidad que debería bastar para advertirle que está pisando terreno peligroso—, hay cosas que se comentan en privado.
Ella parpadea, sorprendida, y enseguida suelta una risita despreocupada.
—Ay, por favor, Madison. No es para tanto. Si todos sabemos que será espectacular. Además, no puedes esperar que nadie se entere de nada cuando estás organizando una boda de ese tamaño.
La miro un instante, preguntándome si de verdad no comprende lo que acaba de hacer o si le importa tan poco que ni se molesta en reconocerlo, porque con Clara siempre resulta difícil distinguir entre la ingenuidad y la falta de consideración. Aun así, no pienso darles un espectáculo a los socios de Ricardo, así que desvío la mirada, tomo un sorbo de mi bebida y me obligo a dejar el asunto atrás, porque no arruinaré la tarde, no aquí y desde luego no por esto.
La conversación retoma su curso hasta que otra de las mujeres, con una copa casi vacía, se inclina hacia nosotros con una sonrisa curiosa.
—Y hablando de la boda, ¿han pensado en tener hijos pronto?
La pregunta me toma por sorpresa, no porque nadie me la haya hecho antes sino porque siempre me ha parecido absurdo que mi vida reproductiva se considere tema para una conversación de terraza, y abro la boca para responder, pero Ricardo se me adelanta con una pequeña risa y negando con la cabeza.
—No está en nuestros planes inmediatos.
Su respuesta es sencilla, educada y suficiente, y podría agradecerle mentalmente haber evitado una conversación incómoda, pero Clara vuelve a intervenir antes de que nadie más pueda hacerlo.
—¿Inmediatos? —se burla, alzando las cejas—. Madison jamás ha querido tener hijos. Nunca. Además, ya está casi en los cuarenta. No creo que vaya a empezar ahora.