Un desastre de mamá

Capítulo 5

Madison

Llego al departamento sola, sin esperar a Ricardo y sin querer verlo, porque necesito estar lejos de él, de Clara y de todas esas personas que parecen tener opinión sobre mi vida, como si mis decisiones fueran un asunto público.

El ascensor sube con una lentitud desesperante mientras yo miro fijamente los números sobre la puerta, intentando controlar el pulso que me golpea las sienes. No estoy triste, pero tampoco me siento bien, lo que tengo es una rabia incómoda que crece cada vez que recuerdo la sonrisa de Clara hablando de mi vestido, de mi edad y de los hijos que, según ella, jamás tendré.

Dejo caer el bolso sobre la mesa con más fuerza de la necesaria, me quito los zapatos y camino de un lado a otro de la sala, incapaz de organizar lo que siento, y cuanto más intento convencerme de que exagero, más recuerdos aparecen: sus historias que se apoderaban de las cenas, las preguntas dirigidas a mí que ella respondía, las cosas privadas que compartía sin permiso.

Lo más irritante es comprender que no puedo culparla por completo, porque yo lo permití durante años, cambiando de tema y fingiendo que no importaba, quizá porque era más fácil que aceptar que una de las pocas personas cercanas a mí no me conocía tan bien como yo creía.

Me sirvo una copa que apenas pruebo y me siento en el sofá con la mirada perdida, hasta que una pregunta que nunca me había planteado en serio empieza a tomar forma: ¿realmente vale la pena esa amistad? Debería ser sencillo, porque hemos compartido demasiados años y recuerdos como para desechar todo por un comentario desafortunado, pero tampoco me parece justo seguir ignorando lo que me incomoda solo porque existe una historia entre nosotras, y por primera vez no consigo decidir qué pesa más. Pasan casi dos horas antes de que escuche la puerta, y Ricardo entra como si nada hubiera ocurrido, deja las llaves en su lugar y me encuentra despierta en el sofá, aflojándose la corbata con la expresión que adopta cuando una situación está a punto de convertirse en un problema innecesario.

—¿Ya estás más tranquila? —pregunta.

No respondo, y lo observo quitarse el saco y colocarlo sobre una silla como si regresara de una reunión de negocios y no de pasar horas sin preocuparse por cómo me encontraba. Él suspira ante mi silencio y se pasa una mano por el rostro.

—Fue un malentendido, Madison. No debiste reaccionar así. Me hiciste quedar mal delante de todos.

Lo miro despacio, asegurándome de haber entendido bien.

—¿Hacerte quedar mal?

—Sí —responde, con un fastidio que intenta disimular—. Solo era una broma. Clara no lo dijo con mala intención y tú te levantaste de la mesa como si hubiera cometido una atrocidad. Todos se quedaron mirándonos. ¿Te imaginas lo incómodo que fue tener que explicar por qué te habías marchado?

Ahí está, sin una sola pregunta sobre lo que me molestó, sin una palabra sobre el vestido revelado ni sobre cómo hablaron de mis decisiones como si yo no estuviera sentada a su lado, porque lo único que le importa es la impresión que los demás se llevaron, y le preocupa haber quedado mal, no que yo me haya sentido mal.

Algo dentro de mí se endurece, no como una explosión de ira sino como una decepción silenciosa que me obliga a mirarlo con una distancia que no recuerdo haber sentido antes.

—Buenas noches, Ricardo.

Me pongo de pie y camino hacia la habitación sin esperar su respuesta, porque no tengo ganas de explicarle por qué sus palabras me molestaron más que el comentario de Clara, y si no puede comprenderlo por sí mismo, no sé qué podría decirle que cambiara las cosas.

—¿Vas a encerrarte ahora? —pregunta detrás de mí.

Sigo caminando, entro, cierro la puerta y me apoyo contra ella con los ojos cerrados, porque no suelo huir de las conversaciones difíciles, pero esta noche no quiero defender mis sentimientos como si fueran una decisión empresarial que necesita la aprobación de un consejo de administración. Solo quiero estar sola, aunque esa necesidad sea tan extraña que ni yo sepa qué hacer con ella.

Un par de horas después, cuando el sueño por fin empieza a vencerme, la puerta se abre con suavidad y Ricardo entra con una rosa en una mano y una pequeña caja de terciopelo en la otra, con un aire conciliador que ha usado tantas veces para suavizar una discusión.

—No me gusta pelear contigo —dice en voz baja mientras deja la rosa sobre la cómoda y se sienta a mi lado.

Abre la caja y el brillo de un collar de diamantes se refleja bajo la luz tenue, una pieza elegante y delicada, exactamente del tipo que me gusta, aunque no necesito diamantes para sentirme satisfecha con mi vida.

—Lo tenía guardado para sorprenderte —añade, sacando el collar del estuche—. Perdóname, Madison. No peleemos por cosas que no valen la pena.

Lo observo en silencio mientras se coloca detrás de mí, aparta mi cabello para abrocharme el collar y me besa el cuello, y conozco bien sus gestos y la seguridad con la que asume que un regalo y unas palabras cariñosas devolverán todo a la normalidad, algo que durante mucho tiempo me pareció suficiente.

Lo dejo besarme y termino abrazándolo, intentando concentrarme en el calor de sus manos y en la familiaridad de su presencia, queriendo que la distancia que se instaló durante la tarde sea solo una impresión pasajera, pero cuando sus labios vuelven a buscar los míos siento que algo no encaja, porque puedo reconocer cada gesto y responder a cada caricia sin encontrar la conexión que esperaba, como si interpretara un papel que conozco de memoria.

Me digo que solo estoy cansada y que no debería sacar conclusiones por una discusión que otro día habría olvidado, y aunque no significa que ya no lo quiera, al menos no estoy preparada para aceptar una conclusión así, mientras él parece satisfecho con la reconciliación y yo sigo sintiendo una distancia que no desaparece con un beso ni con el brillo de un collar.




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