Madison
Ricardo no volvió a casa esa noche.
No llamó, no escribió y yo tampoco hice el menor esfuerzo por comunicarme con él, porque si algo he aprendido con los años es que perseguir a alguien nunca ha sido mi estilo: quien quiere quedarse se queda, y quien necesita espacio puede tomárselo sin que yo le ruegue explicaciones.
No pienso pasarme la noche pendiente del teléfono preguntándome dónde está o con quién, y si ha decidido alejarse porque no le gustó que expresara mis dudas sobre la boda, tendrá que ser él quien decida qué hacer con esa situación. Aun así, cuando llego a la oficina a la mañana siguiente percibo que algo ha cambiado, porque las miradas duran un segundo más de lo habitual, algunas conversaciones se interrumpen cuando paso por el pasillo y hay una curiosidad silenciosa en el ambiente que no recuerdo haber provocado antes, como si las personas supieran una parte de una historia que todavía no me han contado y esperaran a ver cómo termina.
Durante las siguientes horas reviso documentos, respondo correos y atiendo los asuntos pendientes, pero esa sensación persiste como una corriente bajo la superficie que no puedo ver con claridad y de la que estoy segura, y por primera vez en mucho tiempo tengo la impresión de que no soy yo quien provoca el cambio.
Ricardo aparece cerca del mediodía sin su sonrisa habitual, sin flores y sin ninguno de los pequeños regalos con los que suele suavizar las situaciones desagradables, con una expresión tensa y una mirada que se detiene en mí unos segundos, como si hubiera ensayado la conversación durante el trayecto sin estar seguro de cómo empezarla.
—¿Podemos hablar?
Su tono intenta sonar tranquilo, pero hay algo rígido debajo, más una exigencia disfrazada de cortesía que una invitación, así que cierro la carpeta que estoy revisando y me recuesto en la silla sin levantarme.
—Habla.
Ricardo me observa un instante y cierra la puerta con cuidado, un gesto que no me pasa inadvertido porque se asegura de que nadie en el pasillo pueda escuchar, y después se vuelve hacia mí con una expresión que mezcla molestia con algo más difícil de identificar.
—¿Qué le dijiste a Clara?
Cruzo las manos sobre el escritorio y lo miro con serenidad.
—La invité a retirarse de mi oficina.
—No fue solo eso —replica de inmediato—. Está destrozada, Madison. Dice que la trataste como si fuera una intrusa.
—Porque en ese momento lo era.
Ricardo exhala con fuerza, como si hiciera un esfuerzo considerable por mantener la paciencia, y me resulta curioso que se preocupe tanto por cómo traté a Clara y tan poco por las razones que me llevaron a hacerlo, ya que desde que empezó esta discusión nadie parece dispuesto a preguntarme qué me pasa sin convertir la conversación en una lista de cosas que, según ellos, estoy haciendo mal.
—Clara no es una intrusa. Es tu mejor amiga desde hace años.
—Lo sé —respondo sin alterar la voz—. Y, aun así, entró en mi oficina sin anunciarse, interrumpió mi trabajo y decidió cuestionar decisiones que solo me competen a mí. Si eso no es comportarse como una intrusa, entonces quizá deberíamos revisar la definición.
Ricardo guarda silencio unos segundos, buscando en mi rostro alguna señal de que bromeo y quizá esperando que sonría o admita que me excedí, pero no pienso facilitarle las cosas, no por castigarlo sino porque estoy cansada de suavizar mis palabras para que los demás no se sientan incómodos cuando opino distinto.
—No eres tú —dice finalmente.
Levanto una ceja.
—¿Disculpa?
—Esto —responde, haciendo un gesto impreciso con la mano—. Tu actitud, la forma en que hablaste con Clara, lo de la boda… No eres tú. No actúas así.
Es la segunda vez que alguien me dice que estoy cambiando y empiezo a preguntarme qué significa realmente esa afirmación, sí que ya no me comporto como esperan, sí que he dejado de aceptar lo que antes pasaba por alto o si, después de tantos años, descubren que no me conocen tanto como creían.
—Quizá nunca prestaste suficiente atención —respondo.
Su mandíbula se tensa y su expresión pierde la poca tranquilidad que le quedaba.
—No es una broma, Madison. Estás tomando decisiones impulsivas. Primero quieres aplazar la boda y después prácticamente echas a Clara de tu oficina. Estás alejando a las únicas personas que están contigo.
La frase queda suspendida entre nosotros y por un instante dejo de pensar en la discusión para concentrarme en esas palabras, porque me pregunto si eso soy para ellos, una mujer sin nadie más que debería aceptar cualquier cosa con tal de conservarlos, y si estoy tan acostumbrada a contar con Ricardo y Clara que perderlos me parece una amenaza incluso cuando son ellos quienes me hacen cuestionar tantas cosas. No me gusta la idea, y menos que él la use como argumento, como si mi necesidad de compañía fuera una debilidad con la que pudiera hacerme retroceder.
—Estoy reevaluando mis prioridades —respondo finalmente.
Ricardo me mira con una mezcla de sorpresa y desconfianza.
—Eso suena peligroso.
—¿Para quién?
La pregunta parece tomarlo desprevenido, y tarda un segundo en contestar, un silencio breve que me resulta más revelador de lo que debería.
—Para nosotros.
Lo dice con una seguridad que en otras circunstancias habría considerado natural, pero esta vez suena ensayada, como si hubiera recurrido a esa palabra porque es lo que corresponde decir en una conversación de pareja y no porque esté dispuesto a hablar de lo que realmente nos sucede.
—¿Nosotros? —repito—. ¿Te refieres a nuestra relación o al pequeño ecosistema que tú y Clara parecen tan empeñados en proteger?
Su mirada se endurece de inmediato.
—No empieces con eso.
—¿Con qué?
—Con insinuaciones que no tienen sentido.