Madison
Esa misma tarde recibo un mensaje de ella.
¿De verdad vas a tirar tu vida por un capricho?
Leo las palabras esperando sentir el impulso de explicarle, una vez más, que aplazar una boda no equivale a destruir una relación, pero no escribo nada y dejo el teléfono sobre el escritorio, decidida a no entrar en una discusión por mensajes. Un minuto después la pantalla vuelve a iluminarse.
Ricardo no merece esto.
Suelto el aire lentamente y dejo el teléfono boca abajo, porque es increíble la facilidad con la que Clara convierte cualquier problema en una cuestión de lealtad, como si cuestionar mi relación fuera traicionar al hombre con el que planeo casarme, y no necesito que esté de acuerdo conmigo, pero esperaba que después de tantos años pudiera escucharme sin convertir mis dudas en un ataque contra alguien más. El tercer mensaje llega casi de inmediato.
Por favor, hablemos.
Ni siquiera miro la pantalla demasiado tiempo, aunque no evito que una pregunta se instale en mi cabeza: ¿por qué ambos reaccionan como si hubiera declarado la guerra? Solo he pedido tiempo, un poco de espacio para entender qué me ocurre antes de comprometerme con algo que afectará el resto de mi vida, sin terminar mi relación con Ricardo, sin cancelar la boda y sin romper mi amistad con Clara, así que no comprendo por qué se comportan como si estuvieran a punto de perderlo todo.
La pregunta me acompaña durante la tarde y, cuando llega la hora de irme, decido quedarme un poco más, porque necesito unos minutos de tranquilidad antes de volver a un apartamento que, desde que Ricardo dejó de volver por las noches, parece demasiado grande.
Casi todo el personal se ha marchado y el edificio está casi vacío, así que me preparo una taza de café y me acerco al ventanal desde donde se ve el estacionamiento iluminado por luces amarillentas, y es entonces cuando los veo. Ricardo y Clara están de pie junto al automóvil de él, lo bastante cerca como para tener una conversación privada que desde mi posición no puedo escuchar, y me quedo inmóvil con la taza entre las manos. No se besan ni parecen tocarse, pero la forma en que están uno frente al otro me resulta extrañamente íntima, aunque me digo de inmediato que no prueba nada, que dos personas pueden hablar en privado sin que haya algo indebido y que es lógico que, si están preocupados por mí, hayan decidido conversar.
Sin embargo, algo en sus movimientos me mantiene junto al ventanal: Clara gesticula con nerviosismo mientras le explica algo y parece esforzarse por convencerlo de una idea que él no termina de aceptar, y Ricardo mira a su alrededor un par de veces antes de responderle, como si quisiera asegurarse de que nadie los observa, y después la escucha con el rostro tenso, sin los gestos relajados que lo acompañan con otras personas.
Me descubro conteniendo la respiración y me obligo a soltar el aire despacio, porque no siento celos sino una especie de alerta, una necesidad de prestar atención a detalles que antes habría ignorado por confiar en que todo estaba donde debía, y no voy a inventarme una historia basándome en una conversación que ni siquiera escucho, pero tampoco pienso apartar la mirada solo para convencerme de que no hay nada extraño.
Finalmente Clara se aleja hacia su propio automóvil y Ricardo permanece junto al suyo con la mirada fija en la pantalla del teléfono, y luego abre la puerta y se sienta al volante, aunque no arranca de inmediato, como si pensara en algo que requiere toda su atención.
Frunzo el ceño y me pregunto desde cuándo mis decisiones los alteran tanto y desde cuándo una simple pausa en la boda es una amenaza que ambos necesitan discutir a mis espaldas, y aunque tal vez busco respuestas donde no las hay, no puedo ignorar la coincidencia entre su comportamiento de los últimos días y lo que acabo de presenciar. Mi teléfono vibra entre mis dedos y encuentro un mensaje de Ricardo.
¿Ya saliste de la oficina?
Me quedo mirando la pantalla unos segundos y luego levanto la vista hacia el estacionamiento, donde su automóvil sigue exactamente en el mismo lugar, una coincidencia demasiado oportuna para pasarla por alto, aunque no sé qué conclusión sacar. Podría llamarlo y preguntarle por qué quiere saberlo si él mismo sigue allí, pero decido no precipitarme, porque si hay algo que averiguar prefiero hacerlo observando y pensando con claridad antes que dejarme arrastrar por una sospecha que no puedo demostrar. Escribo una respuesta breve.
Hace diez minutos.
Envío el mensaje y vuelvo a mirar por el ventanal, donde Ricardo baja la vista hacia su teléfono casi de inmediato, y aunque no distingo su expresión desde esa distancia, lo veo guardar el dispositivo, introducir la llave y encender el motor, y unos segundos después el automóvil abandona el estacionamiento.
Me quedo observando las luces traseras hasta que desaparecen y luego bajo la mirada a mi teléfono con una pequeña sonrisa que no es de triunfo, porque todavía no tengo nada que celebrar, ni de satisfacción por haber descubierto una mentira, sino algo más discreto: la confirmación de que mi inquietud no ha desaparecido y de que, por primera vez, estoy dispuesta a escucharla en lugar de silenciarla para mantener las cosas como siempre han sido. Algo no está bien, y esta vez no pienso apresurarme a convencerme de que el problema soy yo.