Madison
Me encuentro junto al ventanal unos minutos más, observando el estacionamiento vacío mientras termino mi café, consciente de que no tengo pruebas de nada y de que ver a Ricardo hablando con Clara no significa que exista algo entre ellos, del mismo modo que recibir un mensaje suyo mientras sigue en el estacionamiento no demuestra que me oculte algo. Pero hay una diferencia entre no tener pruebas y no tener motivos para sospechar, y llevo varios días acumulando razones para desconfiar.
Nunca he entregado mi confianza a la ligera, porque aprendí muy pronto que las personas pueden sonreírte mientras calculan cuánto obtener de ti, y esa desconfianza me ha salvado en los negocios de errores que habrían costado millones, así que no entiendo por qué debería comportarme distinto en mi vida personal, ya que ser mi prometido y mi mejor amiga no los vuelve incapaces de mentirme.
Regreso al escritorio y empiezo a responder correos por pura inercia, hasta que recuerdo que Ricardo tiene a su disposición algunas de mis tarjetas de crédito desde hace tiempo. Nunca limité sus gastos ni le pedí explicaciones por cada compra, porque confío en que sabe administrarlas, y hasta ahora jamás me había parecido necesario revisar cada movimiento, pero entro en la plataforma bancaria recordándome que lo hago por precaución y no porque lo considere culpable, y que si todo está en orden cerraré la página y seguiré con mi vida.
Los primeros movimientos no me dicen nada, con restaurantes, compras habituales y pagos que corresponden a reuniones que Ricardo me comentó, hasta que una serie de cargos llama mi atención, no por ponerse en peligro mis finanzas sino por lo elevados que son: una cena en un restaurante exclusivo, varias noches en un hotel de lujo y compras en el extranjero durante una semana en que él aseguró estar ocupado con una negociación.
La primera vez que aparece ese hotel, Ricardo me había dicho que viajaría a Londres para reunirse con unos inversionistas, y recuerdo la conversación porque tuvimos que cambiar la fecha de una cena y él me explicó que su agenda estaba demasiado apretada para regresar a tiempo, ante lo cual yo no discutí y le deseé buen viaje, convencida de que se trataba de uno de esos compromisos inevitables del círculo en que nos movemos.
Sin embargo, los cargos no corresponden a Londres sino a París, y aunque podría haber una explicación lógica, como un cambio de ciudad o un vuelo de última hora, anoto mentalmente la fecha y sigo revisando, y encuentro otro cargo en un restaurante parisino, una compra en una boutique de lujo, una reserva de automóvil y un pago que no consigo identificar.
Retrocedo en el historial buscando patrones, como hago al analizar las finanzas de una empresa, porque una transacción aislada puede no significar nada pero varias que se repiten en determinadas fechas revelan mucho más de lo que alguien pretende mostrar, y empiezo a ver París, Roma y Madrid, con gastos en hoteles, restaurantes y tiendas que no parecen relacionados con las reuniones que él me describió, algunos en fechas de viajes que me presentó como negociaciones urgentes y otros en fines de semana en que dijo que un proyecto requería su presencia. Nunca me molestó que viajara sin mí, porque tenemos responsabilidades distintas y no necesito acompañarlo a todas partes para sentir que lo nuestro funciona, pero no puedo aceptar la posibilidad de que haya usado esa confianza para ocultarme lo que realmente hacía.
Podría llamarlo ahora mismo y preguntarle por qué hay gastos en París si me dijo que estaba en Londres, y bastaría escuchar su explicación y observar cómo responde, pero no lo hago, porque si existe una explicación razonable quiero conocerla, y si me miente no pienso advertirle de que empecé a prestar atención antes de comprender hasta dónde llega la mentira.
Entonces recuerdo que Clara también estuvo fuera del país durante uno de esos periodos, algo que me comentó en una conversación casual sin decirme exactamente adónde iba, y que en su momento no me pareció importante porque ella viaja con frecuencia y rara vez justifica sus movimientos ante mí, pero ahora la coincidencia se instala en mi cabeza con una persistencia desagradable.
Abro el calendario de mi computadora, busco los correos en los que Ricardo me avisó de sus salidas y regresos, y comparo las fechas con los cargos y con las ausencias que Clara mencionó, y aunque no todas coinciden y no pienso fingir que eso demuestra algo, hay dos periodos que se superponen de una manera difícil de ignorar.
Podría tratarse de una casualidad, de viajes a la misma ciudad por motivos distintos o de un encuentro entre conocidos, y no pienso descartar todas las explicaciones solo porque una parte de mí empiece a temer lo peor, pero recuerdo también la facilidad con la que Clara habla de Ricardo y conoce sus motivos, la rapidez con que acudió a defenderlo cuando le dije que necesitaba tiempo antes de casarme y que él sabía detalles de mis reacciones que yo no le había contado, y que ambos se han mostrado en estos días más preocupados por mis decisiones que por las razones que me llevaron a tomarlas.
No es una prueba, es un conjunto de señales, y las señales son precisamente lo que me ha enseñado a actuar antes de que un problema se vuelva imposible de controlar.
Vuelvo al historial bancario y reviso con más detenimiento las compras de esos viajes, y encuentro pagos en tiendas de diseñador, restaurantes exclusivos y hoteles en los que Ricardo no tenía razón aparente para alojarse si cumplía la agenda de trabajo que me describió, y aunque algunas compras podrían ser regalos para mí, no reconozco los artículos ni recuerdo haber recibido nada parecido. Y entonces encuentro una operación que me hace detenerme: un cargo de una cantidad considerable, realizado durante uno de los viajes que Ricardo describió como una negociación de último momento, y lo que me desconcierta no es el importe sino el lugar donde se hizo el pago y la fecha, porque recuerdo que ese mismo día me llamó para decirme que estaba agotado tras una larga jornada de reuniones y que probablemente se acostaría temprano.