Madison
No consigo quitarme de la cabeza los movimientos bancarios que revisé ayer. Por más que intento concentrarme en el trabajo, mi atención regresa a las fechas que no encajan con las explicaciones de Ricardo y a las coincidencias con los viajes de Clara.
No me gusta trabajar con información incompleta, mucho menos cuando se trata de mi vida personal. He construido mi fortuna aprendiendo a desconfiar de las apariencias, a detectar riesgos y a reconocer los detalles que otros pasan por alto. Una cifra fuera de lugar puede revelar una irregularidad, del mismo modo que una cláusula insignificante puede esconder una desventaja millonaria.
No he llegado hasta donde estoy confiando ciegamente en los demás. Sin embargo, esta vez no estoy analizando las cuentas de una empresa ni investigando a un socio. Se trata del hombre con el que planeo casarme y de la mujer a quien considero mi mejor amiga, las dos personas a las que, aunque me cueste admitirlo, he llegado a tratar como mi familia.
Nunca tuve padres a quienes pedir consejo ni hermanos con quienes compartir mis preocupaciones. Aprendí a vivir sin esas cosas y me convencí de que no las necesitaba, hasta que Ricardo llegó a mi vida y Clara me hizo creer que quizá podía encontrar algo parecido a una familia. No obstante, esa necesidad de pertenecer no me vuelve incapaz de reconocer una traición. Antes de enfrentarlos, necesito asegurarme de que mis sospechas tienen fundamento, pero tampoco pienso cerrar los ojos por miedo a descubrir una verdad dolorosa.
Abro nuevamente la computadora y comparo las fechas de los viajes de Ricardo con los movimientos bancarios que encontré. El patrón sigue siendo el mismo: cuando aseguraba que debía reunirse con inversionistas en una ciudad, aparecían gastos en otra. Algunos eran demasiado elevados para atribuirlos a una cena de negocios o a una reserva de última hora.
Me detengo ante una fecha en particular. Recuerdo que Ricardo me llamó esa noche para decirme que había terminado agotado después de una jornada interminable de reuniones. Mientras yo imaginaba que estaba en Londres preparando una negociación, mi tarjeta había registrado un gasto considerable en París. Nunca me habló de ese cambio de planes ni mencionó haber visitado Francia cuando regresó.
Me recuesto en la silla y cierro los ojos durante unos segundos. Podría llamarlo y preguntarle qué ocurrió, pero sería un error darle la oportunidad de preparar una explicación antes de que yo sepa qué estoy buscando. Si existe una razón legítima para esos gastos, podrá aclararla cuando llegue el momento. Si me ha estado mintiendo, una confrontación precipitada solo servirá para advertirle que empecé a sospechar.
Entonces pienso en Clara.
Siempre ha disfrutado compartiendo su vida con los demás. Publica fotografías de sus comidas, sus compras, los lugares que visita y cada pequeño acontecimiento que considera digno de presumir. Aunque suelo bromear con ella sobre su costumbre de convertir cada salida en una publicación, nunca me había detenido a observar sus redes sociales con verdadera atención. Era mi amiga; jamás imaginé que necesitaría investigar sus movimientos.
Abro su perfil y encuentro fotografías de desayunos en terrazas con vistas al mar, suites lujosas, cenas exclusivas y joyas que no recuerdo haberle visto antes. Clara tiene sus propios recursos, pero su situación económica no le permite llevar el ritmo de vida que exhibe últimamente sin comprometer una parte considerable de sus ingresos.
Paso de una imagen a otra hasta que una me obliga a detenerme. Clara aparece sentada en la cubierta de un yate, con unas gafas oscuras y una copa en la mano. Recuerdo perfectamente aquella temporada porque Ricardo me dijo que tendría que ausentarse durante unos días para atender una negociación importante.
Reviso la fecha y siento que algo se me revuelve por dentro.
Ese yate es mío.
Lo compré después de cerrar una de las operaciones más importantes de mi carrera y recuerdo las modificaciones que ordené antes de utilizarlo por primera vez. No es una embarcación que pueda confundirse fácilmente con otra, sobre todo porque elegí personalmente varios detalles de su diseño. Además, Ricardo tenía acceso a ella y se encargó de coordinar algunos preparativos durante aquella temporada.
Amplío la fotografía y observo la cubierta, los muebles y la barandilla que mandé modificar porque el diseño original no me convencía. No hay lugar a dudas.
Siento una presión incómoda en el pecho, pero me obligo a mantener la calma. Encontrar a Clara a bordo de mi yate no demuestra que Ricardo estuviera con ella ni que hayan hecho algo indebido. Necesito comprobar las fechas, averiguar quién organizó aquella salida y entender por qué ninguno consideró necesario mencionármela.
Regreso al historial bancario y encuentro un gasto asociado al mismo periodo. La posibilidad de que todo sea una coincidencia comienza a parecerme cada vez menos convincente.
Continúo revisando las publicaciones y encuentro otras imágenes que llaman mi atención. En una, Clara posa frente a un hotel de París que reconozco por uno de los cargos registrados en mi tarjeta; en otra, aparece en un restaurante cuya cuenta Ricardo pagó durante uno de sus supuestos viajes de negocios. Las fechas coinciden con varios de los periodos en que él estaba fuera de la ciudad.
Me detengo ante la fotografía de una cena. Reconozco el emblema del restaurante en la vajilla y recuerdo haber visto ese nombre en los movimientos bancarios, junto con una cantidad considerable. La publicación corresponde a una noche en la que Ricardo me llamó para decirme que había tenido una reunión agotadora y que prefería quedarse en su hotel a descansar.
Miro la imagen durante varios segundos, tratando de encontrar una explicación. Tal vez cambió sus planes, tal vez Clara coincidió con él por casualidad o quizá alguien más pagó aquella cena. Son posibilidades que debo considerar, pero ninguna explica por qué Ricardo no me mencionó el cambio de destino ni por qué los gastos parecen corresponder a lugares que mi amiga ha visitado.