Un desastre de mamá

Capítulo 12

Madison

La cena que había organizado Ricardo debía ser una velada agradable, una de esas noches en las que podíamos olvidarnos por unas horas de los preparativos de la boda y disfrutar de la compañía del otro, como hacíamos antes de que las fechas, los invitados y las decisiones sobre el futuro empezaran a convertirse en una fuente constante de discusiones. Sin embargo, desde que nos sentamos a la mesa, tuve la sensación de que él había llegado con un propósito muy distinto al de pasar tiempo conmigo, pues apenas habíamos terminado de ordenar la comida cuando comenzó a hablar de los compromisos que aún teníamos pendientes y de las personas que esperaban noticias sobre nuestra boda.

—Clara me llamó esta mañana para preguntarme si ya habíamos confirmado la fecha con el organizador —comentó mientras dejaba los cubiertos a un lado—. También me dijo que algunos de nuestros amigos están esperando las invitaciones para organizar sus viajes. Deberíamos resolverlo de una vez, Madison, porque no podemos seguir aplazando las decisiones cada vez que surge un inconveniente.

Levanté la mirada del plato y lo observé con atención, intentando comprender por qué parecía tan empeñado en cerrar todos los detalles cuando yo misma le había dicho que necesitaba un poco de tiempo. No era la primera vez que hablábamos del tema, pero en los últimos días cualquier conversación sobre el matrimonio terminaba convirtiéndose en una discusión, y comenzaba a cansarme de sentir que debía justificar cada una de mis decisiones para evitar que él se molestara.

—No he dicho que quiera cancelar la boda, Ricardo. Solo necesito que dejemos de actuar como si todo tuviera que hacerse de inmediato —respondí, procurando mantener la calma—. Se supone que este es un paso importante para los dos, así que no entiendo por qué parece que soy la única que debe adaptarse a una fecha que ni siquiera estoy segura de querer mantener.

Su expresión cambió ligeramente, aunque enseguida intentó disimularlo con una sonrisa que no consiguió tranquilizarme.

—Porque llevamos años juntos y sabemos lo que queremos. No comprendo por qué ahora te entran tantas dudas, precisamente cuando estamos a punto de casarnos. Tenemos una vida planeada, una casa, nuestras familias están al tanto y todos están felices por nosotros. ¿Qué más necesitas para estar segura?

La pregunta me molestó más de lo que habría querido admitir, no porque no tuviera una respuesta, sino porque llevaba días intentando encontrarla sin atreverme a reconocer que algo en nuestra relación había empezado a incomodarme. Había detalles que no encajaban, actitudes que antes pasaba por alto y una sensación persistente de que Ricardo estaba ocultándome algo; sin embargo, todavía no tenía pruebas suficientes para acusarlo de nada, y mucho menos para tomar una decisión que pudiera cambiar nuestras vidas.

—Necesito estar tranquila con lo que voy a hacer —le expliqué—. Si no me siento preparada, podemos posponer la boda. No se acaba el mundo porque nuestros amigos tengan que esperar un poco más o porque las familias deban modificar sus planes. No voy a casarme únicamente para cumplir con las expectativas de los demás.

Ricardo dejó los cubiertos sobre el plato con un golpe seco que hizo que algunas personas de las mesas cercanas volvieran la cabeza hacia nosotros. Su sonrisa había desaparecido y, cuando volvió a mirarme, la impaciencia que llevaba intentando ocultar durante toda la cena quedó expuesta en su rostro.

—A veces pienso que ya no quieres casarte conmigo y que simplemente no tienes el valor de decírmelo —soltó—. Si has cambiado de opinión, Madison, dímelo de una vez, en lugar de hacerme perder el tiempo con tantas excusas.

Me quedé mirándolo, sorprendida por la facilidad con la que había convertido una petición razonable en un ataque contra él. Una parte de mí quiso preguntarle por qué estaba tan desesperado por celebrar la boda cuanto antes, pero me contuve. No tenía sentido abrir otra discusión basándome únicamente en mis sospechas, aunque tampoco estaba dispuesta a permitir que me hiciera sentir culpable por necesitar tiempo para pensar.

—No pongas palabras en mi boca. Te he dicho que quiero estar segura de lo que estoy haciendo, y si no puedes respetar eso, el problema no es mío —contesté, dejando la servilleta junto al plato—. Una boda no debería ser una obligación que uno de los dos tenga que cumplir para que el otro deje de presionarlo.

—Perfecto. Entonces, cuando decidas lo que quieres, me avisas —replicó, apartando la silla—. Porque yo no voy a seguir organizando una boda con alguien que parece estar buscando cualquier motivo para retrasarla.

Se levantó antes de que pudiera responder y sacó la cartera para dejar el dinero de la cena sobre la mesa. Intenté detenerlo llamándolo por su nombre, más por la sorpresa que por el deseo de continuar discutiendo, pero él se limitó a mirarme con el ceño fruncido antes de darme la espalda y marcharse del restaurante, dejándome sola frente a una comida que había perdido cualquier atractivo.

Permanecí sentada durante unos minutos, observando la puerta por la que acababa de salir, hasta que la vergüenza de aquella escena comenzó a mezclarse con una irritación que no sabía muy bien contra quién dirigir. Me molestaba que hubiera reaccionado de esa manera, pero también me inquietaba reconocer que nuestras conversaciones se habían vuelto cada vez más tensas y que, últimamente, yo era quien encontraba razones para desconfiar, incluso cuando no podía explicar con claridad de dónde procedía aquella sensación.

Pagué lo que faltaba y salí del restaurante sin apresurarme, agradeciendo el aire fresco de la noche cuando llegué al automóvil. Durante el trayecto de regreso, repasé la discusión una y otra vez, preguntándome si había permitido que mis sospechas contaminaran una relación que hasta hacía poco consideraba una de las certezas más importantes de mi vida. Tal vez estaba demasiado cansada por el trabajo y los preparativos; tal vez había interpretado mal algunos detalles y estaba castigando a Ricardo por cosas que todavía no podía demostrar.




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