Un desastre de mamá

Capítulo 13

Madison

El trayecto hasta el apartamento de Ricardo no me tomó demasiado tiempo, aunque la inquietud que había intentado dejar atrás durante la cena volvió a instalarse en mi pecho a medida que me acercaba a su edificio. Cuando el portero me saludó desde su puesto, le devolví el gesto con una sonrisa distraída y continué hacia los ascensores, convencida de que una conversación tranquila bastaría para aclarar las cosas entre nosotros. No quería acostarme con aquella discusión pendiente, mucho menos permitir que una diferencia de opiniones terminara convirtiéndose en otra grieta dentro de nuestra relación.

Al llegar a la puerta, saqué la llave que todavía conservaba y abrí sin llamar. El apartamento estaba iluminado, pero no escuché a Ricardo en la sala ni en la cocina, así que supuse que se encontraba en su despacho, quizá trabajando o intentando calmarse después de lo ocurrido. Cerré con cuidado y avancé por el recibidor, dispuesta a buscarlo antes de que mi valor se desvaneciera y terminara regresando a casa sin haber hablado con él.

Fue entonces cuando escuché una voz femenina procedente del piso superior.

Me detuve casi por instinto, con la mano todavía apoyada en la barandilla. Al principio pensé que Ricardo habría recibido la visita de alguna compañera de trabajo, aunque aquella posibilidad perdió fuerza en cuanto reconocí la voz de Clara, que hablaba con una familiaridad que me resultó extraña en medio de la tranquilidad de aquel apartamento. No tenía motivos para escuchar una conversación privada, pero tampoco entendía por qué mi mejor amiga estaba allí a esas horas, especialmente después de haberme escrito esa misma tarde para preguntarme cómo iban los preparativos de la boda.

Subí unos cuantos escalones sin hacer ruido, intentando distinguir las palabras entre el murmullo de sus voces. Cuando llegué al pasillo, descubrí que la puerta del despacho estaba entreabierta y que la luz del interior se proyectaba sobre la alfombra. Me disponía a anunciar mi presencia cuando escuché a Ricardo hablar con un tono que nunca utilizaba conmigo.

—Esto se está saliendo de control, Clara. Madison está cambiando de opinión a cada momento y ahora quiere retrasar la boda. Si sigue así, todo nuestro plan se irá al demonio.

Sentí que los dedos se me enfriaban alrededor del bolso.

No comprendí de inmediato a qué se refería, pero sí reconocí la irritación de su voz, esa impaciencia que durante la cena había dirigido contra mí. Me acerqué un poco más a la puerta, todavía aferrada a la esperanza de que existiera una explicación razonable para aquellas palabras, aunque una parte de mí ya comenzaba a temer que no me gustaría lo que estaba a punto de descubrir.

—Debes mantener la calma —le respondió Clara—. Ponerte nervioso no va a solucionar nada. Llevamos demasiado tiempo preparando esto para echarlo a perder porque ella haya empezado a hacer preguntas.

Escuché el sonido de una botella al abrirse y después el tintineo de un vaso contra otro. Me asomé apenas lo suficiente para mirar hacia el interior y sentí que el mundo se detenía cuando vi a Ricardo sentado en uno de los sillones, mientras Clara se acercaba a él con una copa de licor. Ella llevaba un vestido que reconocí de inmediato porque se lo había visto en una fotografía reciente, y su expresión no tenía nada de la preocupación que habría esperado encontrar en una amiga que estuviera intentando ayudar a mi prometido a resolver un problema.

Clara le entregó la bebida y, en lugar de sentarse frente a él, se acomodó sobre sus piernas con una naturalidad que me hizo olvidar cómo respirar. Ricardo no intentó apartarla ni mostró la menor sorpresa por aquel gesto; dejó la copa sobre la mesa y deslizó una mano por su cintura mientras ella le acariciaba el rostro, acercándose hasta rozar sus labios.

Durante unos segundos, mi mente se negó a aceptar lo que estaba viendo. Busqué alguna explicación, una razón que pudiera convertir aquella escena en algo distinto de lo que parecía, pero entonces Clara lo besó y Ricardo respondió con una intensidad que no dejaba espacio para las dudas. No era un gesto accidental ni una confusión que pudiera aclararse con unas cuantas palabras: se besaban como dos personas que llevaban mucho tiempo ocultándose, completamente ajenos a la posibilidad de que alguien pudiera descubrirlos.

Tuve que cubrirme la boca para contener un sonido que amenazaba con escapar de mi garganta. Clara no era una mujer cualquiera, ni una conocida con la que Ricardo hubiera cometido un error impulsivo; era la persona a quien yo había confiado mis secretos, la que conocía mis temores y había estado presente en los momentos más importantes de mi vida. Le había abierto las puertas de mi casa, le había entregado mi confianza y la había considerado parte de la familia que nunca tuve.

Y ella estaba sentada sobre las piernas de mi prometido, besándolo como si yo no existiera.

Retrocedí un paso, sintiendo que las piernas apenas podían sostenerme, pero las palabras que llegaron desde el despacho me obligaron a quedarme inmóvil.

—¿Cuándo fue la última vez que le diste aquello que preparaste? —preguntó Clara, separándose de Ricardo para mirarlo a los ojos.

Él tomó la copa y bebió un trago antes de contestar, como si estuvieran hablando de una tarea cotidiana y no de algo que podía cambiar mi vida para siempre.

—Hace unos días. Pero está empeorando demasiado rápido y eso empieza a preocuparme. Se encuentra agotada todo el tiempo, se marea y ya se desmayó una vez. Si continúa así, va a terminar en el consultorio de algún médico que quiera hacerle pruebas, y no podemos arriesgarnos a que descubran algo antes de la boda.

Clara frunció el ceño, aunque no parecía sorprendida por lo que escuchaba.

—Entonces suspéndelo por ahora. Deja que se recupere un poco y hazle creer que solo está agotada por el trabajo y los preparativos. Cuando estéis casados, podrás volver a dárselo con más cuidado. Para entonces, nadie sospechará nada.




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