Un Error Estúpidamente Sensual

2 || Como si nada

Ramiro

El viaje en ómnibus se me hizo más largo de lo normal. Tenía los auriculares puestos y la mirada perdida en la ventana, intentando distraerme de mis propios pensamientos. Saqué el celular para avisarle a mi madre que estaba llegando y cambié la canción. Empezó a sonar drop dead, de Olivia Rodrigo, una de esas canciones que últimamente no podía dejar de escuchar.

Supongo que era porque me hacía pensar en Lautaro.

Nos conocíamos desde hacía tres años. Al principio hablábamos por cualquier excusa, hasta que los mensajes se convirtieron en conversaciones de horas y después llegaron nuestra primera cita, nuestro primer beso y todas esas promesas que yo creía que íbamos a cumplir. Había llegado a imaginarme una vida entera con él. Ahora ni siquiera sabía qué estaba pasando entre nosotros.

Cuando llegué a la casa de mis padres, mi madre abrió la puerta casi enseguida.

—¡Por fin llegaste! Pasá, que afuera hace un frío horrible —exclamó, haciéndose a un lado para dejarme entrar.

—Hola, ma —la saludé con un beso en la mejilla—. Tampoco hacía tanto frío.

Ella me miró de arriba abajo antes de acomodarme el cuello de la campera.

—Eso decís vos, que salís de casa como si todavía estuviéramos en verano. Tu padre está en el living, andá a saludarlo —me indicó con una sonrisa.

Lo encontré sentado en el sillón, mirando un partido de fútbol. Apenas me vio, bajó el volumen y se levantó para abrazarme.

—¿Todo bien, campeón? —preguntó, dándome una palmada en la espalda.

—Sí, un poco nervioso por el viaje, pero nada del otro mundo —contesté, devolviéndole el abrazo—. ¿Y ustedes?

—Lo mismo de siempre. Aunque tu madre lleva toda la semana hablando de los tres meses que vas a estar afuera —comentó con una sonrisa cómplice—. Creo que ya está pensando cómo sobrevivir sin vos.

—¡Te estoy escuchando! —gritó mi madre desde la cocina.

Mi padre levantó las manos, fingiendo inocencia, y yo solté una carcajada. Había cosas que nunca cambiaban en esa casa, y me gustaba que fuera así.

Poco después, mi madre nos llamó para almorzar. Había preparado sopa de pollo con fideos, mi favorita desde que era chico. Nos sentamos a la mesa y empezamos a hablar de cosas cotidianas, entre bromas de mi padre y quejas de mi madre porque siempre me olvidaba de algo.

—Vos nunca te acordás de nada cuando te conviene —se burló ella, señalándome con la cuchara.

—Eso no es verdad. Me acuerdo de un montón de cosas —protesté, llevándome una mano al pecho como si me hubiera ofendido.

Mi padre soltó una carcajada mientras mi madre arqueaba una ceja, claramente sin creerme. Terminé riéndome con ellos, hasta que ella cambió de tema y me miró con más atención.

—¿Y Lautaro? Hace días que no viene por acá. ¿Está todo bien con ustedes? —preguntó con cuidado, dejando la cuchara sobre el plato.

Se me hizo un nudo en el estómago. Bajé la mirada y empecé a mover la sopa con la cuchara.

—Más o menos. Últimamente está distante y casi no hablamos —admití, encogiéndome de hombros—. Intento hablar con él, pero nunca llegamos a nada.

Mi madre dejó de comer y acercó su mano a la mía.

—¿Pasó algo entre ustedes? —preguntó en voz baja, observándome con esa expresión que siempre ponía cuando sabía que me preocupaba algo.

—No sé. Capaz está ocupado con sus cosas —murmuré, sin convencerme ni a mí mismo.

Mi padre apoyó los cubiertos y se inclinó un poco hacia mí.

—Que quieras entender lo que está pasando no significa que estés haciendo un drama, Ramiro. Si algo te preocupa, tenés derecho a hablarlo —me aseguró con tranquilidad.

Me quedé callado. Quería contarles todo, pero todavía no estaba preparado para reconocer cuánto miedo me daba perder a Lautaro.

Mi madre empezó a hacerme pequeños círculos sobre los dedos, el gesto que siempre tenía cuando me notaba nervioso.

—No tenés que contarnos nada que no quieras, ¿sí? Pero tampoco tenés que guardarte todo vos solo —me recordó suavemente.

—Ya sé, ma. Gracias —respondí, apretándole la mano antes de volver a mi plato.

Ella me sonrió y no insistió más. Se lo agradecí, porque ni siquiera yo sabía cómo explicar lo que estaba sintiendo.

Por suerte, mi padre cambió de tema y empezó a preguntarme por Barcelona. Hablamos de los lugares que quería conocer y de las fotos que les iba a mandar. Mi madre insistió en que también tenía que llamarlos, mientras mi padre me recordó que no podía volver sin probar alguna comida típica.

—Les voy a mandar fotos y los voy a llamar. No me voy a olvidar de ustedes —les prometí, sonriendo al ver lo emocionados que estaban con el viaje.

—Más te vale —respondió mi madre, apuntándome con el dedo antes de levantarse para recoger los platos—. Quiero escuchar tu voz, no solamente ver fotografías.

Después de almorzar, la ayudé a lavar los platos. Mientras secaba uno, ella se quedó mirándome en silencio.

—Te voy a extrañar un montón —confesó, bajando la mirada hacia lo que tenía entre las manos.

—Yo también los voy a extrañar, ma. Pero son tres meses, no tres años —le recordé, intentando hacerla sonreír.

—Para mí es prácticamente lo mismo —respondió, llevándose una mano al pecho con dramatismo.

Me reí y la abracé. Antes de irme, me entregó un recipiente con galletitas caseras para el viaje y me acomodó el pelo, como si todavía fuera un nene.

—Cuidate mucho, ¿sí? Y acordate de que siempre podés volver a casa —me pidió, acariciándome la mejilla.

—Los voy a extrañar —admití, abrazándola un poco más fuerte.

Mi padre también se acercó y me dio una palmada en el hombro.

—Disfrutá del viaje, campeón. No todos los días tenés la oportunidad de cumplir un sueño —me dijo con una sonrisa.

Me despedí de los dos y salí de la casa. Ya había oscurecido y el frío se había vuelto más intenso. Mientras caminaba hacia mi apartamento, intenté convencerme de que todo iba a salir bien.




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