Un Escándalo Uniformado

Capítulo 1: El error que nadie vio venir

Valentina Rojas tenía un plan perfecto para aquel martes.

Primero, pasaría por la oficina de registro civil para corregir una letra mal escrita en su documento de identidad. Después, almorzaría con su mejor amiga, Camila, en esa cafetería donde servían unos pasteles de guayaba que merecían un monumento nacional. Y por la noche, por fin, vería su serie favorita sin interrupciones, con una manta, un tazón de palomitas y cero responsabilidades.

Era un plan sencillo. Humilde. Casi imposible de arruinar.

Treinta y siete minutos después de entrar al edificio, ya lo había arruinado todo el universo entero.

-Número cuarenta y ocho -anunció una voz aburrida desde una ventanilla.

Valentina miró el papelito arrugado que tenía en la mano. Cuarenta y nueve.

-Perfecto -murmuró-. Solo uno más.

Se sentó en una silla de plástico que parecía diseñada por alguien que odiaba la columna vertebral de la humanidad y esperó. A su izquierda, un señor dormía con la boca abierta. A su derecha, una señora tejía algo que podía ser una bufanda o un arma. Frente a ella, un reloj de pared avanzaba con una lentitud que rozaba lo ofensivo.

-Cuarenta y nueve.

Valentina saltó de la silla como si hubiera sonado una alarma de incendios.

-¡Soy yo! ¡Aquí! ¡Presente!

El empleado de la ventanilla, un hombre de unos cincuenta años con bigote gris y cara de no haber sonreído desde la década de los noventa, levantó la vista por encima de sus lentes.

-No hace falta gritar.

-Perdón. Es la emoción. Llevo casi una hora esperando.

-Todos llevamos casi una hora esperando, señorita.

-Ya, pero yo lo siento más.

El hombre suspiró, extendió la mano y tomó el formulario que ella le ofrecía.

-Nombre.

-Valentina Rojas Mendoza.

-¿Trámite?

-Corrección de apellido en mi documento. Pusieron «Rojaz» con zeta, y yo soy «Rojas» con ese, como la gente normal.

El empleado empezó a teclear con dos dedos, a un ritmo que habría hecho llorar a cualquier mecanógrafo. Valentina apoyó los codos en el mostrador, intentando parecer una persona paciente y no una que estaba a punto de ponerse a dar saltitos de desesperación.

-Rojas... Rojas... -murmuraba él-. Aquí hay varias.

-Soy la de la ese.

-Hay tres con ese.

-Soy la de Mendoza.

-Hay dos con Mendoza.

-Entonces soy la que vive en la calle de los Almendros, número doce.

El hombre dejó de teclear. La miró. Volvió a mirar la pantalla. Luego, con una expresión de profunda concentración, giró el monitor un par de centímetros hacia un lado, como si eso fuera a mejorar la información.

-Ah, aquí está. Valentina Rojas Mendoza. Calle de los Almendros, doce.

-¡Esa soy yo!

-Perfecto. Firme aquí, aquí y aquí.

Valentina firmó tres veces sin leer ni una sola palabra. Ese fue su primer error.

El segundo fue sonreír con alivio y decir:

-¿Y ya está todo corregido?

-Todo -respondió el empleado, estampando un sello con una fuerza innecesaria-. Que tenga un excelente día.

Ella salió de la oficina flotando. Una hora de espera, un papel firmado, y el problema de la zeta quedaba resuelto. Si eso no era la eficiencia burocrática del siglo, no sabía qué lo era.

No tenía idea de que, en algún lugar del sistema, un archivo con un nombre muy parecido al suyo acababa de fusionarse con el suyo de la peor manera posible.

---

La primera señal de que algo andaba mal llegó cuarenta y ocho horas después.

Valentina estaba en pijama, con una taza de café en una mano y el cepillo de dientes en la boca, cuando alguien tocó el timbre con una insistencia casi militar.

Abrió la puerta sin pensar demasiado.

Dos hombres con uniforme verde oliva estaban parados en el pasillo del edificio, firmes como dos estatuas muy serias. Uno llevaba una carpeta bajo el brazo. El otro tenía una expresión tan rígida que parecía que alguien le hubiera planchado la cara.

-¿Valentina Rojas Mendoza? -preguntó el de la carpeta.

Ella sacó el cepillo de la boca.

-Depende. ¿Debo dinero?

-Soy el sargento Ibáñez, del Departamento de Reclutamiento y Registro. Venimos a escoltarla hasta la Academia Militar Nacional.

Hubo un silencio largo.

Valentina parpadeó una vez. Luego dos.

-¿Perdón?

-Su orden de incorporación entró en vigor esta mañana, señorita. Tiene una hora para preparar su equipaje reglamentario.

-Mi... ¿qué?

-Orden de incorporación.

-¿A qué?

-A la milicia.

Valentina soltó una risa corta, de esas que se escapan cuando el cerebro decide que la situación es demasiado absurda para tomarla en serio.

-Muy bueno. ¿Esto es una broma? ¿Camila le pagó? Porque si es una broma de Camila, le aviso que todavía no me ha devuelto el cargador del celular.

El sargento no sonrió. El otro soldado tampoco. Ni siquiera parpadearon.

-No es una broma, señorita.

-Debe de haber un error.

-El sistema no comete errores.

-El sistema acaba de cometer uno, porque yo no me he enlistado en ninguna parte.

El sargento abrió la carpeta, sacó una hoja con tres sellos rojos y se la entregó con solemnidad. Valentina la tomó y leyó:

*Recluta Valentina Rojas Mendoza. Número de registro 4471-B. Incorporación inmediata. Academia Militar Nacional, Batallón de Instrucción Básica.*

Abajo, con una letra elegante, estaba su firma.

Tres firmas, en realidad. Las tres que había estampado sin leer en aquella oficina.

-Ay, no -susurró.

-¿Dijo algo, señorita?

-Que no, que no, que no, que no puede ser.

-Tiene una hora, señorita -repitió el sargento Ibáñez, mirando su reloj-. Cincuenta y ocho minutos, para ser exactos.

Valentina cerró la puerta en sus caras.

Contó hasta diez. Abrió de nuevo.

Seguían ahí.

-Vale, escuchen -dijo, con la voz más tranquila y razonable que pudo fabricar-. Yo trabajo como diseñadora gráfica. Mi mayor hazaña física del año fue correr tras el autobús, y lo perdí. Si me mandan a una academia militar, voy a ser un desastre.




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