Un Escándalo Uniformado

Capítulo 2: Las cinco en punto (o casi)

La corneta sonó a las cuatro y media de la mañana, y Valentina juró que era el sonido más cruel jamás inventado por la humanidad.

-Cinco minutos más -murmuró contra la almohada.

-No hay cinco minutos más -respondió Lucía desde abajo, ya vestida, con las botas atadas y el cabello perfectamente trenzado-. Hay cuatro minutos y medio para estar en formación o para empezar a escribir tu testamento.

-¿Quién se levanta tan temprano voluntariamente?

-Nadie. Por eso lo llaman disciplina.

Valentina abrió un ojo. La habitación seguía en penumbra, pero a su alrededor las reclutas se movían como una colonia de hormigas muy bien entrenada: sábanas dobladas, camas tendidas, botas lustradas. Todo ocurría en un silencio casi ceremonial.

Ella, en cambio, tenía el pelo como un nido de pájaros, una marca de almohada en la mejilla y un único calcetín puesto.

-¿Dónde está el otro? -susurró, rebuscando entre las mantas.

-Lo tienes en la mano.

-Ah. Sí.

Se vistió en un tiempo récord... para su historial personal, que era más bien un desastre. Se puso el uniforme, comprobó que los botones estuvieran más o menos alineados y bajó de la litera con tanta gracia que pisó la mano de una compañera.

-¡Perdón! ¡Perdón! ¡Lo siento muchísimo!

-No pasa nada -gruñó la chica, sacudiendo los dedos.

-Sí pasa. Me siento fatal. Si quieres, te puedo comprar un helado.

-Estamos en una base militar.

-Entonces, un helado imaginario.

Lucía la agarró del brazo y la arrastró hacia la puerta antes de que pudiera disculparse con el resto del dormitorio.

-Vamos, leyenda. Faltan tres minutos.

---

El patio principal de la academia parecía otro lugar a esa hora. Una neblina fina flotaba a ras del suelo, las luces de los focos dibujaban círculos amarillos sobre el cemento y el aire frío le cortaba las mejillas como si alguien le estuviera dando bofetadas con guantes de hielo.

Un centenar de reclutas ya estaba formado en filas perfectas, inmóviles, con la mirada fija al frente.

Valentina y Lucía corrieron hasta la última fila y se colocaron en su sitio, jadeando.

-Llegamos -susurró Valentina, triunfal-. A tiempo.

Se oyó el sonido de unas botas golpeando el suelo con un ritmo seco y exacto.

Todas las reclutas se pusieron más rectas, si es que eso era posible.

El general Adrián Ferrer apareció desde la neblina como una aparición de pesadilla, con el uniforme impecable, las manos a la espalda y esa expresión de piedra que no parecía admitir ni el más mínimo error. A su lado caminaba el sargento Ibáñez, con una libreta en la mano y cara de haber dormido muy poco.

Se detuvieron frente a la formación.

-Buenos días -dijo Adrián.

-¡Buenos días, mi general! -respondió el batallón al unísono.

Valentina, que se había perdido el momento exacto de la orden, respondió medio segundo tarde y con una voz tan aguda que sonó como un chillido de pollito.

-¡Buenos días, mi general!

Cien cabezas se giraron ligeramente hacia ella.

Adrián no se movió. Solo sus ojos grises se desplazaron, despacio, hasta encontrarla al fondo de la formación.

-Recluta Rojas.

-¿Sí, mi general?

-Dé un paso al frente.

-¿Yo?

-¿Conoce a otra Rojas en esta formación?

-Podría haber una.

-No la hay.

-Entonces, sí, soy yo.

Valentina dio un paso al frente. Y como no había calculado bien, dio también un segundo paso, luego un tercero, y terminó plantada a medio metro de la primera fila, en un territorio que definitivamente no le correspondía.

-Retroceda.

-Perdón.

-Un paso.

-Ya.

-Uno solo, recluta.

Valentina retrocedió demasiado y chocó con la compañera que tenía detrás, que soltó un gemido de dolor.

-¡Perdón! ¡Otra vez! ¡Perdón!

Un murmullo de risas contenidas recorrió la formación. El general levantó una mano y todo cesó al instante.

-Veo que ya conoce el patio, recluta.

-Es un patio muy bonito.

-No lo es.

-Tiene... potencial.

-Recluta Rojas -dijo Adrián, y en su voz había algo muy parecido al agotamiento-, usted lleva menos de un día en esta academia y ya ha conseguido pisar a una compañera, romper la formación y responder tarde a un saludo reglamentario.

-Me lo perdí un poco, porque no sabía que había que saludar.

-Se saluda todos los días.

-Es que ayer no estaba.

-Ayer no estaba la formación. Hoy sí.

-Qué lógica tan implacable, mi general.

Lucía, a su lado, se mordió el labio con tanta fuerza que le tembló todo el cuerpo.

-Sargento Ibáñez -ordenó Adrián.

-¡A sus órdenes!

-Anote: recluta Rojas, primera amonestación del día.

-¿La primera? -protestó Valentina-. ¿Habrá más?

-Con usted, es una posibilidad muy real.

El general recorrió con la mirada al resto de la formación.

-Hoy comenzaremos con el circuito básico de entrenamiento. Tres kilómetros de carrera, seguidos del campo de obstáculos y, para terminar, la prueba de orientación. Los grupos serán asignados por el sargento. Quiero rapidez, precisión y disciplina. -Hizo una pausa, y sus ojos volvieron a clavarse en Valentina-. Y, recluta Rojas, quiero que usted vaya a mi lado.

Un silencio de funeral cubrió el patio.

-¿A su lado? -repitió ella.

-Voy a supervisarla personalmente.

-Ay, qué honor.

-No es un honor. Es una precaución.

---

El circuito de carrera empezaba en la puerta norte y daba una vuelta enorme alrededor de toda la base, entre pinos, colinas y un sendero de tierra que parecía diseñado para destrozar tobillos.

Valentina había calculado que correría unos doscientos metros antes de tener que detenerse a respirar.

Se equivocó. Fueron ciento cincuenta.

-Mi... general... -jadeó, doblada sobre sí misma, con las manos en las rodillas-. Creo... que me estoy muriendo.

Adrián corría a su lado, con un ritmo constante y sin una gota de sudor. Ni siquiera parecía cansado. Parecía, más bien, aburrido.




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