Un Escándalo Uniformado

Capítulo 3: El castigo de las nueve

A las ocho y cincuenta y ocho de la noche, Valentina Rojas Mendoza estaba de pie frente a la puerta del despacho del general Ferrer, con el uniforme todavía húmedo de la ducha, el pelo recogido en una coleta torcida y la sensación de que caminaba hacia su propia ejecución.

-Respira -se dijo en voz baja-. Eres una mujer adulta. Tienes un título universitario. Sabes usar tres programas de diseño. Puedes con un general.

Se oyó un ruido al otro lado de la puerta, como de papeles al moverse.

-No puedes con un general -rectificó-. Pero puedes fingir que sí.

Llamó con tres golpecitos tímidos.

-Adelante.

Entró. El despacho estaba iluminado por una lámpara de escritorio que dibujaba un círculo cálido sobre la madera oscura. Fuera, la noche se había cerrado por completo, y los ventanales mostraban las luces lejanas de la base, pequeñas y amarillas, como luciérnagas dormidas.

El general Adrián Ferrer estaba sentado tras el escritorio, con las mangas de la camisa remangadas hasta los codos y una pila de documentos frente a él. Se había cambiado el uniforme manchado de barro por otro limpio, y tenía el pelo ligeramente revuelto, como si se hubiera pasado la mano por él varias veces en las últimas horas.

Valentina notó el detalle y se regañó mentalmente por notarlo.

-Recluta Rojas, presente -dijo, haciendo un saludo militar tan torpe que casi se saca un ojo con la mano.

-Falta un minuto.

-¿Para qué?

-Para las nueve.

-Entonces llego a tiempo.

-Llega temprano, lo cual es sospechoso.

-¿Perdón?

-Usted nunca llega a tiempo, recluta. Llegar temprano me hace pensar que pretende algo.

-Pretendo sobrevivir, mi general.

Adrián levantó la vista de los papeles. Por un instante, la miró con una expresión que ella no supo interpretar, y luego volvió a bajar la mirada con una frialdad casi teatral.

-Siéntese.

-¿Aquí?

-En la silla frente al escritorio.

Valentina obedeció, sentándose en el borde, con la espalda recta como una vara y las manos sobre las rodillas. Hubo un silencio incómodo, interrumpido solo por el tictac del reloj de pared y el rasgueo de una pluma sobre el papel.

-Mi general -se atrevió a decir al fin.

-No.

-Aún no he dicho nada.

-Iba a pedirme que el castigo fuera leve.

-Iba a preguntarle si tenía hambre.

Adrián dejó de escribir.

-¿Cómo dice?

-Es que no he cenado. Con tanto lío del día, me quedé sin cena. Y como usted también se ve cansado, pensé que quizá podríamos...

-Recluta Rojas.

-¿Sí?

-No es una cita.

Valentina abrió la boca, la cerró y sintió que las mejillas le ardían como dos hornillos.

-¡Yo no he dicho que fuera una cita!

-Ha dicho «cenar».

-Es una palabra muy común.

-Es una palabra muy sospechosa en este contexto.

-¡Mi general, usted es el hombre más desconfiado que he conocido en toda mi vida!

-Y usted, la persona más desastrosa.

-Eso es muy duro.

-Es objetivo.

Se miraron un segundo más de lo necesario. Adrián fue el primero en apartar la vista. Se levantó de la silla, caminó hasta una puerta lateral que ella no había notado antes y la abrió con una llave que sacó del bolsillo.

-Venga conmigo.

---

La sala que había al otro lado era un archivo.

Un archivo enorme, de techo alto, con estanterías metálicas que llegaban hasta arriba y se extendían en filas interminables, cargadas de carpetas, cajas, libros de registro y papeles amarillentos. El aire olía a polvo, a tinta vieja y a tiempo detenido. Una única bombilla colgaba del techo, parpadeando de vez en cuando como si estuviera pensando en rendirse.

Valentina se quedó en el umbral con los ojos muy abiertos.

-Esto es... muy grande.

-Es el archivo histórico de la academia. Contiene documentos desde hace más de cien años.

-¿Y qué tengo que hacer aquí?

Adrián señaló con el mentón una mesa de trabajo, al fondo, donde había varias cajas abiertas, un montón de etiquetas en blanco y un cubo con trapos.

-Reorganizar. Hace años que nadie cataloga estos papeles. Habrá que ordenarlos por fecha, etiquetarlos y devolverlos a su estantería.

-¿Todos?

-Los de esas cinco cajas, para empezar.

-¿Y cuánto tiempo llevaría?

-Si trabaja con eficiencia, unas cuatro horas.

-¡Son las nueve de la noche!

-Entonces terminará a la una de la madrugada.

-¿Y mañana a las cinco tengo que estar en formación?

-Correcto.

-Pero, mi general, eso es inhumano.

-Eso es disciplina.

-Eso es crueldad con buena presentación.

Adrián no respondió. Caminó hasta la mesa, tomó un guante blanco de una caja, se lo puso con cuidado y le ofreció otro a Valentina.

-Los documentos antiguos no se tocan con las manos desnudas. El sudor puede dañar el papel.

Valentina aceptó el guante, sorprendida por el tono. Ya no era frío, sino casi pedagógico, como el de un profesor que habla de algo que de verdad le importa.

-Le gusta esto -dijo ella.

-¿Qué?

-La historia. Los papeles viejos. Se le nota.

-No sea absurda.

-Lo digo en serio. Se le ha suavizado la voz.

-Mi voz no se suaviza.

-Acaba de hacerlo.

-Rojas.

-¿Sí?

-Póngase los guantes.

Ella obedeció, reprimiendo una sonrisa.

-Y una cosa más -añadió Adrián, retrocediendo un paso-. Yo estaré en el despacho, trabajando. Si necesita algo, llame. Pero no toque nada que no esté en esas cajas. Esta sala contiene información delicada.

-Entendido.

-¿De verdad?

-Claro. ¿Quién cree que soy?

El general la miró de arriba abajo.

-Prefiero no responder a esa pregunta.

Se dio la vuelta y salió, dejando la puerta entreabierta. Valentina se quedó sola con las cinco cajas, el parpadeo de la bombilla y el silencio inmenso del archivo.

-Muy bien -dijo, arremangándose-. Vamos allá.




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