Un Escándalo Uniformado

Capítulo 4: Puntería no es lo mismo que buenas intenciones

Hay madrugadas que se arrastran, madrugadas que se pelean y madrugadas que simplemente no deberían existir. La de aquel viernes pertenecía a la tercera categoría.

Valentina llegó a la formación con tres minutos de retraso, un botón de la chaqueta abrochado en el ojal equivocado y unas ojeras tan profundas que Lucía, al verla, le tendió su propio corrector de maquillaje con expresión de lástima.

-No tengo permitido usar maquillaje -susurró Valentina.

-Tampoco tienes permitido parecer un oso panda. Tú decides cuál infracción es peor.

-Ninguna es peor que dormir cuatro horas.

-Cinco.

-Cuatro y media, y media de esas la pasé mirando el techo.

La formación ya estaba completa cuando se coló en la última fila, con la esperanza de que nadie notara su llegada. Fue una esperanza breve. El general Ferrer, que recorría la línea con las manos a la espalda, se detuvo exactamente a dos pasos de ella.

Valentina contuvo la respiración.

Adrián la miró desde arriba, con esa mirada de acero que parecía calcular el peso de cada falta. Sus ojos recorrieron la chaqueta mal abrochada, el cabello rebelde, las botas todavía con restos de barro del día anterior. Y entonces, durante una fracción de segundo que nadie más percibió, su expresión cambió.

No fue una sonrisa. Fue algo más contenido: la sombra de una arruga junto a la comisura del labio, como quien se traga una frase antes de pronunciarla.

-Recluta Rojas.

-¿Sí, mi general?

-Su chaqueta.

Ella bajó la vista. Con horror, descubrió el botón desalineado.

-Ah. Eso.

-Arréglelo.

-Ahora mismo.

-Sin que se note.

-Ya, ya.

Lo intentó con tanta prisa que se le enredaron los dedos, soltó dos botones más y terminó con la chaqueta abierta como una capa de superhéroe barato. Detrás de ella, alguien reprimió una carcajada con un golpe de tos.

Adrián cerró los ojos un momento, como si rezara por paciencia, y luego dio media vuelta.

-Sargento Ibáñez -dijo, avanzando hacia el frente-. Informe de actividades.

-¡Hoy toca práctica de tiro, mi general!

Un murmullo de emoción recorrió la formación. Valentina, que todavía peleaba con sus botones, levantó la cabeza de golpe.

-¿Práctica de qué?

-De tiro -repitió Lucía, a su lado, con los ojos brillantes-. Armas. Dianas. Cosas que hacen ruido.

-¿Con armas de verdad?

-Con armas de entrenamiento. Pero tampoco hay que subestimarlas.

-Lucía, yo una vez rompí una pistola de agua intentando recargarla.

-Entonces va a ser un día interesante.

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El campo de tiro estaba en el extremo este de la base, detrás de una colina cubierta de pinos. Era una explanada larga y estrecha, con una hilera de casetas numeradas, una pared de contención de tierra al fondo y una fila de dianas de papel, cada una con su silueta circular y sus anillos concéntricos.

El aire olía a pólvora vieja y a hierba mojada.

Los reclutas se distribuyeron en turnos de ocho. A Valentina le tocó el segundo grupo, junto a Lucía y seis compañeros que, a diferencia de ella, parecían saber exactamente lo que hacían.

-Escuchen con atención -dijo el sargento Ibáñez, alzando la voz-. Antes de tocar un arma, aprenderán las reglas de seguridad. Si una sola persona las rompe, el grupo entero se va a limpiar letrinas durante una semana.

-Qué amenaza tan específica -murmuró Valentina.

-Regla número uno: toda arma se trata como si estuviera cargada.

-Regla número dos: nunca apunten a nada que no estén dispuestos a destruir.

-Regla número tres: el dedo fuera del gatillo hasta el momento exacto del disparo.

Valentina asentía con tanta seriedad que parecía estar memorizando un pacto sagrado.

-¿Y si me pica la nariz? -preguntó.

-¿Cómo dice?

-Es que, si tengo el arma en una mano y me pica la nariz, ¿puedo usar la otra mano?

-Por supuesto.

-¿Y si me pica la nariz y tengo las dos manos ocupadas?

-Se aguanta.

-Qué cruel.

-Es la disciplina, recluta.

-Es un abuso, sargento.

Ibáñez la miró durante un largo segundo, respiró hondo y decidió ignorarla por completo.

-Los instructores supervisarán a cada tirador. Hoy, además, contaremos con la presencia del general Ferrer, que observará personalmente el desempeño del batallón.

Valentina sintió un pequeño vuelco en el estómago, que atribuyó al hambre.

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El general llegó a media mañana.

Lo vio venir desde lejos, caminando entre los pinos con paso firme, con gafas oscuras que le daban un aire todavía más inalcanzable. Los reclutas se cuadraron al unísono. Adrián los recorrió con la mirada, asintió con un gesto casi imperceptible y se colocó junto a la caseta de supervisión, con los brazos cruzados.

No volvió a mirar a Valentina ni una sola vez.

Y eso, por razones que ella se negó a analizar, la irritó muchísimo.

Qué descortés, pensó. Primero me deja la cena y ahora me trata como a una silla.

-Rojas -dijo Ibáñez-, su turno.

-¿Ya?

-Ya.

Valentina caminó hasta la caseta número cuatro como quien camina hacia el cadalso. El arma de entrenamiento descansaba sobre un soporte de madera, negra, brillante y notablemente más pesada de lo que parecía. Ibáñez le colocó unos protectores de oídos y unas gafas de seguridad que le quedaban enormes.

-Sujétela con las dos manos -indicó-. Pies separados. Rodillas ligeramente flexionadas.

-¿Así?

-Más abajo.

-¿Así?

-No tanto, parece que va a sentarse.

-Es que me pesan los brazos.

-Es normal. Afloje los hombros.

-¿Cuáles?

-Los dos.

-¿Y si aflojo los hombros y se me cae el arma?

-Entonces haré que limpie las letrinas.

-Usted y las letrinas tienen una relación muy intensa.

-Apunte, recluta.

Valentina cerró un ojo, enfocó la diana con el otro y sintió el peso frío del metal entre las manos. El corazón le latía a mil por hora. Todo el campo de tiro parecía haberse quedado en silencio, o quizá eran solo los protectores que amortiguaban el mundo.




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