Un Escándalo Uniformado

Capítulo 6: Cómo atar a un general a una recluta

Si hubo un momento en que Valentina sospechó que el universo se divertía a su costa, fue el sábado a las siete de la mañana, cuando el sargento Ibáñez subió a una tarima improvisada en el patio con un megáfono en una mano y una hoja plastificada en la otra.

-¡Reclutas, atención! -bramó-. ¡Hoy es la Jornada Anual de Convivencia de la Academia Militar Nacional!

Un murmullo de alegría recorrió la formación. Valentina, que dormía de pie con los ojos entreabiertos, se espabiló de golpe.

-¿Convivencia? -susurró a Lucía-. ¿Eso es bueno?

-Es lo mejor del año.

-¿Qué hacemos?

-Juegos, competiciones, comida decente y, con suerte, ninguna orden gritada.

-¿Y por qué suena tan sospechosamente bonito?

-Porque tiene truco.

-¿Qué truco?

-Los oficiales participan.

Valentina se giró hacia ella con lentitud.

-¿Todos?

-Todos. Hasta el comandante.

-¿El general Ferrer? ¿Jugando?

-Por tradición, no puede negarse. Es el reglamento.

-Pero si ese hombre no sabe lo que es divertirse.

-Por eso es tan emocionante.

El sargento golpeó el megáfono con el dedo para pedir silencio.

-Los equipos se formarán por sorteo. Seis integrantes por grupo: cuatro reclutas, un suboficial y un oficial al mando. Cada equipo competirá en cinco pruebas. El que acumule más puntos ganará un premio especial.

-¿Qué premio? -gritó alguien desde el fondo.

-¡Una cena de campaña con postre!

Se oyó un rugido de entusiasmo tan sincero que algunos pájaros salieron volando de los árboles. Valentina, que llevaba cuatro días a base de lentejas, sintió que su alma abandonaba el cuerpo.

-Postre -susurró con reverencia-. Alguien ha dicho postre.

-Contrólate -murmuró Lucía.

-Soy capaz de cualquier cosa por un postre.

-Eso es lo que me asusta.

---

El sorteo se hizo con un casco militar lleno de papelitos doblados. Uno a uno, los reclutas fueron sacando un número, y Ibáñez los iba anotando con una pluma que parecía haber conocido tiempos mejores.

Valentina metió la mano y sacó un papel con un número tres.

-Equipo tres -leyó el sargento-. Recluta Rojas.

-Presente.

-Recluta Lucía Montenegro.

-¡Aquí! -Lucía le dio un codazo de alegría-. ¡Estamos juntas!

-Recluta Daniel Soto. Recluta Irene Paz.

Dos compañeros se acercaron: un chico alto y callado que sonreía con timidez, y una chica menuda de ojos enormes que parecía vibrar de energía.

-Suboficial: cabo Sepúlveda.

El cabo del bigote espeso apareció desde la fila de atrás, con cara de haber sido arrastrado a aquello contra su voluntad.

-Y oficial al mando... -Ibáñez bajó la vista a la hoja, y de pronto pareció arrepentirse de haber nacido-. General Adrián Ferrer.

Se hizo un silencio sepulcral.

Valentina sintió que la sangre le abandonaba la cara.

-No -susurró.

-Sí -respondió Lucía, con una sonrisa digna de una hiena.

-No puede ser.

-Es el destino.

-El destino y yo tenemos asuntos pendientes.

-Y mira qué bien ha ido hasta ahora.

El general, que había permanecido de pie al borde de la tarima con los brazos cruzados, avanzó con paso firme hasta el centro del patio. Todos los reclutas se apartaron a su paso como el mar ante Moisés.

Se detuvo frente al equipo tres. Los miró uno a uno, con esa expresión impasible que parecía tallada en granito. Cuando llegó a Valentina, sus ojos se detuvieron medio segundo de más.

-Reclutas -dijo con voz grave-, supongo que saben que no tengo ninguna intención de perder.

-Mi general -respondió Daniel, con un hilo de voz-, es un juego.

-Todo es un juego hasta que se pierde.

-Qué filosofía tan inspiradora -murmuró Valentina, tan bajito que solo Lucía la oyó.

-¿Decía algo, Rojas?

-Que estoy encantada de formar parte de su equipo, mi general.

-No tiene que mentir.

-No miento. Estoy encantada. Muy encantada. Extremadamente encantada.

-Su expresión es de pánico.

-Es mi expresión de alegría.

Adrián la observó con las cejas levemente alzadas. Luego, con un suspiro casi inaudible, dio media vuelta.

-A las ocho comienza la primera prueba. Quiero a mi equipo listo en cinco minutos.

---

La primera prueba fue la carrera de sacos.

No era una prueba complicada: cada integrante debía meterse dentro de un saco de arpillera y avanzar a saltos hasta la línea de meta, a veinte metros de distancia. Pero en manos de Valentina cualquier cosa sencilla tenía la capacidad de transformarse en una catástrofe.

-Tres, dos, uno... ¡ya!

Salió disparada con tanto entusiasmo que perdió el equilibrio al segundo salto, cayó de lado, rodó por la hierba como un tronco humano y acabó chocando contra las piernas de un recluta del equipo contrario, que cayó encima de ella.

-¡Perdón! ¡Perdón!

-¡Quítate de encima!

-¡No puedo! ¡Estoy dentro del saco!

-¡Pues sal!

-¡Estoy intentando salir!

El público del patio, formado por más de doscientas personas, lloraba de risa. Incluso el cabo Sepúlveda, que hasta entonces no había mostrado más emoción que un cactus, tuvo que girarse para ocultar un temblor sospechoso de hombros.

Lucía llegó primera a la meta, Daniel y Irene la siguieron de cerca, y Valentina finalizó última, arrastrándose con la dignidad que le quedaba. Cuando por fin cruzó la línea, se dejó caer boca arriba, jadeando.

-Esto es lo peor que me ha pasado en la vida.

-Te quedan cuatro pruebas más -dijo Lucía.

-Voy a matarte.

-Estoy encantada con tu entusiasmo.

Una sombra le tapó el sol.

-Rojas -dijo el general-. ¿Piensa pasar el día ahí tumbada?

-Estaba considerando seriamente esa opción.

-Levántese.

-No me quedan fuerzas.

-Eso no es verdad.

-Mi general, he perdido a mi equipo.

-No lo ha perdido. Ha llegado última.

-Es lo mismo.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.