Un Escándalo Uniformado

Capítulo 7: Paso firme, corazón desordenado

El lunes amaneció con una noticia que se extendió por la base más rápido que un resfriado en invierno.

-¡Reclutas, atención! -gritó el sargento Ibáñez desde la tarima del patio, con una carpeta bajo el brazo y una expresión que anunciaba tragedia-. ¡Dentro de tres semanas se celebra el aniversario de la Academia Militar Nacional!

Un murmullo de emoción recorrió las filas. Valentina, en la última fila, sintió que se le erizaba el vello de la nuca.

-¿Aniversario? -susurró.

-Es el evento más importante del año -respondió Lucía, vibrando de entusiasmo-. Desfile, ceremonia, discursos, autoridades, familiares... y la bandera.

-¿Qué bandera?

-La de ciento veinte años. Esa que casi tiras al suelo.

Valentina cerró los ojos con dolor.

-Gracias por recordármelo.

-Es mi misión en la vida.

-Durante las próximas tres semanas -continuó Ibáñez- se realizarán ensayos diarios del desfile. Cada batallón debe marchar con precisión absoluta. Nada de errores. Nada de pasos fuera de ritmo. Nada de improvisaciones.

Todos los reclutas, sin excepción, giraron la cabeza hacia Valentina.

-¿Qué? -protestó ella-. ¡No he dicho nada!

-Nadie ha dicho nada -respondió Ibáñez, con una dulzura inquietante-. Solo me aseguro de que el mensaje esté claro.

-Soy una persona muy disciplinada.

-Usted, Rojas, es un fenómeno meteorológico.

-Eso ha sido muy ofensivo.

-Y muy preciso.

-Sargento -intervino una voz grave a sus espaldas.

Todos se cuadraron al instante. El general Ferrer acababa de aparecer, con el uniforme impecable, las manos a la espalda y esa expresión de piedra que no había cambiado ni una arruga desde la noche de la fiesta.

Valentina se esforzó por mirar un punto fijo en el horizonte.

-Informe sobre la distribución de los ensayos.

-Los batallones ensayarán por turnos, mi general. El batallón de Instrucción Básica comenzará hoy a las nueve.

-Perfecto. -Sus ojos recorrieron la formación y, durante un instante muy breve, se detuvieron sobre ella-. Yo supervisaré personalmente.

Una oleada de gemidos ahogados recorrió las filas.

-Qué honor -murmuró Valentina.

-Qué sentencia -murmuró Lucía.

---

A las nueve en punto, el batallón estaba alineado en el campo de desfile: una explanada inmensa, cubierta de gravilla blanca, con una tribuna de madera pintada de verde y banderines colgando de postes a ambos lados.

Hacía sol. El aire olía a polvo caliente y a cuero engrasado. Cientos de botas golpeaban la grava al mismo tiempo cuando el sargento dio la primera orden:

-¡Batallón! ¡Firmes!

Todos se cuadraron. Valentina también, aunque con una fracción de segundo de retraso.

-¡Al frente... ya!

Cien pies se alzaron con la misma precisión. Y uno, el de Valentina, se alzó cuando todos los demás ya estaban bajándolos.

-Izquierda, derecha, izquierda, derecha...

Valentina se concentró con la determinación de quien resuelve una ecuación imposible. Izquierda. Derecha. Izquierda. Derecha. Todo iba bien hasta que, por pura inercia, balanceó el brazo derecho al mismo tiempo que la pierna derecha, convirtiéndose en una especie de pato disfrazado.

-¡Rojas! -ladró Ibáñez-. ¡Brazo contrario!

-¡Eso hago!

-¡Contrario a la pierna!

-¡Eso hago!

-¡No lo hace!

-¡Es que me estoy esforzando mucho!

-¡Se nota!

-¡Y eso también es culpa mía!

-¡Silencio en las filas!

Un murmullo de risas recorrió el campo. Lucía, a su lado, se mordió el labio con tanta fuerza que le tembló la barbilla.

-Estás haciendo un pato -susurró.

-¡No me ayudas!

-Intento no reírme.

-Fracasas estrepitosamente.

-Un poco.

Adrián, de pie en la tribuna, observaba toda la escena con los brazos cruzados y un gesto indescifrable. A medida que pasaban los minutos, su ceño se fruncía más y más, como si estuviera librando una batalla interna entre el deber y una sensación muy distinta.

-¡Alto! -gritó por fin.

Todo el batallón se detuvo en seco. Un silencio expectante cayó sobre el campo.

-Recluta Rojas.

-¿Sí, mi general?

-Salga de la formación.

-¿Voy a ser expulsada?

-No.

-¿Voy a ser fusilada?

-Tampoco.

-¿Entonces?

-Voy a enseñarle a marchar.

Valentina parpadeó dos veces.

-¿Usted? ¿Personalmente?

-¿Hay alguna objeción?

-Ninguna, mi general.

-Eso me parecía.

Cuando salió de la formación y caminó hacia el centro del campo, Valentina sintió que doscientos ojos le perforaban la espalda. Lucía, desde la fila, le hizo un gesto de «buena suerte» con la mano, acompañado de una sonrisa que decía exactamente lo contrario.

-Sargento Ibáñez -ordenó Adrián-. Continúe con el resto del batallón.

-¡A sus órdenes!

-Rojas, venga conmigo.

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El general la condujo hasta un rincón apartado del campo, junto a un muro bajo cubierto de enredaderas. Allí el ruido de las botas llegaba amortiguado y el sol dibujaba un rectángulo dorado sobre la grava.

-Colóquese aquí -dijo, señalando un punto-. De pie, firmes.

Valentina obedeció, con la barbilla alta y los hombros tensos.

-Demasiado rígida.

-Es lo que me ha pedido.

-Firmes no es rígida.

-Entonces, ¿cómo es?

-Natural.

-¿Natural? -Valentina alzó las cejas-. Mi general, estoy en medio de un campo de desfile, rodeada de gravilla, siendo observada por medio batallón. ¿Qué es lo natural aquí?

-Respire.

-Ya respiro.

-Pero mal.

-¿Se puede respirar mal?

-Usted puede.

-Qué bonito es sentirse apoyada.

Adrián reprimió algo que parecía una sonrisa y rodeó a la recluta, examinándola con ojo crítico, como un escultor estudiando una pieza de mármol demasiado complicada.

-Tiene el hombro izquierdo más alto que el derecho.

-Es de nacimiento.

-No lo creo.




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