-Esto tiene que ser una broma.
Valentina contempló la lista pegada en el tablón del comedor con las manos en la cabeza, como quien lee su propia sentencia de muerte. Debajo del título SIMULACRO NOCTURNO: CAPTURA DE LA BANDERA, los equipos aparecían ordenados en columnas perfectas.
Equipo Azul, al mando del general Adrián Ferrer. Equipo Rojo, al mando del teniente Mateo Beltrán.
Y ahí, en la columna roja, entre un recluta flaco y otro con cara de sueño, estaba su nombre.
-Rojas, en el equipo Rojo -leyó Lucía por encima de su hombro, con los ojos brillantes de diversión-. Es poético.
-Es una conspiración.
-Es un sorteo.
-Es una conspiración con apariencia de sorteo.
-¿Quién crees que lo organizó?
-El destino. Que me odia.
-O Ibáñez, que también.
-Los dos se parecen mucho.
Se acercó una sombra por detrás. Valentina notó el aroma a jabón limpio antes de oír la voz.
-Recluta Rojas.
Dio un salto tan alto que casi arrancó el tablón.
-¡Mi general!
-Veo que ya ha consultado la lista.
-La he consultado, la he leído y la he lamentado.
-Está en el equipo contrario.
-Gracias por el recordatorio.
-Eso significa que mañana por la noche será mi enemiga.
-Qué dramático.
-Es un ejercicio de simulación.
-Y yo soy una enemiga muy peligrosa.
-Lo dudo.
-Le sorprendería.
-Eso lo dudo todavía más.
Adrián se cruzó de brazos, y algo parecido a un brillo desafiante le cruzó los ojos grises. Valentina, que llevaba semanas esquivando su mirada, la sostuvo con orgullo.
-Que gane el mejor -murmuró él.
-Que gane el más listo.
-Eso significa que pierde usted.
-Eso significa que usted va a tener que tragarse sus palabras.
-Veremos.
-Veremos.
Se miraron un segundo de más. Detrás de ellos, Lucía fingía estudiar el tablón con un interés sospechoso.
---
A las diez de la noche, el bosque que rodeaba la base parecía otra dimensión.
Los árboles se alzaban como gigantes inmóviles, con las copas mezcladas en un mar de sombras. La luna apenas asomaba entre las nubes. Un viento helado arrastraba olor a tierra húmeda, a resina y a algo más que Valentina prefirió no identificar.
Equipo Rojo se había reunido en un claro, alumbrado por una única linterna con filtro rojo. El teniente Mateo Beltrán, de pie sobre un tocón, explicaba las reglas con la solemnidad de un general napoleónico, aunque con una sonrisa que arruinaba el efecto.
-Escuchen bien, soldados. Cada equipo tiene una bandera escondida en su territorio. Gana quien capture la del rival y la lleve a su base sin ser tocado. Si les tocan el hombro, quedan eliminados. Si se pierden, pueden usar la radio. Si se pierden mucho, pueden rezar.
-Qué reconfortante -murmuró Valentina.
-Rojas, usted será exploradora.
-¿Exploradora?
-Su misión es localizar la posición del enemigo y avisarnos por radio.
-¿Yo? ¿Sola?
-Sola.
-Teniente, yo me pierdo en mi propio dormitorio.
-Por eso es perfecta. Nadie esperará que sepa a dónde va.
-Eso no es un halago.
-Es una estrategia.
-Es una condena.
Mateo sonrió con encanto, le entregó una radio negra con una antena corta y un pañuelo rojo para atárselo al brazo.
-Confío en usted.
-Es usted muy valiente.
-O muy loco.
-Sospecho lo segundo.
-Ánimo, recluta.
Valentina se ató el pañuelo con gesto fúnebre, comprobó que la radio estaba encendida y echó a andar hacia la espesura. Detrás de ella, los demás se dispersaron en silencio, como una colonia de sombras bien entrenadas.
Se quedó sola.
Y el bosque, de golpe, se hizo enorme.
---
Los primeros diez minutos fueron tranquilos. Valentina avanzó con la linterna apagada, tal como le habían ordenado, guiándose por la débil claridad de la luna y por los sonidos del bosque: grillos, ramas, algún ave nocturna que soltaba un graznido espeluznante.
-No tengas miedo -se decía en voz baja-. Solo son árboles. Los árboles no muerden.
Una rama le golpeó la cara.
-Bueno, pegan.
Siguió caminando. Tropezó con una raíz, chocó con un arbusto, se enredó el pelo en una telaraña y soltó un grito ahogado que se parecía bastante al de un conejo asustado.
-Lo siento, bosque. No quería ofenderte.
A los quince minutos, se detuvo para consultar la brújula. La aguja giraba de un lado a otro como una peonza.
-Genial. Estoy en el triángulo de las Bermudas.
Golpeó la brújula con el dedo. La aguja se detuvo, miró hacia algún lugar del suelo y se negó a dar más información.
-Eres inútil.
Aquel fue el instante en que la radio crujió.
-Rojo tres, rojo tres, ¿me recibe?* -La voz de Mateo sonaba entrecortada, cargada de estática-. Informe de situación.
-Aquí rojo tres -susurró Valentina, apretando el botón-. Estoy en el bosque.
-¿Dónde exactamente?
-Entre dos árboles.
-¿Cuál es la referencia?
-Árboles grandes.
-Rojas.
-Sí, teniente.
-Necesito una referencia más concreta.
-Hay un árbol con forma de dedo.
-¿Un árbol con forma de dedo?
-Un dedo muy largo y ofensivo.
-Eso no ayuda.
-Ya lo suponía.
Mateo soltó un suspiro tan largo que la radio chasqueó.
-Siga avanzando hacia el norte. Localice el campamento enemigo. Informe cuando lo tenga.
-A la orden.
Apagó la radio y se quedó mirando la brújula. La aguja volvía a girar, indecisa.
-Norte -murmuró-. Norte, norte, norte... ¿Dónde está el norte?
Miró a la izquierda. Miró a la derecha. Miró hacia arriba, esperando que alguna estrella hiciera de brújula.
-Tiene que haber alguna señal. Un musgo. Una constelación. ¡Algo!
Una luciérnaga pasó volando frente a su nariz.
-No me sirves.
Se encogió de hombros y echó a andar hacia donde le pareció más probable.
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Editado: 08.10.2026