La primera persona que olió a Valentina a la mañana siguiente fue un gallo.
No era un gallo cualquiera. Era el gallo de la cocina, un animal gordo y malhumorado que la academia mantenía desde hacía diez años por razones que nadie recordaba. Valentina cruzó el patio camino de la formación, el gallo levantó la cabeza, abrió el pico, lanzó un cacareo de alarma y salió corriendo en dirección contraria con las plumas erizadas.
-Genial -murmuró ella-. Hasta las aves me odian.
-No te odian -dijo Lucía, caminando a tres pasos de distancia y con un pañuelo sobre la nariz-. Te temen.
-Eso es peor.
-Un poco.
-¿Tan mal huelo?
-Valentina, te quiero muchísimo. Pero anoche dormí con la ventana abierta y con una almohada sobre la cara. Y aun así soñé con un contenedor de basura.
-Me duché tres veces.
-Y yo te creo.
-Usé jabón, champú, gel y un frasco de colonia que me prestó Irene.
-Lo sé. Ahora huelas a zorrillo con aroma de lavanda. Es una combinación que la ciencia no estaba preparada para presenciar.
Valentina se olió la manga del uniforme y sintió un mareo.
-Es que no sale.
-Hay un remedio -dijo una voz detrás de ellas.
Se giraron. Irene, la chica menuda del equipo tres, sostenía con ambas manos una caja de cartón llena de latas rojas.
-¿Qué es eso? -preguntó Valentina.
-Tomate triturado. Me lo ha dado el cocinero. Dice que es infalible.
-¿Para qué?
-Para el olor. Te bañas en tomate y listo.
-¿Estás hablando en serio?
-Lo he visto en una película.
-Irene, las películas mienten.
-Esta no.
-¿Cómo se llamaba?
-No me acuerdo. Pero salía un perro.
Lucía y Valentina intercambiaron una mirada de duda profunda. Pero la desesperación, ya se sabe, es la madre de todas las malas ideas.
-Está bien -suspiró Valentina-. Tenemos veinte minutos antes de la formación. Vamos.
---
La ducha del dormitorio femenino no estaba preparada para aquello.
Valentina se plantó en la bañera con la ropa interior puesta, los ojos cerrados y la expresión de una mártir camino de la hoguera, mientras Lucía e Irene abrían latas y las vaciaban sobre su cabeza con una concentración casi religiosa.
-Está frío -protestó.
-Es tomate.
-Es tomate frío.
-Aguanta.
-Está resbaladizo.
-Es tomate.
-¡Entra en las orejas!
-Es parte del tratamiento.
-¿Y si me da alergia?
-Eres una persona muy dramática, ¿lo sabías?
-Tengo mis motivos.
Cuando terminaron, Valentina parecía el protagonista de una película de terror de bajo presupuesto: roja de la cabeza a los pies, con el pelo pegado a la cara y grumos de pulpa colgándole de las pestañas.
-Ahora hay que esperar diez minutos -anunció Irene, consultando el reloj.
-¿Diez?
-Para que haga efecto.
-Diez minutos así, ¿en la ducha?
-Tienes razón. No cabemos todas.
-¿Quién ha dicho «todas»?
-Solo tú, claro. Nosotras vigilamos.
-Qué generoso por vuestra parte.
-Lo hacemos por la ciencia.
Valentina se sentó en el borde de la bañera, goteando salsa por todos los costados, y se resignó a su destino. A los cinco minutos, la puerta del baño se abrió sin llamar.
-¿Hay alguien? Me ha dicho el cabo que...
Mateo Beltrán se quedó paralizado en el umbral. Vio a Lucía, a Irene, a una Valentina empapada de rojo que lo miraba con ojos enormes. Vio una montaña de latas vacías, un charco carmesí en el suelo y una bañera que parecía haber sido testigo de un crimen.
Hubo un silencio memorable.
-Esto no es lo que parece -dijo Valentina.
-Es exactamente lo que parece -replicó Lucía.
-Es un tratamiento -añadió Irene.
-Tomate -aclaró Valentina-. Para el olor.
-Ah -dijo Mateo, tragando saliva-. Pues muy... funcional.
-¿Qué hace usted en el dormitorio femenino, teniente? -preguntó Lucía, cruzándose de brazos.
-Me han mandado a avisar. El comandante quiere ver a la recluta Rojas en su despacho.
-¿Ahora?
-En diez minutos.
-¡Pero estoy cubierta de tomate!
-Ya lo veo.
-¡No puedo ir así!
-Imagino que no.
-¿Y si le digo que estoy indispuesta?
-Dudo que lo acepte.
-¿Y si le digo que me ha atacado una lata de salsa?
-Recluta Rojas -dijo Mateo, aguantándose la risa con todo su esfuerzo-, con el máximo respeto: a mí me parece que cualquier excusa es más digna que la verdad.
-¡Teniente!
-Es un consejo.
-Ya me lo imaginaba.
Se retiró, cerrando la puerta con delicadeza, y desde el pasillo se escuchó una carcajada que le hizo temblar los cristales.
-Qué hombre más encantador -murmuró Valentina, hundiendo la cara entre las manos-. Y qué mal momento ha elegido.
-Quizá es una señal -sugirió Irene.
-¿De qué?
-De que el tomate funciona.
Valentina se olió el hombro. Hizo una pausa, frunció el ceño y volvió a olerse.
-Un momento -dijo, esperanzada-. Creo que... Sí. Ya huele distinto.
-¿A qué?
-A pizza.
-¿Es una mejora?
-Es una mejora, sin duda.
-Entonces, objetivo cumplido -proclamó Irene, y chocó el puño con Lucía.
---
Veinte minutos después, Valentina llegaba al despacho del general con el uniforme limpio, el pelo húmedo, las uñas con restos rosados y un perfume indescifrable que combinaba lavanda, tomate y un fondo de azufre irreductible.
Llamó a la puerta con tres golpes tímidos.
-Adelante.
Entró. Adrián estaba de pie junto a la ventana, de espaldas, con las manos a la espalda y la postura tensa de quien lleva horas sin dormir. Se giró con lentitud, abrió la boca para saludar y, al instante, se detuvo.
Su nariz se arrugó apenas un milímetro.
-Buenos días, mi general -dijo ella, saludando con una sonrisa digna de una mujer a punto de ser ejecutada.
-Buenos días, Rojas.
-Sé lo que va a decir.
#2756 en Novela romántica
#796 en Otros
#334 en Humor
humor amor, chica desastre amor risas pasion, militarromance
Editado: 08.10.2026