Un Escándalo Uniformado

Capítulo 10: Las magdalenas no mienten (casi nunca)

Guardar un secreto es un arte que Valentina Rojas jamás había practicado.

Durante veintiséis años de vida, su cara había sido un libro abierto, con letra grande y subrayados. Cuando algo la alegraba, brillaba. Cuando algo la molestaba, hacía pucheros. Y cuando mentía, que ocurría muy pocas veces, se le ponían las orejas rojas como dos semáforos.

Por eso, a las cuatro y media de la mañana, frente al espejo del baño, con el cepillo de dientes colgándole de la boca, se dedicó a ensayar.

-Todo está normal -le dijo a su reflejo-. No sé nada. No he visto nada. Soy una recluta feliz, ignorante y encantadora.

El reflejo la miró con escepticismo.

-Soy una persona tranquila.

Las orejas se le pusieron coloradas.

-Maldita sea.

-¿Con quién hablas? -preguntó Lucía desde la puerta, bostezando.

-Conmigo misma.

-¿Y qué te dices?

-Que debo parecer normal.

-Valentina, hueles a eucalipto y a pizza. Normal no eres desde hace semanas.

-Hablo de un normal relativo.

-Ah, ese sí.

-¿Me veo sospechosa?

-Te ves como una persona que esconde algo.

-¡No escondo nada!

-Ya. Y yo soy la reina de Inglaterra.

Valentina se enjuagó la boca con dignidad y salió del baño sin añadir palabra, con el frasco de aceite de eucalipto bien guardado en el bolsillo y la promesa hecha al general pesándole como una piedra.

No hablar con nadie. No aceptar objetos de nadie. No andar sola de noche.

Tres reglas sencillas. Para cualquier otra persona, quizá.

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En el despacho de la torre central, el general Adrián Ferrer llevaba despierto desde las tres.

Sobre su escritorio, bajo la luz amarillenta de la lámpara, había tres objetos alineados con precisión militar: la carta que había escrito la noche anterior, todavía sin sellar; el pequeño transmisor encontrado en la radio; y la placa de plata con las iniciales **M. B.**, que había recogido del suelo del almacén justo después de que su dueño desapareciera.

La observó durante largo rato, dándole vueltas entre los dedos.

Era una placa pequeña, de bordes redondeados, con las letras grabadas a mano. Pesaba poco. Y, al mirarla de cerca, Adrián notó algo que la noche anterior se le había escapado: una fina capa de polvo en los surcos del grabado, como si llevara años guardada en un cajón.

-Qué raro -murmuró.

Nadie pierde una placa que lleva años sin usarse. Y menos aún la deja caer en una escena donde desea pasar inadvertido.

Frunció el ceño, sacó una lupa de un cajón y examinó el reverso. Había un número casi borrado, de cuatro cifras. Y, debajo, una palabra diminuta: Promoción.

-Promoción -repitió.

Se quedó pensativo. Luego, con un suspiro, guardó la placa en un sobre, el sobre en su chaqueta y la carta en el cajón con llave.

No sabía si la acusación era cierta. Y, lo que era peor, no sabía si deseaba que lo fuera.

Porque el teniente Mateo Beltrán, con su risa fácil y su manera de hacer amigos en cinco minutos, le había caído bien durante demasiado tiempo como para olvidarlo de golpe.

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El servicio de cocina de la academia era un destino temido por todos los reclutas. Se asignaba por turnos, a las cinco de la mañana, y consistía en pelar patatas, fregar ollas del tamaño de bañeras y soportar los gritos del cocinero jefe, un gigante barbudo llamado Rufino que lanzaba cucharones con puntería sospechosa.

A Valentina le tocó aquella semana.

-¡Rojas! -bramó Rufino en cuanto la vio aparecer-. ¡Delantal, gorro y guantes!

-Sí, señor.

-¡Y no toque nada que no le haya dicho que toque!

-Ni lo soñaba.

-¡Y si rompe algo, se lo cobro de su paga!

-No tengo paga.

-¡Pues del año que viene!

-Qué optimista es usted.

-¡Patatas!

La enviaron a un rincón donde descansaba un saco enorme de tubérculos y un cuchillo romo con aspecto de antigüedad. Valentina se sentó en un taburete, pelando una patata con la concentración de quien desactiva una bomba, mientras a su alrededor la cocina bullía de humo, vapor y olor a café recién hecho.

Y fue entonces cuando lo oyó.

Una risita ahogada, procedente del almacén contiguo. Un tintineo de bandejas. Una voz masculina que tarareaba una canción desafinada.

Valentina se levantó, dejó la patata a medio pelar y se asomó por la rendija de la puerta.

Lo que vio la dejó muda.

En el centro del almacén, rodeado de sacos de harina, tarros de azúcar y bandejas humeantes, el teniente Mateo Beltrán, con un delantal blanco atado a la cintura y las mangas remangadas hasta los codos, amasaba con ímpetu una pasta amarillenta sobre la mesa de trabajo. Tenía harina en el pelo, harina en la barba, harina hasta en las pestañas. Y una sonrisa de felicidad pura, de esas que no se disimulan.

-Teniente -susurró Valentina.

Mateo dio un salto tan alto que lanzó un puñado de harina al techo.

-¡Rojas! ¡¿Qué hace usted aquí?!

-Estoy de servicio de cocina.

-¡Ah! Es verdad, el rol de turnos. -Se llevó una mano al pecho, con el corazón desbocado-. Casi me da un infarto.

-Usted también me asustó la otra vez en el baño.

-Estamos en paz, entonces.

-¿Qué está haciendo?

-Nada.

-Tiene una masa entre las manos.

-Es... una actividad recreativa.

-Está horneando.

-Estoy... sí. Horneando.

Valentina entró despacio, cerró la puerta tras de sí y examinó el lugar con ojos de detective. Había bandejas llenas de magdalenas doradas, galletas con forma de estrella, una tarta de manzana todavía caliente y un pequeño cuaderno de recetas con anotaciones a lápiz.

-Las magdalenas de la otra vez... -dijo, lentamente-. Las que me regaló después de lo del baño. ¿Las hizo usted?

Mateo se pasó la mano por la nuca, dejando una marca blanca.

-Culpable.

-Y la tarta de la jornada de convivencia.

-También.

-¡Teniente! ¡Usted es pastelero!




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