Un Escándalo Uniformado

Capítulo 11: Operación «Que mi madre no conozca al general»

La reunión de emergencia se celebró a las diez de la noche, en la litera de Valentina, bajo una manta que hacía las veces de tienda de campaña y con una linterna que alumbraba cuatro rostros muy serios.

-Esto es un asunto de seguridad nacional -declaró Valentina, con voz de espía.

-Es un asunto de tu madre -corrigió Lucía.

-Que es lo mismo, pero con más gritos.

Irene levantó la mano como si estuviera en clase.

-¿Puedo preguntar algo?

-Adelante, soldado Paz.

-¿Por qué no quieres que tu madre conozca al general?

-Porque mi madre es incapaz de conocer a nadie sin soltar una frase que arruina mi vida.

-¿Como cuál?

-Como «¿y usted tiene novia?», «¿está soltero?», «¿cocina?» o, mi favorita, «¿le gustan los niños?».

Daniel, que escuchaba desde la esquina con su timidez de siempre, tosió con un gesto de dolor.

-Eso es muy directo.

-Es mi madre. Tiene la sutileza de un camión de bomberos.

-Entonces -resumió Lucía, sacando una libreta-, el objetivo es claro: impedir cualquier contacto entre la señora Rojas y el comandante Ferrer durante el aniversario.

-Exacto.

-¿Cuántos días?

-Dos. Llegan el sábado por la mañana y se van el domingo por la tarde.

-Cuarenta y ocho horas.

-Cuarenta y ocho horas de máximo riesgo.

-Perfecto. -Lucía escribió en la libreta con letras grandes: **OPERACIÓN MAMÁ**-. Primera fase: desviar la atención.

-¿Cómo?

-Con comida. A las madres hay que alimentarlas.

-Mi madre no necesita comer para hablar.

-Segunda fase: ocuparla con otra actividad. Una visita guiada. Un paseo por los jardines. Una tienda de recuerdos.

-¿Tenemos tienda de recuerdos?

-Podemos improvisar una.

-Tercera fase -intervino Irene-: mantener a tu tía Rosario y a tu prima Mariana separadas de tu madre, para que no se coordinen.

-¿Y eso cómo se logra?

-Con un incendio controlado.

-¡Irene!

-Es una broma. Más o menos.

Valentina escondió la cara entre las manos.

-Sois mis amigas, ¿verdad? No me estáis tomando el pelo.

-Un poco sí -admitió Lucía.

-Pero con mucho cariño -añadió Daniel.

-Con muchísimo -remató Irene.

Valentina soltó un gemido y se dejó caer sobre la almohada. Desde fuera de la manta llegó el sonido de una puerta que se abría.

-¿Quién está despierto a estas horas? -preguntó la voz severa de la sargento de guardia.

Los cuatro contuvieron la respiración. La linterna se apagó con un clic. Pasos. Un silencio larguísimo. Una tos. Y, finalmente, el rechinar de la puerta al cerrarse.

-Ha pasado cerca -susurró Daniel.

-Y eso que ni siquiera hemos empezado la operación -suspiró Valentina.

---

El problema, descubrió ella al día siguiente, es que el desastre ya estaba en marcha.

Se enteró en el comedor, durante el desayuno, cuando Ibáñez se acercó a su mesa con un papel en la mano y una expresión peligrosamente neutra.

-Recluta Rojas.

-¿Sí, sargento?

-Esto circula por toda la base desde anoche.

Le entregó una hoja impresa en blanco y negro. Valentina la desdobló con dedos temblorosos y se encontró con una fotografía que conocía muy bien, aunque nunca la había visto.

Era ella, en la bañera, cubierta de tomate de la cabeza a los pies, con los ojos cerrados y la boca abierta en un grito mudo. Y detrás de ella, difuminado pero reconocible, un hombre alto y de hombros anchos, de pie en la puerta, con los brazos cruzados.

Debajo, en letras mayúsculas, alguien había escrito: **LA RECLUTA QUE ENAMORÓ AL ZORRILLO (Y AL COMANDANTE).**

Valentina palideció.

-Eso no es el general -murmuró-. Es una sombra.

-Una sombra muy parecida.

-¡Pero él nunca estuvo en el baño!

-Ya lo sé.

-Entonces, ¿quién...?

-El teniente Beltrán entró aquella mañana.

-¡Pero él no es tan alto!

-Es un efecto de la perspectiva.

-¡Sargento, por favor!

-Yo solo transmito la información, recluta.

Lucía le arrancó el papel de las manos, lo estudió con ojos de perito y soltó un silbido.

-No es una buena foto. Pero la imaginación de la gente hará el resto.

-¡Hay que destruir todas las copias!

-Hay doscientas. Las he contado.

-¡Entonces hay que destruirlas a todas!

-¿Y cómo?

-¡Con fuego!

-Valentina.

-¡Con un fuego pequeño!

-Estás empezando a parecerte a Irene.

-Es que me están destrozando la vida.

-Siéntate y desayuna. Hay tostadas.

Valentina obedeció, con el apetito de un condenado, mientras alrededor se multiplicaban las miradas, los cuchicheos y las sonrisitas. Alguien, desde una mesa cercana, empezó a tararear una marcha nupcial con voz de falsete.

-Esto va a acabar con mi carrera militar -dijo.

-Tu carrera militar es un error administrativo -le recordó Lucía.

-¡Pues con mi error administrativo, entonces!

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El general Ferrer pasó junto a su mesa a las ocho y diez.

Ni siquiera la miró. Caminó con paso firme, la mirada al frente, la espalda recta como un mástil, sin una sola arruga en la expresión. Pero Valentina, que llevaba semanas estudiando sus gestos con la devoción de una naturalista ante una especie rara, notó algo extraño: un músculo diminuto, casi invisible, que le latía en la mandíbula.

Estaba apretando los dientes.

Y no de rabia.

-¿Lo has visto? -murmuró Lucía.

-Ha leído la hoja.

-Y le ha dado algo.

-Qué dramática eres.

-Valentina, tiene las orejas rojas.

-¿Qué?

-Mira.

Valentina levantó la vista, justo a tiempo para ver cómo el comandante de Instrucción y Disciplina, el hombre más temido de la base, se detenía junto al mostrador de las bandejas con las orejas de un rojo encendido.

-Eso es calor -dijo ella.

-Eso es vergüenza.

-Un hombre así no se avergüenza.

-Entonces es un hombre muy interesante.




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