Un Escándalo Uniformado

Capítulo 12: Refugio para dos

A la mañana siguiente, Valentina se despertó con tres certezas.

La primera: se había comido dos magdalenas anónimas a medianoche, y no se arrepentía.

La segunda: le había llamado «Adrián» a un general en un banco de piedra, y se arrepentía con todas las fibras de su ser.

La tercera: tenía en el bolsillo del pijama una nota que decía «Lee todo lo que firmes», y llevaba seis horas sin saber qué hacer con ella.

-Tienes cara de haber visto un fantasma -observó Lucía, atándose las botas.

-He visto algo peor.

-¿Qué?

-A mí misma, ayer, tomando decisiones.

-Ay, madre. ¿Qué hiciste?

-Nada.

-Valentina.

-Nada importante.

-Te están saliendo las orejas rojas.

-Es el frío.

-Estamos a veinticinco grados.

-Es un frío interior.

Lucía abrió la boca para insistir, pero la corneta de las cinco ahogó su respuesta. Valentina aprovechó para salir corriendo hacia el patio, con la chaqueta a medio abrochar, sin darse cuenta de que había guardado la nota en el bolsillo equivocado y de que alguien, desde la ventana de una torre, la veía correr con una media sonrisa.

---

La formación de aquella mañana fue distinta. Los reclutas no marchaban hacia el campo de desfile, sino hacia un camión de transporte aparcado frente a la puerta norte, con la lona verde recogida y varias mochilas apiladas en la caja.

Ibáñez ya esperaba en la tarima con un megáfono, una brújula colgada al cuello y esa expresión de maestro de escuela que ha preparado una sorpresa desagradable.

-¡Atención, batallón! -bramó-. ¡Hoy comienza la Prueba de Supervivencia de Campo!

Un murmullo de entusiasmo y terror recorrió las filas.

-Durante las próximas veinticuatro horas, cada grupo deberá sobrevivir en el monte con el equipo básico: una lona, una cuerda, una cantimplora, un cuchillo, un pedernal y una ración de emergencia. Nada de comida extra. Nada de teléfonos. Nada de trampas.

-¿Y si nos perdemos? -preguntó una voz desde el fondo.

-Entonces serán rescatados mañana.

-¿Y si nos caemos por un barranco?

-Entonces serán rescatados con más urgencia.

-Muy tranquilizador, sargento.

-Esa es la idea.

Valentina levantó la mano, con la voz algo temblorosa.

-Sargento, tengo una pregunta técnica.

-Adelante, Rojas.

-¿Hay servicio de habitaciones?

Las risas estallaron. Ibáñez cerró los ojos con serenidad.

-Se la contestaré mañana, cuando haya sobrevivido.

-Qué optimismo.

-Los grupos serán de cuatro. Cada uno contará con un oficial supervisor.

-¿Y el nuestro? -preguntó Lucía.

Ibáñez consultó la lista.

-Equipo siete: Rojas, Montenegro, Paz y Soto. Oficial supervisor... -Hizo una pausa, y Valentina supo, con la certeza de los condenados, lo que venía-. General Adrián Ferrer.

Lucía le dio un codazo.

-Qué casualidad.

-Es una persecución.

-Es un sorteo.

-Un sorteo con muy mala intención.

Al otro lado de la explanada, el general conversaba con Mateo, que supervisaba otro grupo. Ambos hablaban en voz baja, con un aire de cortesía rígida. Mateo hizo un gesto amistoso hacia Valentina, y ella le devolvió un saludo tímido. Adrián, sin girarse, apretó la mandíbula.

Un segundo después, se acercó al equipo siete con las manos a la espalda, serio como una lápida.

-Buenos días, reclutas.

-Buenos días, mi general -respondieron los cuatro.

-Rojas.

-¿Sí?

-Su mochila está al revés.

Valentina bajó la vista. En efecto, había colgado la mochila de manera que el bolsillo de las raciones quedaba pegado a su espalda y la lona le colgaba por delante, como un delantal.

-Es una nueva moda.

-No lo es.

-Es muy funcional.

-Arréglela.

-Ahora mismo.

Mientras reacomodaba el equipaje con una dignidad dudosa, Adrián la miró de reojo. Durante una fracción de segundo, ambos recordaron el banco, la luna, el nombre pronunciado en voz baja. Y ambos, a la vez, apartaron la vista.

-Tiene diez minutos -dijo él, con voz de piedra-. Luego salimos.

---

El camión los dejó a las nueve en un valle remoto, rodeado de colinas cubiertas de pinos y encinas. Un río estrecho serpenteaba entre piedras blancas, y el aire olía a tomillo y resina. Era, tuvo que admitir Valentina, un paisaje precioso.

Era una lástima que fuera a morir en él.

-Primera tarea: construir un refugio -anunció Adrián, y sacó de su mochila una libreta con diagramas-. Disponen de tres horas.

-¿Un refugio de qué tipo? -preguntó Daniel.

-De cualquiera que resista una noche a la intemperie.

-¿Y si llueve?

-Entonces será un refugio mejor.

Lucía e Irene se pusieron a recoger ramas con una eficiencia sospechosa, mientras Daniel estudiaba el terreno con aire científico. Valentina, en cambio, extendió la lona sobre la hierba, la miró con el ceño fruncido y la sostuvo en alto con una mano.

-¿Esto es la lona?

-Sí.

-¿Y esto?

-La cuerda.

-¿Y esto?

-Un cuchillo, Rojas.

-Ah. Qué bien. Todo claro.

Pasó la primera hora atando nudos que se deshacían, clavando estacas que se doblaban y levantando una estructura que, según Irene, «parecía un paraguas con depresión». A la segunda hora, el refugio se desplomó con un suspiro, enterrando a Valentina bajo la lona.

-¡Estoy bien! -gritó desde dentro-. ¡Estoy perfectamente!

-Tienes una rama en la cabeza -dijo Daniel.

-Es un adorno.

-Está ensangrentada.

-Es mermelada de ración.

-No hay mermelada de ración.

-Entonces es un misterio.

Una sombra se inclinó sobre la lona. Adrián, con la libreta en la mano, la observó con una calma exasperante.

-Rojas.

-¿Sí?

-¿Ha leído las instrucciones?

-Las he interpretado con espíritu creativo.

-Las instrucciones no se interpretan. Se siguen.

-Qué rígido.

-Qué eficaz.




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