Un Escándalo Uniformado

Capítulo 13: La capilla de las seis

Hay regresos triunfales y regresos humillantes. El de Valentina al cuartel, tras la Prueba de Supervivencia, fue una mezcla de ambos que la historia militar aún no ha sabido clasificar.

Bajó del camión con la mochila al revés, una rama enredada en el pelo, el uniforme endurecido por el barro seco y un pastelillo a medio comer escondido en el bolsillo. Detrás de ella bajó el general Ferrer, impecable como siempre, salvo por una brizna de hierba que le asomaba tras la oreja y que nadie, por pura supervivencia, se atrevió a mencionar.

-Equipo siete -anunció Ibáñez, con la lista en la mano-. Rojas, Montenegro, Paz, Soto. Resultado final: aprobados.

-¡Aprobados! -exclamó Valentina, alzando los brazos-. ¡Lo hemos conseguido!

-Con una nota de cinco coma uno.

-¡Un cinco coma uno es un cinco coma uno!

-Es un aprobado por los pelos.

-¡Los pelos también cuentan!

-Y una observación en el informe del oficial supervisor.

El corazón de Valentina se detuvo.

-¿Qué observación?

Ibáñez bajó la vista a la hoja y leyó con voz monocorde:

-«La recluta Rojas demostró iniciativa para encender fuego, resistencia ante la adversidad y una asombrosa capacidad para derrumbar estructuras».

-Qué bonito.

-Firmado: General A. Ferrer.

Valentina buscó con la mirada al general, pero él ya se alejaba hacia la torre central con las manos a la espalda, tan serio que solo alguien con mucha experiencia podría notar que los hombros le temblaban un poquito.

-Se está riendo -murmuró.

-Qué va -dijo Lucía, rodeándole los hombros-. Eso es solo respiración con mucho entusiasmo.

-Lucía, hay una cosa que no te he contado.

-Ya lo sé.

-¿Cómo que ya lo sabes?

-Llevamos veinticuatro horas separadas, tú pasaste la noche en una caseta de dos metros cuadrados con el comandante, y has vuelto con una sonrisa que se ve desde el espacio. Claro que lo sé.

-¡No pasó nada!

-Lo cual es todavía más sospechoso.

-Nos refugiamos de la tormenta.

-Qué romántico.

-¡Fue estrictamente logístico!

-Me encanta cuando dices «logístico» con esa carita.

Valentina se tapó la cara con ambas manos. Las prometidas medidas de discreción, comprendió con amargura, no incluían a las mejores amigas con ojos de lince.

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Aquella noche no durmió.

Se quedó tumbada en la litera con los ojos abiertos, escuchando la respiración tranquila de sus compañeras, repasando una y otra vez las tres notas anónimas que guardaba bajo la almohada. «Lee todo lo que firmes». «No os fieis de nadie que sonría demasiado». «Mañana, a las seis. En la capilla vieja. Ven sola».

Había una cosa que la inquietaba más que el misterio, más que el peligro, más que el hecho de que alguien la conociera mejor de lo que ella misma creía.

Era la certeza de que, en el fondo, no tenía miedo.

Tenía curiosidad. Una curiosidad enorme, imprudente y absolutamente desproporcionada. Y eso, en una persona que había derribado una bandera de ciento veinte años por querer tocar la seda, era una receta para el desastre.

A las cinco y diez se levantó en silencio, se vistió a oscuras, comprobó que llevaba la linterna, el frasco de eucalipto y el pañuelo blanco que cierto general le había prestado una vez y que ella nunca había devuelto, y salió del dormitorio de puntillas.

-Adónde vas -murmuró una voz adormilada desde la litera de abajo.

-Al baño.

-Con mochila.

-Por si acaso.

-¿Por si acaso qué?

-Por si hay una emergencia sanitaria.

-Valentina.

-Duérmete.

-Ten cuidado.

-Lo tendré.

-Y si ves al general, dile que me debe una explicación.

-¡Lucía!

-Duermo, duermo.

Salió al pasillo conteniendo la risa y el miedo a partes iguales.

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La capilla vieja se alzaba en el extremo noroeste de la base, más allá del campo de tiro, entre unos cipreses retorcidos que daban al lugar un aire de película de terror de bajo presupuesto. Era un edificio pequeño, de piedra gris, con un campanario sin campana y una puerta de madera que llevaba décadas esperando una mano de barniz.

Nadie iba allí desde hacía veinte años. Según Ibáñez, estaba «en proceso de restauración». Según Lucía, estaba «en proceso de fantasmas».

Valentina avanzó entre los cipreses con el corazón retumbando. El cielo empezaba a aclararse con una luz gris azulada, y el aire olía a tierra húmeda y a cera vieja. Un pájaro madrugador cantó entre las ramas, y ella casi se desmayó.

-Tranquila -se dijo-. Solo es un pájaro. Los pájaros no atacan.

Un segundo pájaro respondió con un graznido oscuro.

-Salvo los cuervos.

A cincuenta metros de la capilla, detrás de un arbusto especialmente frondoso, algo se movió.

Valentina se detuvo en seco.

El arbusto crujió. Una rama se agitó. Y, entre las hojas, asomó durante un segundo la gorra de un uniforme militar que intentaba, con muy poca fortuna, pasar por vegetación.

-Adrián -susurró ella.

La gorra desapareció.

-Te estoy viendo.

-No me ve -respondió una voz ahogada desde el arbusto.

-Tienes una gorra con una estrella dorada sobresaliendo.

-Es una flor.

-Las flores no llevan visera.

-Hay especies muy modernas.

-Adrián.

-Siga caminando, Rojas.

-Te dije que me llamaras Valentina.

-Estoy en misión encubierta.

-Con una gorra reglamentaria.

-Es parte del camuflaje.

-Es la peor operación secreta de la historia.

-Todo el mundo empieza por algún sitio.

Valentina se mordió el labio para no reír, giró sobre sus talones y siguió avanzando hacia la puerta de la capilla, con una sonrisa temblorosa y un pálpito en el pecho que ya no sabía si era miedo, emoción o ambas cosas.

Detrás de ella, el arbusto soltó un suspiro de resignación.

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La puerta cedió con un chirrido que habría resucitado a un muerto.




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