Un Escándalo Uniformado

Capítulo 14: Letra pequeña, problemas grandes

El auditor llegó a las nueve y cuarto de la mañana, en un coche negro tan limpio que reflejaba el cielo, y lo primero que hizo al bajar fue sonreír.

Sonrió al centinela de la puerta. Sonrió al sargento Ibáñez. Sonrió a un gallo que cruzaba el patio, y el gallo, que tenía un instinto animal más fino que cualquier general, dio media vuelta y se escondió detrás de un barril.

-Qué mal presagio -murmuró Valentina desde la formación.

-¿Por qué? -susurró Lucía.

-Porque sonríe demasiado.

-Todos los auditores sonríen así. Es como una enfermedad profesional.

-Doña Elvira dijo que no me fiara de nadie que sonriera demasiado.

-Doña Elvira también te dio una magdalena en una capilla abandonada a las seis de la mañana. Tampoco es la fuente más convencional.

-Pero acertó con lo del gallo.

-Eso es un dato objetivo.

El hombre avanzaba por el patio con paso elegante, maletín de cuero en una mano y carpeta azul bajo el brazo. Tendría unos cincuenta años, el pelo plateado peinado hacia atrás con una raya perfecta, un traje gris sin una sola arruga y unas gafas de montura fina que le daban un aire de profesor de colegio caro. Se detuvo frente a la formación y abrió los brazos como quien saluda a una familia querida.

-¡Buenos días, jóvenes! -exclamó, con una voz untuosa que parecía untar mantequilla sobre cada sílaba-. Permítanme presentarme. Soy Gaspar Villalobos, auditor administrativo del Alto Mando. No se alarmen: vengo en son de paz.

Nadie respondió.

-¿No hay aplausos? -preguntó, con una risita.

Un recluta de la tercera fila aplaudió dos veces, con un miedo evidente, y se detuvo.

-Gracias, gracias. Es un honor.

Adrián, que observaba desde la tarima con las manos a la espalda, dio un paso al frente.

-Señor Villalobos. Bienvenido a la Academia Militar Nacional.

-Comandante Ferrer. -El auditor le estrechó la mano con las dos suyas, durante un tiempo excesivo-. Qué placer. Tantos años oyendo hablar de usted. Y qué parecido a su padre, si me permite el atrevimiento.

Valentina vio cómo a Adrián se le endurecía la mandíbula.

-Es usted el segundo que me lo dice esta semana.

-Entonces, debe de ser cierto.

-Tengo entendido que viene a revisar los preparativos del aniversario.

-Así es. Un trámite sencillo. Una mera formalidad. Revisaré los expedientes del personal, verificaré que las altas y bajas estén en regla y recabaré unas cuantas firmas de conformidad.

-¿Firmas?

-De los reclutas más recientes, solamente.

-¿De cuáles?

-De todos aquellos que hayan ingresado en los últimos tres meses.

Silencio.

Valentina sintió que cien cabezas se giraban a la vez hacia ella.

-¿Qué? -susurró-. ¡Yo no he hecho nada!

-Nadie ha dicho lo contrario -dijo Lucía, con una sonrisa temblorosa.

-Entonces, ¿por qué me miran?

-Porque eres la única.

-¿La única qué?

-La única recluta reciente. Los demás llevan aquí más de un año.

-Qué casualidad tan oportuna.

-No lo creo casualidad.

Villalobos, con una sonrisa que habría derretido el hielo de un polo, se giró hacia el sargento.

-Sargento Ibáñez, ¿sería tan amable de acompañarme al despacho del comandante? Tengo mucho trabajo y poco tiempo.

-A sus órdenes.

-Y que traigan a... -consultó su carpeta con un gesto teatral- la recluta Valentina Rojas Mendoza. A las once. Sin prisa.

El nombre cayó en el patio como una piedra en un estanque.

---

Las dos horas siguientes fueron la tortura más larga de la vida de Valentina.

Se sentó en el borde de su litera, con la nota de doña Elvira entre los dedos, repitiéndose las tres normas sagradas: leer despacio, preguntar lo que no entendiera y, en caso de apuro, gritar.

-¿Y si grito y no pasa nada? -preguntó a Lucía.

-Pasarás a la historia como la loca que gritó delante de un auditor.

-Es una opción mejor que firmar.

-Tienes razón.

-¿Y si me pide que firme sin leer?

-Le contestas con una pregunta.

-¿Qué pregunta?

-Cualquiera. Que sea tan larga y tan aburrida que se canse.

-¿Como cuál?

-«¿Y qué dice la cláusula séptima, párrafo tres, apartado b?»

-No hay cláusula séptima.

-Él no lo sabe.

-Lucía, eres un genio del mal.

-Gracias. Me ha costado años de práctica.

A las once menos cinco, Valentina cruzaba el pasillo de mármol rumbo al despacho del comandante, con el uniforme planchado a medias, el pelo recogido con la mitad de las horquillas de Irene y un corazón que le latía a ritmo de tambor de guerra. Frente a la puerta la esperaba una figura inesperada.

-¿Mateo?

El teniente Beltrán estaba apoyado en la pared, con los brazos cruzados y una expresión más seria de lo habitual. Había perdido el aire de bromista; en sus ojos color miel había algo parecido a la preocupación.

-Rojas. Venga un momento.

-Tengo una cita con el auditor.

-Lo sé. Por eso.

La tomó del codo con suavidad y la llevó a un rincón del pasillo, junto a una ventana.

-¿Qué ocurre?

-No firme nada.

Valentina lo miró fijamente.

-¿Por qué lo dice?

-Porque conozco a Gaspar Villalobos.

-¿De qué?

-De toda la vida. Es amigo de mi padre.

-¿De su padre?

-El general Beltrán. Está en el Alto Mando. Y en mi casa se habla de Villalobos como de un hombre «muy eficiente».

-Eso no suena mal.

-Es la forma elegante de decir «peligroso».

Valentina se quedó callada. Mateo bajó la voz.

-Sé que usted y el comandante sospechan de mí.

-Yo no...

-No importa. Tienen motivos. Pero tiene que creerme: yo no manipulé esa radio ni dejé esa placa. Y lo que ese hombre trae en la carpeta no es una formalidad.

-¿Cómo lo sabe?

-Porque lo vi en la oficina central, hace unos meses, preparando documentos muy parecidos. Los llamaba «formularios de consolidación».




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