Un Escándalo Uniformado

Capítulo 15: Operación Archivo (o el arte de esconderse en un armario)

A las diez y cuarto de la noche, Valentina descubrió que tenía vocación de espía.

Lo descubrió con la misma claridad con la que descubrió, diez segundos después, que no tenía ninguna aptitud.

-Tienes que caminar de puntillas -susurró Adrián, pegado a la pared del pasillo.

-Estoy caminando de puntillas.

-Estás taconeando con las puntas.

-¿Eso es posible?

-Contigo, sí.

Avanzaban por el corredor de mármol de la torre central, a oscuras, con la linterna apagada y las botas en la mano para no hacer ruido. Valentina había insistido en llevarlas colgadas del cuello, atadas por los cordones, y cada paso las hacía chocar entre sí con un tintineo de cascabel.

-Quítate las botas del cuello.

-Me da seguridad.

-Suenan como un cencerro.

-Un cencerro sigiloso.

-Valentina.

-Vale, vale.

Se las quitó, las abrazó contra el pecho y siguió caminando de puntillas, con una sonrisa nerviosa que no se podía ver en la penumbra pero que Adrián, por alguna razón, adivinó perfectamente.

Había sido un día muy largo. Tras la visita del auditor, el despacho se había llenado de informes, llamadas y órdenes. Adrián había pasado la tarde reforzando la guardia de la puerta principal, revisando listados de visitantes y fingiendo con éxito una calma que no sentía. Y durante todo ese tiempo, había tenido en el bolsillo interior de su chaqueta una hoja doblada en cuatro que decía Pabellón Norte. Régimen cerrado.

Pero, a pesar de todo, de la tensión, del peligro, de la amenaza velada a la familia de ella, había un pensamiento que no conseguía quitarse de la cabeza.

Esta noche voy a estar a solas con ella. En un archivo. A oscuras.

Un pensamiento muy poco profesional.

-¿Qué pasa? -susurró Valentina.

-Nada.

-Has suspirado.

-He respirado.

-Con mucho dramatismo.

-Es la tensión de la misión.

-Qué sensible.

-Cállese, recluta.

-¿Ya no soy Valentina?

-No en horario operativo.

-Qué estricto.

-Es la disciplina.

-Es una excusa muy cómoda.

Adrián abrió la boca para contestar, pero se detuvo. Al fondo del pasillo, una luz amarilla se movía de un lado a otro, acompañada de un tarareo grave y desafinado.

-La ronda -susurró.

-¡Ibáñez!

-Rápido, por aquí.

La tomó de la mano y tiró de ella hacia una puerta lateral. Valentina tropezó con sus propias botas, estuvo a punto de caer, se agarró a la manga de él y, entre empujones, murmullos y un golpe seco de rodilla contra un cubo de fregona, ambos se deslizaron dentro de un cuartito oscuro.

Silencio.

La luz amarilla pasó por debajo de la puerta, tarareando una canción de cuna.

Duérmete, niño, duérmete ya...

-Qué escalofriante -musitó ella.

-Es su manera de relajarse.

-Es una amenaza para la salud pública.

-Chist.

Los pasos se alejaron despacio. El tarareo se fue apagando. Pero ninguno de los dos se movió, porque el cuartito era diminuto y estaban pegados el uno al otro como dos sardinas en lata, con la espalda de ella contra el pecho de él y una escoba apoyada con malicia contra la cadera de ambos.

Valentina notó el aliento de Adrián en su coronilla.

-¿Se ha ido? -susurró.

-Creo que sí.

-¿Seguro?

-Casi.

-¿Cuánto es casi?

-Treinta segundos más.

-Estoy cómoda.

-Yo no.

-¿Por qué?

-Porque me está clavando un cepillo en la espalda.

-¿Es mío?

-Es un cepillo.

-Ah. Pensaba que era una cremallera.

-Valentina...

-¿Sí?

-Si dice otra frase, voy a tener que arrestarla.

-Con mucho gusto.

-¡Valentina!

-Perdón. Estoy muy nerviosa.

-Se nota.

-Tú también.

-Yo no estoy nervioso.

-Tienes el corazón a mil.

-Es el ejercicio.

-Estamos parados.

-Es... ejercicio mental.

Ella contuvo la risa con una mano en la boca. Detrás de ella, Adrián cerró los ojos, rendido ante la evidencia de que su corazón latía tan fuerte que seguramente se oía desde el sótano.

-Ahora -dijo, abriendo la puerta con un cuidado casi reverente-. Vamos.

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La llave giró con un chasquido suave. La puerta del archivo se abrió, y el olor a papel viejo, polvo y tinta seca los recibió como un abrazo antiguo.

Adrián encendió la linterna, con la mano sobre la luz para amortiguarla. Las estanterías metálicas se alzaban hacia el techo en filas interminables, y la bombilla del fondo parpadeaba con su habitual indecisión.

-Qué acogedor -murmuró Valentina.

-Es el archivo histórico de la academia.

-Es el lugar donde se esconden los fantasmas de los papeles.

-Póngase los guantes.

Sacó del bolsillo dos pares de guantes blancos y le tendió uno. Valentina se lo puso con solemnidad, estirando los dedos como un cirujano a punto de operar.

-¿Dónde está la caja?

-Al fondo, tercera fila, estante superior.

-¿La de «Expedientes sin verificar»?

-La misma.

-¿Cómo llegamos al estante superior?

-Con la escalera.

-¿Cuál escalera?

-Esa.

Adrián iluminó un rincón del archivo, donde se apoyaba una escalera de madera de cuatro metros, vieja, crujiente y con varios peldaños que parecían haber conocido mejores épocas.

-Esa escalera no inspira confianza -dijo Valentina.

-No tiene por qué.

-¿Y si me caigo?

-No va a subir usted.

-¿Subes tú?

-Subo yo.

-¿Y yo qué hago?

-Sujeta la escalera.

-Qué responsabilidad.

-Es una tarea fundamental.

-Me siento importante.

-Lo es.

La frase salió con tanta naturalidad que ambos se quedaron un instante en silencio. Valentina se aclaró la garganta, se agarró a los travesaños con las dos manos y miró hacia arriba con una determinación solemne.

Adrián empezó a subir.

Cada peldaño crujía como un lamento. A mitad de camino, la escalera se movió ligeramente hacia la izquierda, y Valentina, en un gesto de heroísmo absoluto, se echó contra ella con todo su peso.




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