Un Escándalo Uniformado

Capítulo 16: La invasión de las Mendoza

Hay ejércitos que llegan con tanques, ejércitos que llegan con bandera blanca y ejércitos que llegan con cuatro bolsas de tupperware, una maleta del tamaño de un armario y un grito de «¡VALENTINA!» capaz de despertar a los caídos en combate.

El de las Mendoza pertenecía a la tercera categoría.

Eran las nueve y media de la mañana del sábado. La academia entera llevaba despierta desde las cuatro, barriendo patios, lustrando botas y colgando banderines con una energía casi religiosa. Las familias de los reclutas empezaban a llegar por la puerta norte en pequeños grupos, y los soldados de guardia, con la espalda recta y la sonrisa tensa, los iban encaminando hacia el patio de honor.

Valentina, en la tercera fila de la formación de bienvenida, rezaba para que su madre se hubiera perdido por el camino.

-Respira -susurró Lucía, a su lado.

-Estoy respirando.

-Estás hiperventilando.

-Es mi forma de respirar con elegancia.

-Valentina, tu madre es una persona. Una sola. Con dos acompañantes.

-Tú no la conoces.

-Tengo una madre. Ya sé lo que es.

-La mía es distinta. La mía es una fuerza de la naturaleza.

-¿Como un huracán?

-Como un huracán con bolso.

Desde la tarima, el sargento Ibáñez, que desde la noche anterior caminaba con la mirada vidriosa de quien no recuerda haber dormido pero sospecha que ha cometido un delito, golpeó el megáfono.

-¡Atención, batallón! ¡Las familias van a pasar revista! ¡Quiero firmeza, sonrisas discretas y cero improvisaciones!

-Eso último va por ti -murmuró Lucía.

-Soy una persona muy disciplinada.

-Eres una improvisación con piernas.

Un murmullo recorrió el patio. Por la puerta norte avanzaba un grupo de visitantes guiados por un soldado, y entre ellos, abriéndose paso a base de codazos amables y exclamaciones de asombro, venía una mujer menuda, de pelo castaño con mechas rubias, vestida con un conjunto de falda y chaqueta color turquesa que se veía desde el espacio.

Llevaba un bolso enorme colgado del brazo, unas gafas de sol de montura blanca sobre la cabeza y una expresión de felicidad tan intensa que dolía mirarla.

A sus lados caminaban dos figuras más: una mujer alta y robusta, de unos sesenta años, cargada con tres bolsas de tela y una cesta tapada con un paño de cuadros, y una joven de veintitantos, de melena larga y pestañas que habrían podido derribar a un batallón entero.

-Mamá -susurró Valentina, con un hilo de voz-. Tía Rosario. Mariana.

-Qué mujeres tan elegantes -comentó Daniel, desde la fila de atrás.

-Es mi familia.

-Eso decía.

-Mátame.

-No tengo autorización.

La señora del conjunto turquesa se detuvo en medio del patio, levantó la barbilla, recorrió con la mirada las filas de reclutas inmóviles y, al localizar a su hija, abrió los brazos como un ave a punto de despegar.

-¡¡¡VALENTINAAAAAAAA!!!

Cien cabezas giraron a la vez. Ibáñez cerró los ojos. Valentina se quedó clavada en el sitio, con una sonrisa congelada y las orejas del color de un semáforo en alerta máxima.

-¡Mi niña! ¡Mi niña, qué delgada estás! ¡Qué ojeras! ¡Y ese pelo! ¡Pero qué te han hecho!

-Mamá, estoy en formación.

-¡Y qué uniforme tan feo!

-Mamá, por favor.

-¡Ven aquí que te abrace!

-No puedo moverme. Es la regla.

-¡Qué regla ni qué regla!

Rompió la formación de visitantes, esquivó a un soldado que intentó detenerla con un «Señora, por favor», atravesó la línea de reclutas como un barco rompehielos y se lanzó sobre su hija con tal energía que ambas estuvieron a punto de caer.

-¡Ay, qué ganas tenía de verte! -exclamó, estrujándola-. ¡Y qué bien hueles! ¿A qué hueles? ¿A tomate?

-A eucalipto, mamá.

-Qué raro. En las fotos olías a tomate.

-Las fotos no huelen.

-Pues se veían olorosas.

Detrás de ellas llegó la tía Rosario, con las bolsas y la cesta, y le plantó dos besos sonoros en las mejillas.

-Valentina, hija, te he traído comida. Hay empanadas, bizcocho, croquetas, dos tortillas y un guiso de lentejas.

-¿Lentejas?

-Para que no te falte nada.

-Tía, aquí comemos lentejas todos los días.

-Pues las mías son mejores.

-Eso no lo dudo.

-¿Y los demás? ¿Hay para todos? -Tía Rosario recorrió la fila de reclutas con ojos de general en campaña-. ¡Qué flaquitos! ¡Qué flaquitos están todos! ¡Les voy a dar de comer a los cien!

-Tía, somos doscientos.

-Pues me traigo otra cesta.

La joven de las pestañas, que había permanecido al margen con el móvil en la mano, se acercó con una sonrisa de gata.

-Hola, prima.

-Hola, Mariana.

-Qué mona estás con el uniforme.

-Gracias.

-Un poco grande de hombros.

-Gracias otra vez.

-¿Dónde está el general?

-¿Qué general?

-El general. El de la foto.

-Hay muchos generales.

-El guapo.

-Todos son muy feos.

-Prima.

-Es la verdad.

-Mientes fatal, Valentina. Se te ponen rojas las orejas.

-Es el sol.

-Está nublado.

Lucía, a dos pasos de distancia, se había mordido la manga del uniforme para no estallar en carcajadas.

---

La ceremonia oficial de bienvenida comenzó a las diez en punto, con una banda de música que tocaba una marcha solemne sin que nadie en el patio la escuchara, porque las visitas hablaban todas a la vez.

El general Adrián Ferrer subió a la tarima con el uniforme de gala: guerrera azul oscuro, botones dorados, charreteras, condecoraciones alineadas con precisión matemática. A pocos metros de distancia, Valentina, que había olvidado por completo que él fuera capaz de ese efecto, sintió que se le secaba la garganta.

-Dios mío -susurró-. Qué injusticia.

-¿Qué? -preguntó su madre, a su lado.

-Nada, mamá.

-¿Quién es ese?

-El comandante.

-¿Ese es el general Ferrer?

-Sí.

-¿El de la foto?




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.