Un Escándalo Uniformado

Capítulo 17: Consejo de guerra con azúcar

Los grandes planes militares de la historia se han trazado en tiendas de campaña, en búnkeres y en salas de mapas con luces rojas.

El de aquella noche se trazó en la cocina de la academia, a las once menos cuarto, entre sacos de harina, ollas del tamaño de bañeras y un cucharón colgado de la pared que Rufino, el cocinero jefe, miraba con la solemnidad de un arma ceremonial.

-Silencio -ordenó Adrián, de pie junto a la mesa de trabajo-. A partir de este momento, esta reunión no existe.

-¿Qué reunión? -preguntó Irene, con cara de absoluta inocencia.

-Eso es exactamente lo que quiero oír.

-¿Y si alguien pregunta por qué estamos en la cocina a estas horas?

-Hacemos pan.

-¿A las once de la noche?

-Es una receta de fermentación lenta.

-Qué convincente -murmuró Lucía.

-Gracias.

Habían llegado por separado, a intervalos de cinco minutos, con la discreción de quien ha visto demasiadas películas. Valentina entró la tercera, con el abrigo hasta las orejas y la bufanda de su madre dándole dos vueltas al cuello. Mateo había sido el último, pálido, con ojeras de varias noches y un papel doblado apretado en el puño. Doña Elvira presidía desde una banqueta, con un termo de café y un plato de galletas, y en la sombra, brazos cruzados y barba hirsuta, Rufino vigilaba la puerta como un dragón con delantal.

-Teniente Beltrán -dijo Adrián-. Repita lo que me dijo.

Mateo desplegó el papel sobre la mesa y lo alisó con las manos, que le temblaban un poco.

-Es una orden de traslado definitivo de la verdadera Valentina Rojas Mendoza al Pabellón Norte. Con firma pendiente de la recluta 4471-B.

-Es decir, de mí -aclaró Valentina.

-De usted.

-Que ni siquiera sé que existo en el pabellón.

-Exacto.

-Qué enredo.

-Si usted firma mañana la declaración de consolidación -prosiguió Mateo-, el expediente de la otra queda cerrado. Y con él, cualquier posibilidad de reclamarla.

-O sea que nos quieren como el pan y la mantequilla -intervino Rufino, desde su rincón-. Una por una, y a las dos por el mismo precio.

-Mala analogía -dijo Lucía.

-Es la que tengo. Soy cocinero.

-Perdón. Continúe, teniente.

-Sobre la fecha -Mateo se rascó la nuca-, hay un detalle. Al copiar el documento, con las prisas, se me emborronó la hora. Yo leí «06:00».

-¿Seis de la mañana? -preguntó Daniel-. La ceremonia es a las diez.

-Por eso he vuelto a mirar la copia. Creo que era «18:00».

-¿Cree?

-Mi letra es horrible.

-Eso se nota -admitió Valentina, ladeando la cabeza-. ¿Eso que pone abajo es una firma o un electrocardiograma?

-Es mi apunte de observaciones.

-Es un dibujo de montañas.

-Es una firma de notario.

-Mateo -cortó Adrián-, ¿seis de la tarde, entonces?

-Seis de la tarde de mañana. Justo después de la ceremonia.

-Eso nos da una noche y una mañana.

-Y la ceremonia -añadió doña Elvira, mojando una galleta en el café-. Que es donde pondrán el papel delante de la niña.

-Y donde su madre estará sentada en primera fila -murmuró Valentina.

-Entonces, mejor -dijo la anciana, con una sonrisa serena-. Una madre en primera fila es la mejor armadura que existe.

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Adrián recorrió la cocina con paso lento, las manos a la espalda y el ceño fruncido. Aquella noche no llevaba el uniforme de gala. Llevaba una chaqueta oscura sin insignias, camisa de manga larga y un gesto de concentración que Valentina conocía bien y que, por alguna razón, la tranquilizaba.

-Necesitamos tres cosas -dijo al fin-. Primero, confirmar que la verdadera Valentina Rojas está viva y en el Pabellón Norte.

-Segundo -añadió Mateo-, descubrir quién la custodia.

-Y tercero -terminó Adrián-, evitar que la recluta Rojas firme mañana, sin delatar que sabemos lo que sabemos.

-Esa es la parte divertida -dijo Valentina.

-Lo dudo.

-Pues a mí me encanta.

-Eso me preocupa.

-Soy una persona muy preocupante.

-Lo sé.

-Cuando acaben de coquetear -interrumpió Lucía, sin levantar la vista de su libreta-, ¿podemos pasar a los detalles?

Valentina se puso del color de una granada. Adrián se aclaró la garganta con tanta fuerza que Rufino arqueó una ceja.

-No estábamos coqueteando -dijo el general.

-Claro.

-Era un intercambio profesional.

-Muy cálido.

-Montenegro.

-Callo, callo.

Irene, que hasta entonces había estado afilando lápices con una devoción sospechosa, levantó la mano.

-Tengo una propuesta.

-Adelante, soldado Paz.

-Un incendio controlado.

-No.

-Pequeño.

-No.

-Solo en un cubo.

-Irene -dijo Daniel con suavidad-, ya hemos hablado de eso.

-Pero el humo distrae.

-También alerta a los bomberos.

-Qué desperdicio de talento -suspiró ella, volviendo a sus lápices.

Lucía carraspeó y pasó la libreta a Adrián. Había dibujado un croquis de la base con flechas, círculos y una leyenda en la esquina inferior que decía «Zona peligrosa - aquí vive el miedo».

-Según mis cálculos -explicó-, la ronda de guardia del Pabellón Norte cambia a las doce y cuarto. Hay una ventana de ocho minutos entre los dos turnos. Si alguien consigue distraer al puesto principal durante ese tiempo, podemos acercarnos por el lado oeste, donde no hay focos.

-¿De dónde ha sacado esa información?

-Del cabo Sepúlveda.

-¿Se la dio?

-Se la dio Mariana.

-¿Mariana?

-La prima de Valentina. Ha estado hablando con él toda la tarde.

-Dios mío.

-Es una mujer de recursos.

-Mi prima -susurró Valentina- es un arma de destrucción masiva.

-Y esta noche está de nuestro lado -dijo Lucía-. Aprovechémosla.

-¿Y quién distrae al puesto principal? -preguntó Adrián.

Hubo un silencio.

Todos se miraron. Fue doña Elvira quien rompió el hechizo, con una risita seca.

-Yo conozco a alguien con muy buenas dotes para eso.




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