Un Escándalo Uniformado

Capítulo 21: Bajo la tercera baldosa

A las once y cuarenta de la noche, siete personas con ropa oscura, un termo de chocolate y una moral muy variable avanzaban en fila india entre los cipreses retorcidos de la capilla vieja.

Un octavo participante, de plumas marrones y carácter irascible, las seguía a dos metros de distancia por razones que nadie había logrado aclarar.

-¿Por qué nos sigue el gallo? -susurró Daniel.

-Dice Rufino que es un buen guardián -respondió Lucía.

-¿De qué?

-De lo que sea.

-Hace diez minutos intentó picarme el tobillo.

-Es su forma de decir que te aprecia.

-Qué cariñoso.

Abría la marcha el general Ferrer, con una linterna tapada con la mano y la mirada fija en el edificio de piedra gris. Detrás iban Valentina, con la bufanda de su madre anudada al cuello, y Mateo, con una pala pequeña al hombro que había tomado prestada del huerto de Rufino. Cerraban el grupo Lucía, Irene y Daniel, y, arrastrando los pies con una gracia fantasmal, el sargento Ibáñez, que había aparecido en el último momento en pijama, con los ojos cerrados y un cubo de fregona en la mano.

-¿Alguien le ha explicado adónde vamos? -preguntó Valentina.

-Nadie.

-¿Y por qué viene?

-Se levantó solo.

-¿Y por qué lleva el cubo?

-Dice que es por si hay que achicar agua.

-¿Hay agua en la capilla?

-No.

-Entonces, ¿para qué?

-Es un sonámbulo con previsión.

Ibáñez, sin abrir los ojos, murmuró algo sobre un informe y se tropezó con una raíz. Irene lo sostuvo con una mano.

-Cuidado, sargento.

-Yo cumplí... yo cumplí...

-Lo sabemos. Siga caminando.

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La puerta de la capilla chirrió con el mismo lamento de siempre. El interior olía igual: polvo, cera vieja y un fondo persistente de vainilla que, esta vez, venía de un rincón donde alguien había dejado una bandeja de magdalenas con una nota que decía *«Para los valientes. E.»*

-Doña Elvira -sonrió Valentina-. Siempre un paso por delante.

-Y con cuarenta años de práctica -añadió Mateo.

-No toquéis nada -ordenó Adrián.

-Llevo una magdalena en la mano.

-Aparte de las magdalenas.

La luz de dos linternas recorrió la nave. Los bancos desvencijados, el altar cubierto con su sábana, el ventanal alto por donde entraba un hilo de luna. Un murciélago pasó rozando la cabeza de Irene, que soltó un chillido ahogado y se refugió detrás de Daniel.

-No es nada -la tranquilizó él.

-Tiene alas.

-Es un murciélago.

-Tiene colmillos.

-Tiene sueño.

-Yo también.

-Vamos, Irene.

-Si me muerde, lo quemo.

-Nadie va a quemar nada -dijo Adrián, sin volverse.

-Un fuego pequeñito.

-Soldado Paz.

-Perdón, mi general.

Se acercaron al altar en silencio. Era una estructura de piedra maciza, de metro y medio de ancho, con un frontal tallado en relieves casi borrados por los años: una cruz, unas espigas, algo que podía ser un ángel o un pato. Frente a él, el suelo estaba cubierto de baldosas cuadradas de un gris desvaído, algunas rotas, otras hundidas, todas igual de aburridas.

-Tercera baldosa -dijo Valentina-. ¿Desde dónde?

-La nota no lo dice.

-¿Desde la izquierda?

-¿O desde la derecha?

-¿Desde el altar?

-¿O desde la puerta?

-Madre mía -suspiró Lucía-. Un enigma con cuatro soluciones.

-Probemos las cuatro -propuso Mateo.

-Con cuidado.

Se pusieron manos a la obra. Mateo clavó la pala en la rendija de la tercera baldosa contando desde la izquierda del altar. La piedra no se movió. Adrián probó con la tercera de la derecha. Nada. Daniel golpeó con los nudillos la tercera desde la puerta, y sonó a hueco.

-¡Aquí!

-¿Seguro?

-Suena distinto.

-Suena a hueco -confirmó Lucía, pegando la oreja al suelo-. O a que hay un fantasma con tos.

Entre Mateo y Adrián encajaron la pala bajo el borde. La baldosa cedió con un crujido seco, levantando una nube de polvo gris. Debajo, en lugar de tierra, había una oquedad cuadrada, forrada de cuero viejo, y en el fondo, envuelto en un paño verde, un bulto del tamaño de un libro grande.

Todos contuvieron el aliento.

-¿Quién lo saca? -susurró Irene.

-Yo -dijo Valentina.

-Es una trampa.

-Es una caja.

-Con una cuerda.

-Es un cordel.

-Es una trampa con cordel.

-Irene, por favor.

Valentina metió la mano y sacó el bulto con las dos manos, con una delicadeza casi litúrgica. Lo dejó sobre el altar, desató el cordel y fue apartando el paño verde con dedos temblorosos.

Dentro había un cuaderno de tapas negras, una cinta de casete con la etiqueta rota, una llave pequeña de bronce y un sobre cerrado con un nombre escrito a mano, en una letra elegante, inclinada, que Adrián reconoció al instante.

Para mi hijo Adrián.

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El silencio se hizo tan denso que el gallo, desde la puerta, dejó de rascar el suelo.

Adrián no se movió. Tenía los ojos fijos en el sobre, la mandíbula rígida y los brazos colgando a los costados, como un hombre al que han dejado sin órdenes.

-Es la letra de mi padre -dijo, con una voz que no parecía suya.

-Lo sé -susurró Valentina.

-Hace quince años que no la veía.

-Ábrelo.

-No puedo.

-Sí puedes.

-No sé si quiero.

Valentina le tomó la mano. La tenía fría, rígida, apretada en un puño. La abrió con suavidad, dedo a dedo, y puso en ella el sobre.

-No tienes que leerlo ahora -dijo.

-Quiero que estés aquí.

-Estoy aquí.

-Y los demás...

-Nos damos la vuelta -dijo Lucía, y empujó con firmeza a Irene y a Daniel hacia el fondo de la nave-. Vamos a mirar los murciélagos.

-¡No quiero mirar los murciélagos!

-Se mira lo que se pueda, Irene.

Mateo, tras un instante de duda, giró también sobre sus talones y se puso a inspeccionar con una atención absurda una vela apagada. Ibáñez, que había encontrado un banco donde sentarse sin dejar de dormir, roncaba con serenidad.




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