Un Escándalo Uniformado

Capítulo 22: Seis horas, un cubo y un sonámbulo

Hay situaciones en las que un grupo de personas razonables debería mantener la calma, analizar el problema y proponer soluciones ordenadas.

Aquella no fue una de ellas.

-¡Yo lo dije! -gimió Irene, caminando en círculos por la cripta-. ¡Dije que era una trampa! ¡Con cordel!

-Dijiste que el cordel era una trampa -corrigió Daniel.

-¡Y lo era!

-Era un cordel.

-¡Con intenciones!

-Irene, respira.

-¡No puedo! ¡Estamos enterrados vivos!

-Estamos en una cripta con una jarra de agua, una mesa y pan de ayer.

-¡Eso es exactamente lo que dirían en una película de terror!

-No es una película.

-¡Ya lo sé! ¡Por eso me da más miedo!

Lucía la tomó por los hombros con firmeza.

-Escúchame. Somos siete personas inteligentes, un general, un teniente y un sargento dormido. Hemos sobrevivido a un zorrillo, a una tormenta y a un auditor. Una trampilla no nos va a vencer.

-¿Y si Villalobos vuelve?

-Entonces tendrá que enfrentarse a Irene Paz.

-¿Yo?

-Tú.

-¿Y qué hago?

-Lo que mejor sabes.

Los ojos de Irene se iluminaron como dos farolillos.

-¿Un incendio?

-No -dijeron todos a la vez.

---

Adrián llevaba diez minutos subiendo y bajando la escalera de caracol, examinando cada peldaño con la linterna, como un arquitecto buscando una grieta en una catedral. Habían intentado forzar la trampilla con la pala, con el hombro, con un banco, con la fuerza combinada de tres hombres y dos mujeres y con una patada de Valentina que solo consiguió que se le torciera el tobillo.

-Está atrancada por fuera -dijo Adrián, secándose el sudor de la frente-. Quien sea que haya puesto el cerrojo, lo hizo bien.

-¿Y los muros? -preguntó Mateo.

-Son de piedra maciza.

-¿Hay otra salida?

-Si la hay, está bien escondida.

-Esta cripta es muy antigua -dijo Valentina, acariciando con los dedos la pared del fondo-. Alguien la construyó con una idea. Los nichos son para los muertos, pero la mesa y la vela son para los vivos. Alguien ha pasado aquí mucho tiempo.

-Mi padre -murmuró Adrián.

-O el tuyo, Mateo.

-O los dos.

-¿Se escondían aquí?

-Eso parece.

-Entonces tiene que haber otra salida -dijo Valentina-. Nadie se esconde en un sitio sin escape.

-Un hombre sensato, sí. Pero esos dos eran oficiales.

-¿Y qué?

-Que a veces no saben distinguir un escondite de una tumba.

Hubo un silencio incómodo. Lucía soltó una risita nerviosa.

-Qué optimista eres.

-Es mi encanto.

-Ahora sí que me caes bien, general.

-Adrián.

-Adrián.

-Gracias.

Valentina, que seguía recorriendo la pared con las yemas de los dedos, se detuvo en seco.

-Esperad.

-¿Qué?

-Aquí hay una corriente.

Todos se acercaron. Un hilo de aire frío salía de una grieta casi invisible entre dos nichos, tan fino que apenas movía la llama de la linterna. Mateo se arrodilló, acercó la mano y asintió.

-Detrás hay un espacio.

-¿Una puerta?

-O un conducto.

-¿Se puede abrir?

-Con la palanca adecuada.

Adrián tomó la pala. Mateo, un trozo de madera de la mesa. Entre los dos metieron las puntas en la rendija y empujaron con todas sus fuerzas. La piedra crujió, tembló, pero no se movió.

-Necesitamos más peso.

-O un truco.

-O un milagro.

Un ronquido largo, grave y satisfecho atravesó el silencio. Todos se giraron hacia el nicho donde, hecho un ovillo dentro de su pijama a rayas, dormía el sargento Ibáñez.

-Sargento -dijo Lucía, con una chispa en los ojos-. ¿Cuánto pesa usted?

-Hmmm -respondió Ibáñez, sin abrir un ojo.

-¿Setenta y cinco? ¿Ochenta?

-Cumplí órdenes.

-Ya lo sabemos. ¿Y qué hace usted cuando camina dormido?

-Camino.

-¿Y adónde?

-Adonde sea.

-¿Y si le damos una orden?

-Obedezco.

Lucía miró a los demás con una sonrisa maléfica.

-Tengo una idea.

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Fue Daniel quien se encargó de dar la orden, porque tenía la voz más grave y, según Lucía, «una autoridad natural de oso amable». Se plantó frente al nicho, se aclaró la garganta y habló con la solemnidad de un oficial de alto rango.

-Sargento Ibáñez.

-¿Mande? -murmuró el aludido, abriendo un ojo que no veía nada.

-Orden urgente del Alto Mando. Debe cargar contra el muro del fondo.

-¿Contra el muro?

-Con toda la fuerza de su batallón.

-¿Cuántos hombres?

-Solo usted.

-¿Y la artillería?

-No hay artillería.

-Qué mala planificación.

-Es una operación secreta.

-Entonces es muy importante.

-Importantísima.

-Cumpliré.

Ibáñez se incorporó con los ojos cerrados, se alisó el pijama con un gesto de dignidad, aferró el cubo de fregona como si fuera un escudo y echó a andar en línea recta hacia la pared del fondo. Los demás se apartaron, conteniendo la respiración. Valentina se agarró del brazo de Adrián.

-¿Crees que funcionará?

-No tengo ni idea.

-¿Y si se hace daño?

-Lleva cubo.

-¿Para qué sirve el cubo?

-No lo sé. Pero en este grupo todo tiene una función misteriosa.

Ibáñez llegó al muro. Se detuvo medio segundo, murmuró «por la patria» y arremetió con el hombro derecho. El golpe resonó como un cañonazo. La piedra tembló. Una nube de polvo descendió del techo. Y, con un crujido profundo, la sección de pared entre los dos nichos giró sobre un eje invisible, revelando un pasadizo oscuro y estrecho que se perdía en las profundidades.

El sargento, impulsado por su propia inercia, atravesó el umbral, tropezó con un escalón, perdió el cubo, dio dos volteretas y desapareció en la oscuridad con un grito largo, muy digno, que se fue apagando poco a poco.

-¡SARGENTOOOO!

-¡Está bien! -gritó una voz lejana, un poco aturdida-. ¡He llegado!

-¿Adónde?

-¡No lo sé! ¡Pero hay un suelo blandito!




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