Hay momentos en que el cuerpo decide por uno. El de Valentina decidió lanzarse contra la reja de hierro con una fuerza digna de un ariete medieval.
-¡Mamá! -gritó, agarrándose a los barrotes-. ¡MAMÁ!
-Chist -susurró Adrián, sujetándola por la cintura-. Si te oyen, la usarán contra nosotros.
-¡Es mi madre!
-Lo sé.
-¡La tiene él!
-Lo sé.
-¡Suéltame!
-No hasta que me prometas pensar antes de actuar.
-¡Tú nunca lo haces!
-Por eso mismo te lo pido. Alguien tiene que aprender de mis errores.
Valentina dejó de forcejear. Respiró hondo, con los ojos llenos de lágrimas y los puños blancos alrededor del hierro oxidado, y asintió una sola vez.
-Vale. Pienso.
-Gracias.
-Pero rápido.
-Eso sí.
Al otro lado de la reja, la muchacha del camisón se había pegado a la pared, con los ojos desorbitados y el llavero de plata apretado contra el pecho. Fuera de la habitación, los pasos se detuvieron. Una llave giró en la cerradura. Y la voz de Villalobos, suave como un terciopelo con cuchillas, se coló por debajo de la puerta.
-Pase, señora Mendoza. Por favor. Le prometí que vería a su hija.
-Usted no me prometió nada -replicó Carmen, con un temblor que no conseguía ocultar la indignación-. Usted me dijo que mi hija estaba enferma y que había que trasladarla de urgencia.
-Y es verdad.
-¡Mi hija estaba perfectamente anoche!
-Las apariencias engañan.
-¡Pues su cara también!
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En la oscuridad del túnel, siete personas contuvieron la respiración.
-Tenemos que abrir esa reja -susurró Mateo.
-¿Con qué? -preguntó Lucía.
-Con lo que haya.
-Tengo una pala -ofreció Daniel.
-Y yo un cubo de fregona -añadió Ibáñez, con solemnidad.
-Y yo -dijo Irene, sacando algo del pelo con un gesto triunfal- mis horquillas.
Todos se giraron a mirarla.
-¿Tus horquillas? -preguntó Valentina.
-Son de las buenas. Mi abuelo era cerrajero.
-¿Tu abuelo?
-Y me enseñó un par de trucos. Sobre todo, a no hablar de ellos.
Se arrodilló junto a la cerradura de la reja, doblando una horquilla entre los dedos con una destreza que dejó boquiabierto al grupo. Introdujo la primera en el ojo del candado, la segunda a continuación, y empezó a mover las muñecas con los ojos cerrados y la lengua entre los dientes.
-Irene -murmuró Daniel, fascinado-, ¿tú eres una delincuente?
-Soy una artista.
-¿Y por qué quieres incendiarlo todo?
-Porque eso sí que es delito.
-Qué principios tan raros.
-Cada uno tiene los suyos.
Al otro lado de la pared, la conversación seguía.
-Mire -decía Villalobos, con una paciencia de institutriz-, la situación es muy simple. Su hija, la señorita Rojas, firmó ayer una declaración que no debió firmar. Y con ello ha puesto en peligro a muchas personas importantes. Yo solo pretendo recuperar el control de la situación.
-¿Y para eso me trae a un cuarto con otra chica?
-Esa chica es su hija.
-No lo es.
-Legalmente, sí.
-¡Yo sé quién es mi hija!
-Y yo sé quién es el expediente 4471-A.
-¡Pues entonces sabe que la que tiene delante no es la mía!
La voz de Carmen había subido media octava. Valentina, pegada a la reja, apretó los labios para no reír entre lágrimas. Aquella era su madre: asustada, secuestrada y absolutamente incapaz de dejarse intimidar.
-Señora -dijo Villalobos-, voy a pedirle que se siente.
-No me da la gana.
-Es una petición educada.
-Y esta es una respuesta educada.
-Señora Mendoza...
-Y no me llame señora con ese tono.
-¿Con qué tono?
-Con el de quien está a punto de hacer algo feo.
Hubo un silencio brevísimo. Después, el sonido inconfundible de una silla arrastrada.
-Guardia -dijo Villalobos, sin alterar la voz-. Acompañe a la señora.
-¡Me toca y le doy con el bolso!
-No será necesario.
-¡Lleva lentejas!
-Ya lo sé.
-¡Dos kilos!
Un clic seco. La horquilla de Irene giró una última vez, y el candado de la reja cedió con un chasquido suave.
-¡Listo! -susurró ella, con la cara iluminada de orgullo.
-Eres una genio -dijo Lucía.
-Soy una genio con una infancia complicada.
-Ahora, en silencio -ordenó Adrián, tomando la pistola con la mano derecha y la linterna con la izquierda-. Valentina, tú conmigo. Mateo, por la izquierda. Ibáñez, detrás de mí. Los demás, protegen a la chica.
-¿Con qué? -preguntó Daniel.
-Con ingenio.
-Qué poco concreto.
-Es todo lo que tengo.
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La reja se abrió con un chirrido breve. Adrián se deslizó por el hueco, seguido de Valentina, de Mateo y del sargento Ibáñez, que avanzaba con el cubo de fregona levantado a modo de escudo. Cruzaron un pasillo corto, de paredes encaladas, y se detuvieron ante una puerta de madera con un ojo de buey.
Desde allí se veía el interior de la habitación.
Villalobos estaba de pie junto a la cama, con las manos a la espalda y la sonrisa impecable. A su lado, tensa como un resorte, con el bolso aferrado contra el pecho y las gafas torcidas sobre la nariz, estaba Carmen Mendoza. Un guardia de uniforme gris, el de la noche anterior, flanqueaba la puerta con una pistola enfundada a la cintura. Y en el rincón más lejano, la verdadera Valentina Rojas Mendoza, con el camisón claro y los ojos muy abiertos, buscaba con la mirada un lugar por donde escapar.
No había por dónde.
-Escúcheme bien -estaba diciendo Villalobos-. No quiero hacerle daño a nadie. Lo único que necesito es que su hija, la que firmó ayer, retire su denuncia por escrito. Sin presiones, sin amenazas. Solo una nota breve.
-¿Y si no lo hace?
-Entonces tendré que tomar medidas.
-¿Qué medidas?
-Desagradables.
-¿Para quién?
-Para todos.
Carmen levantó la barbilla y lo miró con una dignidad que habría hecho temblar a un tribunal.
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Editado: 08.10.2026