Un Escándalo Uniformado

Capítulo 23: Dos Valentinas y un huracán con bolso

Hay momentos en que el cuerpo decide por uno. El de Valentina decidió lanzarse contra la reja de hierro con una fuerza digna de un ariete medieval.

-¡Mamá! -gritó, agarrándose a los barrotes-. ¡MAMÁ!

-Chist -susurró Adrián, sujetándola por la cintura-. Si te oyen, la usarán contra nosotros.

-¡Es mi madre!

-Lo sé.

-¡La tiene él!

-Lo sé.

-¡Suéltame!

-No hasta que me prometas pensar antes de actuar.

-¡Tú nunca lo haces!

-Por eso mismo te lo pido. Alguien tiene que aprender de mis errores.

Valentina dejó de forcejear. Respiró hondo, con los ojos llenos de lágrimas y los puños blancos alrededor del hierro oxidado, y asintió una sola vez.

-Vale. Pienso.

-Gracias.

-Pero rápido.

-Eso sí.

Al otro lado de la reja, la muchacha del camisón se había pegado a la pared, con los ojos desorbitados y el llavero de plata apretado contra el pecho. Fuera de la habitación, los pasos se detuvieron. Una llave giró en la cerradura. Y la voz de Villalobos, suave como un terciopelo con cuchillas, se coló por debajo de la puerta.

-Pase, señora Mendoza. Por favor. Le prometí que vería a su hija.

-Usted no me prometió nada -replicó Carmen, con un temblor que no conseguía ocultar la indignación-. Usted me dijo que mi hija estaba enferma y que había que trasladarla de urgencia.

-Y es verdad.

-¡Mi hija estaba perfectamente anoche!

-Las apariencias engañan.

-¡Pues su cara también!

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En la oscuridad del túnel, siete personas contuvieron la respiración.

-Tenemos que abrir esa reja -susurró Mateo.

-¿Con qué? -preguntó Lucía.

-Con lo que haya.

-Tengo una pala -ofreció Daniel.

-Y yo un cubo de fregona -añadió Ibáñez, con solemnidad.

-Y yo -dijo Irene, sacando algo del pelo con un gesto triunfal- mis horquillas.

Todos se giraron a mirarla.

-¿Tus horquillas? -preguntó Valentina.

-Son de las buenas. Mi abuelo era cerrajero.

-¿Tu abuelo?

-Y me enseñó un par de trucos. Sobre todo, a no hablar de ellos.

Se arrodilló junto a la cerradura de la reja, doblando una horquilla entre los dedos con una destreza que dejó boquiabierto al grupo. Introdujo la primera en el ojo del candado, la segunda a continuación, y empezó a mover las muñecas con los ojos cerrados y la lengua entre los dientes.

-Irene -murmuró Daniel, fascinado-, ¿tú eres una delincuente?

-Soy una artista.

-¿Y por qué quieres incendiarlo todo?

-Porque eso sí que es delito.

-Qué principios tan raros.

-Cada uno tiene los suyos.

Al otro lado de la pared, la conversación seguía.

-Mire -decía Villalobos, con una paciencia de institutriz-, la situación es muy simple. Su hija, la señorita Rojas, firmó ayer una declaración que no debió firmar. Y con ello ha puesto en peligro a muchas personas importantes. Yo solo pretendo recuperar el control de la situación.

-¿Y para eso me trae a un cuarto con otra chica?

-Esa chica es su hija.

-No lo es.

-Legalmente, sí.

-¡Yo sé quién es mi hija!

-Y yo sé quién es el expediente 4471-A.

-¡Pues entonces sabe que la que tiene delante no es la mía!

La voz de Carmen había subido media octava. Valentina, pegada a la reja, apretó los labios para no reír entre lágrimas. Aquella era su madre: asustada, secuestrada y absolutamente incapaz de dejarse intimidar.

-Señora -dijo Villalobos-, voy a pedirle que se siente.

-No me da la gana.

-Es una petición educada.

-Y esta es una respuesta educada.

-Señora Mendoza...

-Y no me llame señora con ese tono.

-¿Con qué tono?

-Con el de quien está a punto de hacer algo feo.

Hubo un silencio brevísimo. Después, el sonido inconfundible de una silla arrastrada.

-Guardia -dijo Villalobos, sin alterar la voz-. Acompañe a la señora.

-¡Me toca y le doy con el bolso!

-No será necesario.

-¡Lleva lentejas!

-Ya lo sé.

-¡Dos kilos!

Un clic seco. La horquilla de Irene giró una última vez, y el candado de la reja cedió con un chasquido suave.

-¡Listo! -susurró ella, con la cara iluminada de orgullo.

-Eres una genio -dijo Lucía.

-Soy una genio con una infancia complicada.

-Ahora, en silencio -ordenó Adrián, tomando la pistola con la mano derecha y la linterna con la izquierda-. Valentina, tú conmigo. Mateo, por la izquierda. Ibáñez, detrás de mí. Los demás, protegen a la chica.

-¿Con qué? -preguntó Daniel.

-Con ingenio.

-Qué poco concreto.

-Es todo lo que tengo.

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La reja se abrió con un chirrido breve. Adrián se deslizó por el hueco, seguido de Valentina, de Mateo y del sargento Ibáñez, que avanzaba con el cubo de fregona levantado a modo de escudo. Cruzaron un pasillo corto, de paredes encaladas, y se detuvieron ante una puerta de madera con un ojo de buey.

Desde allí se veía el interior de la habitación.

Villalobos estaba de pie junto a la cama, con las manos a la espalda y la sonrisa impecable. A su lado, tensa como un resorte, con el bolso aferrado contra el pecho y las gafas torcidas sobre la nariz, estaba Carmen Mendoza. Un guardia de uniforme gris, el de la noche anterior, flanqueaba la puerta con una pistola enfundada a la cintura. Y en el rincón más lejano, la verdadera Valentina Rojas Mendoza, con el camisón claro y los ojos muy abiertos, buscaba con la mirada un lugar por donde escapar.

No había por dónde.

-Escúcheme bien -estaba diciendo Villalobos-. No quiero hacerle daño a nadie. Lo único que necesito es que su hija, la que firmó ayer, retire su denuncia por escrito. Sin presiones, sin amenazas. Solo una nota breve.

-¿Y si no lo hace?

-Entonces tendré que tomar medidas.

-¿Qué medidas?

-Desagradables.

-¿Para quién?

-Para todos.

Carmen levantó la barbilla y lo miró con una dignidad que habría hecho temblar a un tribunal.




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