Un Escándalo Uniformado

Capítulo 26: La casa de los rosales

Hay casas que se anuncian con una verja de hierro, un perro guardián y un cartel de «Propiedad privada».

La de los rosales se anunciaba con una fila de gnomos de jardín.

Eran más de cuarenta, de cerámica pintada, alineados a ambos lados del sendero de grava como una guardia de honor en miniatura. Unos llevaban gorro rojo. Otros, regaderas. Uno, el más cercano a la puerta, sostenía una pancarta minúscula que decía BIENVENIDOS, con una sonrisa tan amplia que a Valentina se le erizó la piel.

-Esto es lo más siniestro que he visto en mi vida -murmuró.

-Son de la señora -dijo el conductor, apagando el motor-. Los colecciona.

-¿Y por qué tantos?

-Dice que escuchan.

-Estupendo.

La comisionada Paredes bajó primero, con la carpeta contra el pecho y la mirada esquiva. Le abrió la puerta a Valentina sin pronunciar palabra. Fuera olía a tierra mojada, a rosas, a pan recién horneado y, bajo todo eso, a un perfume dulce, persistente, que a Valentina se le clavó en la memoria como una espina.

Vainilla.

La casa era grande, de piedra blanca, con contraventanas verdes, un porche cubierto de enredaderas y tantos rosales que parecía que alguien hubiera vertido un tarro de pintura roja y rosa sobre el jardín entero. En la puerta, enmarcada por dos macetas de geranios, esperaba un hombre de unos sesenta años, flaco, de pelo blanco peinado con raya, que sostenía una bandeja con una expresión de infinita cortesía.

-Buenas tardes, señorita Rojas. Soy Anselmo. Bienvenida.

-¿Es usted el mayordomo?

-Mayordomo, cocinero, jardinero y, de vez en cuando, escudo humano.

-Qué polivalente.

-Es el sueldo.

-¿Esto es un secuestro?

-Es una invitación con matices.

-Eso suena a secuestro.

-La señora la espera para el té.

Valentina miró a la comisionada. Paredes bajó la vista. Miró al conductor, que se había quitado el sombrero y ahora acariciaba la cabeza de un gnomo con ternura culpable. Miró la bandeja, donde humeaba una taza de porcelana fina junto a un plato de magdalenas que se parecían demasiado a las de doña Elvira.

-No tomo nada -dijo, cruzando los brazos.

-Es un té de menta.

-No.

-Y hay magdalenas.

-Tampoco.

-Son de vainilla.

-Eso no ayuda.

-Está usted en su derecho -suspiró Anselmo, con la resignación de quien repite una frase muchas veces-. Pero la señora es muy insistente. Y se le enfría el té.

---

El salón era una habitación luminosa, de techos altos, con una chimenea de piedra, estanterías llenas de libros encuadernados en cuero y un piano de cola cerrado, cubierto con un mantón de flores. Había alfombras persas, sillones de terciopelo verde, relojes de pared que no marcaban la misma hora, y en cada rincón, sobre cada superficie plana, figuritas de porcelana: pastorcillas, gatos, ángeles, ardillas, cisnes. Valentina contó hasta doscientos y se rindió.

En el centro, junto a una mesa baja con servicio de té completo, había una mujer sentada con una taza entre las manos.

No era la bruja de cuento que Valentina había imaginado durante todo el viaje en coche. No tenía nariz ganchuda, ni verruga, ni capa negra. Era una señora de unos sesenta años, de rostro redondo y suave, mejillas rosadas, ojos castaños muy claros y un moño de pelo gris sujeto con una peineta de nácar. Llevaba un vestido de lana color malva, un collar de perlas pequeñas y un delantal de cocina con una mancha de harina en el bolsillo.

Parecía la abuela que todos querrían tener.

Y eso, comprendió Valentina con un escalofrío, era lo más aterrador de todo.

-Pase, querida -dijo la señora, con una voz cálida, pausada, que a Valentina le recordó una nana-. Siéntese. Le he preparado el sillón junto a la ventana, que da el sol.

-Prefiero estar de pie.

-Qué valiente.

-Es que si me siento, me secuestran.

-Ya la han secuestrado, hija. Sentarse no cambia nada.

Se oyó una risita contenida desde la puerta. Paredes, apoyada en el marco, había bajado la cabeza con una expresión de profundo malestar. La señora la miró con una dulzura casi maternal.

-Gracias, Elena. Puedes retirarte.

-Señora, yo...

-Descansa. Has conducido mucho.

-Pero...

-Anselmo te servirá algo.

La comisionada Paredes dudó un segundo. Sus ojos buscaron los de Valentina con una especie de súplica silenciosa, y después, con pasos lentos, salió de la sala y cerró la puerta tras ella.

Quedaron las dos solas. Bueno, solas del todo no. Desde un rincón, en una jaula dorada, un loro de plumas verdes ladeó la cabeza, abrió el pico y graznó con voz de funcionario:

-¡Firme aquí!

Valentina dio un salto.

-¡¿Qué ha dicho?!

-Es Benito -sonrió la señora-. Lleva trece años con nosotros. Tiene un vocabulario reducido.

-¡Firme aquí!

-¿Lo ha oído? Una frase de mi marido. Siempre decía lo mismo cuando traía papeles a casa.

-Qué encantador.

-Es un loro. Repite lo que oye.

-Eso explica muchas cosas.

-¿Verdad que sí?

La señora dejó la taza sobre el platillo con un tintineo de porcelana, juntó las manos sobre el regazo y miró a Valentina con una ternura tan sincera que casi daba ganas de creerla.

-Qué alegría conocerla por fin, Valentina. He oído hablar tanto de usted.

-¿Ah, sí?

-Mi hijo me escribe cartas.

El suelo desapareció bajo los pies de Valentina.

-¿Su hijo?

-Mateo. Un chico encantador. Un poco despistado, como su padre. Pero muy bueno. Me cuenta todo lo que ocurre en la academia: las magdalenas, la manguera, el zorrillo...

-El zorrillo -repitió Valentina, con un hilo de voz.

-Qué situación tan peculiar. ¿Funcionó el tomate?

-¿Cómo?

-Mi receta. Se la di a Irene por carta. La chica tiene un talento especial para los remedios caseros.

-¡¿Usted le dio la idea del tomate?!

-Con todo mi cariño.

-Pero eso... eso es...




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