Un Escándalo Uniformado

Capítulo 28: Un loro con memoria

Hay silencios que se pueden cortar con un cuchillo, silencios que se pueden cortar con un hacha y silencios como el que cayó sobre aquel salón, que solo habrían cedido ante un cañón.

Nadie respiraba. Los relojes, todos con la hora equivocada, seguían tictaqueando con indiferencia. El fuego chisporroteaba. Sobre el piano, el gallo había abierto un ojo con la expresión de un juez que ha visto entrar al acusado.

Leonor Beltrán, de pie junto a la chimenea, con la taza de té temblándole entre los dedos, miraba a la joven esposada con una intensidad que parecía capaz de atravesar las paredes.

-Clara -susurró.

La joven levantó la cabeza.

-¿Cómo ha dicho?

-Clara. -A Leonor se le quebró la voz-. Querías llamarte Clara.

-¿Cómo lo sabe?

-Porque es el nombre que yo te iba a poner.

La muchacha parpadeó. Tenía los ojos castaños muy claros, las mejillas redondas, un hoyuelo en la barbilla y en el cuello la estrella de plata de seis puntas, que le temblaba sobre el vestido gris al compás de la respiración.

-En el orfanato me llamaban Valentina -dijo despacio-. Pero yo siempre me presentaba como Clara. Las monjas decían que era una tontería. Que no tenía por qué.

-¿Y por qué lo hacías?

-Porque de pequeña, cuando preguntaba mi nombre verdadero, una de las hermanas me contó que me habían dejado con una nota. Una sola palabra, escrita a lápiz, prendida a la manta.

-¿Qué palabra?

-Clara.

Leonor soltó un sollozo que le arrancó el aire de los pulmones. Dio un paso adelante. Después otro. Dos hombres de uniforme oscuro levantaron sus armas con un chasquido metálico, y ella se detuvo en seco, con las manos extendidas y los ojos arrasados.

-Quietecita, señora -dijo Villalobos, sin perder la sonrisa torcida-. Todavía no hemos llegado a esa parte del programa.

-Es mi hija.

-Eso ya lo sé. Por eso la he traído.

-Gaspar...

-No me llame Gaspar. Hoy soy el señor Villalobos. Es la noche de los formalismos.

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Se sentó en el sillón de terciopelo verde que Leonor había ocupado hacía un rato, cruzó una pierna sobre la otra, se acomodó la corbata torcida y tomó una magdalena de la bandeja con dos dedos, como quien examina una prueba de laboratorio.

-Vainilla -murmuró, aspirándola-. Siempre vainilla. Tu receta, querida. La única cosa de esta casa que me ha gustado de verdad.

-Cierra la boca -dijo Beltrán, con la voz grave y los puños apretados.

-Fernando, no me hables así delante de las visitas.

-Vas a pagar por lo de Rodrigo.

-Probablemente. Pero no esta noche.

-¿Qué quieres?

-Qué rápido vas al grano. Siempre fuiste un hombre práctico. -Masticó con calma, se limpió una miga del labio-. Quiero cuatro cosas. Una: la llave de bronce.

Adrián, de pie junto a Valentina, no movió un músculo.

-Dos: la cinta. Tres: el cuaderno de tapas negras. Y cuatro, el libro de cuentas de Leonor, que según tengo entendido guarda en un cajón del escritorio de caoba.

-No existe tal libro -dijo ella.

-Querida, tu mentira es tan mala como tu té.

-Mi té está buenísimo -protestó Anselmo, con dignidad herida, desde un rincón.

-Callado, Anselmo.

-Sí, señor.

-Y a cambio -prosiguió Villalobos, con la sonrisa ensanchándose-, les entregaré a la joven Clara. Sana, salva y con todas sus pestañas.

-¿Y qué garantía tenemos de que cumplirá? -preguntó Cortés, con su vocecita educada, sin levantar los ojos de la libreta.

-Mi palabra.

-Qué sólida.

-Teniente coronel, usted es un hombre ingenioso. Pero también mal peinado.

-Es un rasgo familiar.

-Y con muy mal gusto en amistades.

-Eso me lo han dicho.

-Silencio -ordenó Villalobos, alzando una mano-. Les doy hasta el amanecer.

-¿Para qué?

-Para entregar los objetos, firmar un documento que he traído y desaparecer de mi vida. Yo me llevaré lo que necesito. Ustedes se llevarán a la chica. Y el Consejo de Disciplina de las ocho de la mañana...

-¿Qué pasa con él?

-Se celebrará sin pruebas contra mí. Y con un comandante muy ocupado en explicar por qué abandonó su puesto en plena noche.

Adrián apretó la mandíbula. Valentina notó cómo le temblaba un músculo diminuto en la mejilla.

-Qué bien lo ha pensado -dijo él, con una voz de acero helado.

-Llevo quince años pensándolo, comandante. Es lo que tiene la paciencia.

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Hubo un momento de silencio en que nadie supo qué hacer.

Leonor miraba a Clara sin parpadear. Clara miraba a Leonor con los labios entreabiertos y una expresión que oscilaba entre el miedo, la incredulidad y una esperanza tan frágil que parecía poder romperse con un soplo. Beltrán tenía a su mujer cogida del brazo, como si temiera que se desvaneciera. Mateo, blanco como la cal, sostenía en las manos una magdalena aplastada sin darse cuenta.

Doña Elvira se levantó con esfuerzo, apoyándose en el bastón.

-Gaspar Villalobos.

-Doña Elvira. Cuánto tiempo sin probar sus bizcochos.

-Te voy a decir una cosa.

-Dígala.

-Eres el peor alumno que tuve en mi vida.

-¿Disculpe?

-Cuando eras un muchacho, venías a la cocina de la academia a robarme las tartas. Te dije mil veces que si querías algo, lo pidieras. Y nunca lo pediste. Lo tomabas. Y te daba igual de quién fuera.

-Una anécdota entrañable.

-No era una anécdota. Era una señal.

-Siempre fue usted muy sentimental.

-Y tú siempre fuiste muy ladrón.

Se oyó una risita contenida. Provenía de Irene, que se había metido media magdalena en la boca para disimular, y que se atragantó con una migaja y empezó a toser con la cara roja. Lucía le dio unas palmadas en la espalda. Daniel, que se había despertado de golpe, se puso las gafas del revés.

-Señorita -dijo Villalobos, con un deje de fastidio-, ¿le ocurre algo?

-Es... la vainilla -tosió Irene.

-Conozco ese sentimiento.




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