Un año y tres meses después.
La boda de Valentina Rojas Mendoza y Adrián Ferrer se celebró un sábado de octubre, en el jardín de una casa de piedra blanca rodeada de rosales, y desde el primer momento tuvo todo el aspecto de un desastre cuidadosamente planificado.
-Repasemos -dijo Lucía, de pie sobre una silla del vestíbulo, con una libreta en una mano y un megáfono prestado en la otra-. Ceremonia a las seis. Banquete a las siete y media. Baile a las nueve. Fuegos artificiales a las once.
-¿Fuegos artificiales? -preguntó Adrián, desde un rincón, con una expresión de pánico mal disimulada.
-Controlados.
-¿Por quién?
-Por Irene.
-Lucía.
-Tiene un permiso oficial. Lo firmó Cortés. Lo leí tres veces.
-¿Y las horquillas?
-Se las he confiscado. Pero me ha dicho que tiene un plan B.
-Dios mío.
-Respira, comandante.
-Ya no soy comandante.
-Y yo ya no soy recluta. Seguimos siendo igual de peligrosos.
El novio llevaba un traje oscuro, una corbata azul que le había anudado Mateo y una cara de insomnio feliz. Había practicado sus votos durante tres semanas frente al espejo, con el loro de testigo, que tras escucharlos veintisiete veces los repetía con una voz tan parecida a la suya que Anselmo había tenido que sacar la jaula al jardín para que Adrián pudiera concentrarse.
-Te quiero -graznó Benito, desde el aparador del vestíbulo.
-Gracias, Benito.
-Firme aquí.
-Eso es para después.
-Aceptable.
-Ese no es tu vocabulario.
-Se lo enseñó Valentina -explicó Anselmo, con una reverencia-. Dice que es una palabra de familia.
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Arriba, en la habitación del dosel, la novia llevaba cuarenta minutos intentando abrocharse un vestido.
Era un vestido sencillo, de seda color marfil, con un escote discreto y una falda que le rozaba los tobillos. Lo había diseñado ella misma, con ayuda de Clara, que tenía una vocación inesperada por la costura, y de doña Elvira, que aseguraba que «un vestido de novia sin una puntada de abuela trae mala suerte». Tenía bordada, en el dobladillo, una línea diminuta de letra casi invisible. Solo se podía leer arrodillándose.
-Quieta -ordenó Carmen Mendoza, con tres alfileres en la boca.
-Estoy quieta.
-Estás temblando.
-Es el vestido.
-Es el novio.
-También.
-¿Tienes miedo?
-Un poco.
-¿De qué?
-De tropezar.
-Eso es razonable.
-De derribar el altar.
-Lógico.
-De que se incendie algo.
-Esa es Irene.
-De estornudar en los votos.
Carmen soltó una carcajada con los alfileres entre los dientes y casi se pincha un labio. Terminó de abrochar el último botón, giró a su hija por los hombros frente al espejo y se quedó un instante en silencio. El sombrero fucsia, estrenado en la primera boda de la familia en veinte años, le temblaba sobre la cabeza.
-Mírate.
Valentina se miró.
Una mujer de pelo castaño recogido en un moño flojo, con la piel limpia, los ojos brillantes y una sonrisa que no sabía contener. Al cuello, sujeta con una cadena fina, colgaba una estrella de plata de seis puntas. No era la de Tina ni la de Clara. Era la tercera. La que había aparecido, un día cualquiera, en un estuche de terciopelo que Leonor le había hecho llegar con una nota sin remitente.
Para la tercera de cuatro. Por no firmar.
-Estás preciosa -dijo Carmen, con la voz quebrada.
-Estoy hecha un flan.
-Los flanes son preciosos.
-Mamá.
-Y me da igual lo que digas. Tu padre se habría puesto a llorar.
-Lo sé.
-Y habría dicho algo ridículo.
-Como qué.
-«Hija, ese hombre es muy alto, ¿seguro que cabéis en la misma cama?»
Valentina rompió a reír y a llorar a la vez. Carmen la abrazó sin deshacer un solo pliegue del vestido, con una delicadeza que no le habría reconocido nadie que la hubiera visto golpear a un auditor con un bolso.
-Te quiero, mamá.
-Y yo a ti, mi vida. Y ahora vamos, que se enfría el altar.
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Los invitados ocupaban sesenta sillas blancas dispuestas en semicírculo frente a un arco de rosas.
Había un poco de todo, como en una familia numerosa en la que nadie sabe quién es pariente de quién. En primera fila, doña Elvira, con un traje de lana azul y un bastón con un lazo, charlaba con el general retirado Fernando Beltrán, que había engordado cuatro kilos, se había dejado crecer el pelo y llevaba, por primera vez en cuarenta años, una chaqueta de lino sin condecoraciones. A su lado, Leonor, con un vestido malva y una pulsera discreta en la muñeca que dentro de seis meses dejaría de ser necesaria, sostenía la mano de Clara, que no se había separado de ella en todo el día.
-¿Tienes frío, mamá?
-No.
-Tienes la mano helada.
-Es la emoción.
-Pues respira.
-Qué mandona eres.
-Salí a ti.
-Mejor que a tu abuelo.
-Eso no es difícil.
Detrás, Mateo, con un traje gris y una rosa en la solapa, hacía de maestro de ceremonias oficioso, repartiendo programas impresos en papel reciclado. Tina, con un vestido amarillo y el pelo cada vez más largo, le ayudaba con una cesta de pétalos que Irene, desde la última fila, miraba con una intensidad sospechosa.
-Esos pétalos -murmuró Daniel, ajustándose las gafas.
-¿Qué pasa con ellos?
-Son inflamables.
-¿Cómo lo sabes?
-Porque he visto lo que llevas en el bolso.
-Es solo una ayuda decorativa.
-Irene.
-Un fuego chiquitito. Para el final.
-Hay un permiso.
-Pues lo cumpliremos al pie de la letra.
-A mí me da mala espina.
-A mí me da mucha esperanza.
Al fondo, en un rincón de sombra, el sargento Ibáñez, con un traje prestado que le quedaba grande y un cubo de fregona sobre las rodillas, repasaba una lista con una expresión de pánico solemne. Había pasado de ser el sonámbulo de la academia a ser el jefe de seguridad de la boda, cargo que se había concedido a sí mismo con un entusiasmo contagioso.
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Editado: 08.10.2026