Un Escándalo Uniformado

Capítulo extra: Con letra pequeña (según Valentina Rojas)

Cuaderno de tapas negras, página 14. Escrito el domingo por la mañana, con el vestido de novia todavía sobre una silla, una taza de café frío y un gallo mirándome los tobillos.

Lo encontré por casualidad, que es como encuentro casi todo.

Me desperté en un banco de piedra con la chaqueta de mi marido sobre los hombros, cuatro horquillas de Irene en el pelo y la sensación de que la vida me había hecho un regalo que no pensaba devolver. Entré en la casa de los rosales de puntillas, esquivé a Anselmo, que dormía sentado con una bandeja en el regazo, y subí a buscar un vaso de agua. En el despacho del primer piso había un cuaderno de tapas negras abierto sobre la mesa, con la tinta todavía brillante en la última página.

Reconocí la letra al instante. Elegante, inclinada, de hombre que ha practicado caligrafía para no temblar.

Debí cerrarlo. Lo sé. Pero soy una Mendoza, y las Mendoza leemos todo lo que nos ponen delante. Lo aprendí por las malas, con tres firmas y un auditor.

Lo leí de pie, en pijama, con el café enfriándose. Lloré en la página dos, me reí en la cuatro, y cuando llegué a Aceptable, no. Extraordinaria, tuve que sentarme en el suelo y abrazar al gallo, que se dejó con una dignidad sorprendente.

Y entonces pensé: es justo que yo también cuente mi parte.

Así que aquí estoy, con su pluma, en la página siguiente a la suya. Le voy a gastar la tinta. Que se aguante.

---

El día uno (el mío).

Adrián cree que empezó todo cuando yo entré en su despacho. Pero para mí empezó mucho antes, en una silla de plástico diseñada por alguien que odiaba la columna vertebral de la humanidad.

Tenía un plan para aquel martes. Corregir una zeta, comer pasteles de guayaba con Camila y ver mi serie sin interrupciones. Un plan humilde, casi imposible de arruinar. Hasta el día de hoy sigo pensando que lo arruinó el universo entero, con una eficiencia que ya quisieran muchos departamentos.

Cuando llegué a la academia, con la mochila al hombro y la dignidad por los suelos, solo tenía un pensamiento: esto es un error y alguien lo va a corregir. Cruzaba el pasillo de mármol y me crucé con un cuadro de un militar de mirada de águila. Le dije a Ibáñez que tenía cara de estreñimiento.

Después abrí la puerta del despacho.

Él estaba junto al ventanal, de espaldas, con las manos entrelazadas. Se giró despacio, y yo, que llevaba toda la mañana preparada para pelear, olvidé mi discurso entero. Pensé: qué injusto. Qué terriblemente injusto que un hombre tan insoportable tenga esa cara.

Nunca se lo había dicho. Se lo digo ahora, con la mano en el corazón y sin reglamentos que me detengan.

Luego abrió la boca y me dijo que todo estaba en orden.

Quise lanzarle la mochila. Lo juro. Pero entonces ocurrió algo que ni él ni yo hemos mencionado jamás: cuando le dije que iba a averiguar quién había cometido el error y que se iba a tener que disculpar, vi cruzar por su cara una chispa de algo muy raro. No era enfado. Parecía curiosidad. Parecía, pese a todo lo que dijo después, respeto.

Esa noche, en la litera, con Lucía durmiendo abajo, me tapé la cabeza con la manta y me repetí: es mi enemigo. Es la causa de todos mis problemas.
No me lo creí ni yo.

---

Lo que no le dije.

En esta página debería haber una lista, así que la hago, como él.

No le dije que, la primera mañana, cuando me ordenó correr a su lado y me soltó eso de «no me interesa si puede, me interesa si lo intenta», sentí por primera vez que alguien creía en mí sin haberme visto hacer nada bien. Que corrí tres kilómetros por una frase.

No le dije que, en el charco de barro, cuando se le escapó aquel resoplido, estuve a punto de reírme con él. Lo disimulé con una pregunta. Fue lo más cobarde que he hecho en mi vida.

No le dije que conservé la nota del bocadillo, Cene. Es una orden. - A.F., durante meses, doblada en cuatro bajo la almohada. Me la sabía de memoria. La leía cada noche, aunque me avergonzaba. Hoy está enmarcada en el estudio, entre un diploma y un folleto de un cliente con bigote.

No le dije que, el día de la bandera, cuando me advirtió que me presentara a las nueve, me pasé las horas imaginando mil castigos y ninguno me daba tanto miedo como la posibilidad de que me mirara con decepción.

Y no le dije, hasta ahora, que cuando me dio la mano para levantarme en el campo de tiro, sentí una descarga eléctrica. Pensé: es la estática. Pensé: es el uniforme. Pensé: es la altitud. Estábamos a ochenta metros sobre el nivel del mar.

---

Mi versión del armario.

Quiero dejar constancia de que el armario no fue idea mía.

Fue idea suya, como todo lo que acaba con nosotros pegados en espacios pequeños. A las diez y cuarto de aquella noche pensé que éramos la peor pareja de espías de la historia. A las once ya no pensaba nada.

Estaba pegada a su pecho, a oscuras, con una balda de metal clavada en la cadera y un sargento sonámbulo murmurando confesiones. Notaba su respiración sobre mi coronilla. Notaba el calor de su cuerpo atravesando la tela, el peso de su mano sobre mi cintura. Tenía los ojos cerrados y, aun así, lo veía todo.

Dije que estaba muy cerca. Él contestó que lo sabía. Dije que no me incomodaba, y esperé, conteniendo el aliento, a que me mandara callar, o a que me soltara, o a que dijera una frase de reglamento.

Dijo «tampoco a mí».

Dos palabras. No creo haber oído nunca nada más hermoso. En esa oscuridad, con una escoba clavada en la espalda y un sargento diciendo «yo cumplí», entendí que ya no tenía escapatoria.

Cuando se abrieron las puertas y apareció Lucía con la linterna, me alegré y me enfadé a la vez. Todavía no sé cuál de las dos cosas pesó más.

---

La tormenta, según yo.

Una confesión importante: no tenía miedo a los truenos.

Quiero decir, sí lo tenía, como cualquier persona sensata. Pero no tanto. Di un salto la primera vez porque fue de verdad un trueno enorme. Los otros saltos fueron, digamos, un recurso narrativo.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.