Tres meses después del juicio del loro.
Hay carreras que se eligen, carreras que se heredan y carreras que le caen a uno encima como un cubo de fregona.
La de Lucía Montenegro, Irene Paz y Daniel Soto le cayó encima a los tres un martes por la mañana, en el vestíbulo de la Inspección General, mientras esperaban a que alguien los recibiera con las licencias de baja bajo el brazo y el uniforme planchado por última vez.
-No sé qué voy a hacer con mi vida -dijo Daniel, ajustándose las gafas por décima vez.
-Yo tengo planes -respondió Irene.
-Los tuyos son ilegales.
-Algunos.
-Lucía, dile algo.
Lucía no contestó. Llevaba veinte minutos con la libreta abierta sobre las rodillas, tachando y reescribiendo una lista titulada **FUTURO (VERSIÓN 7)**. Las seis anteriores estaban dobladas en el bolsillo de la chaqueta, con anotaciones como «¿academia de policía?», «¿vender pan con Rufino?» y «¿abogada?». Esta última tenía un signo de interrogación tan grande que casi había roto el papel.
-Estoy pensando.
-Llevas tres meses pensando.
-Es una decisión importante.
-Es una decisión que se toma con el estómago lleno -dijo Irene, y sacó de su bolso un tupper de tortilla que Carmen Mendoza le había metido a la fuerza el domingo anterior.
Se oyeron unos pasos medidos, educados, de suela blanda. Por el pasillo apareció el teniente coronel Aníbal Cortés, con su libreta bajo el brazo, sus gafas redondas y la expresión de un hombre que lleva demasiadas horas pensando en papeles.
-Buenos días, jóvenes.
-¡Mi teniente coronel! -Se levantaron los tres de golpe, y la libreta de Lucía salió volando.
-Descansen, descansen. Ya no son reclutas. Y yo ya casi no soy teniente coronel.
-¿Cómo?
-Me han ascendido a coronel. Hace una semana. -Esbozó una sonrisa tímida-. Peláez me ha mandado una tarta.
-¡Felicidades!
-Gracias. Pero no los he llamado para hablar de mí.
Cortés los condujo a un despacho pequeño, con una mesa de roble, tres sillas y un ventanal que daba a un patio con un naranjo. Sobre la mesa había una carpeta marrón, gruesa como un diccionario, y encima, en equilibrio, un plato con tres magdalenas.
-Son de Mateo -explicó-. Sirven para negociar.
-¿Negociar qué? -preguntó Lucía, con los ojos entornados.
-Un empleo.
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La propuesta era sencilla, aunque Cortés tardó cuarenta minutos en exponerla.
Desde el escándalo de las altas ficticias, la Inspección General había recibido más de trescientas denuncias de irregularidades administrativas en todo el país: ayuntamientos con funcionarios inexistentes, cuarteles con almacenes fantasma, asociaciones de veteranos que cobraban pensiones de difuntos. Muchas eran falsas alarmas. Pero algunas no, y los inspectores de siempre, hombres serios y grises con la cara de pocos amigos que Valentina habría reconocido a un kilómetro, no estaban funcionando.
-La gente los ve llegar -explicó Cortés-. Con sus trajes, sus maletines y sus caras largas. Se asustan. Esconden los papeles. Ponen a la abuela en la ventanilla.
-¿Y nosotros? -preguntó Daniel.
-Ustedes son tres jóvenes simpáticos, que nadie toma en serio. Una chica con horquillas, un chico con gafas, una muchacha con libreta. Pasan desapercibidos.
-Nos acaba de llamar «inofensivos».
-Es el mayor halago que puedo hacerle a un investigador.
Irene alzó la mano.
-¿Habrá fuegos?
-Ni uno.
-¿Ni siquiera pequeñitos?
-Soldado Paz.
-Ya no soy soldado.
-Señorita Paz. Si quiere trabajar con nosotros, tendrá que prometer que cualquier uso de pirotecnia pasará por escrito, con tres firmas.
-¿Tres?
-Y un testigo con vocación de ornitólogo.
Daniel se puso rojo hasta las orejas.
-¡Eso fue una vez!
-Fue una vez muy elocuente.
Lucía había dejado de tachar su lista. Miraba a Cortés con una expresión que mezclaba desconfianza y emoción.
-¿Qué tipo de contrato sería?
-Uno civil. Con sueldo, dietas y un coche.
-¿Un coche?
-Una furgoneta, para ser exactos.
-¿Qué furgoneta?
-La de Rufino.
-Ni hablar -dijo Irene-. Tiene una barra de pan dibujada en el capó.
-Rufino insiste. Dice que es discreta.
-Es una barra de pan con sonrisa.
-Es el elemento sorpresa.
Hubo un silencio largo. Los tres se miraron, y de pronto, como si hubieran esperado toda la vida ese momento sin saberlo, empezaron a reír, bajo y luego a carcajadas, con la risa desordenada de quienes han sobrevivido juntos a un zorrillo, una tormenta, una cripta y un loro.
-Aceptamos -dijo Lucía, secándose los ojos.
-¿Todos?
-Todos.
-Entonces, solo queda un detalle.
-¿Cuál?
-El nombre.
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Discutieron el nombre durante dos semanas.
Lucía propuso «Unidad de Revisión Documental Especial», que sonaba a oficina. Daniel, «Inspectores Voluntarios del Cuarto Piso», que no tenía sentido. Irene, «Los Incendiarios», que Cortés vetó con un suspiro.
Fue Ibáñez, en una cena de domingo en casa de Carmen Mendoza, con una cuchara en una mano y el cubo de fregona bajo la silla, quien pronunció la sentencia definitiva.
-Yo los llamaría la Agencia Pijama.
Se hizo un silencio extrañado alrededor de la mesa. Adrián dejó el tenedor. Valentina, con la boca llena de croquetas, levantó una ceja.
-¿Por qué?
-Porque cuando los vi aquella noche en la capilla vieja, en pijama, con un gallo y un cubo, pensé: *estos son los que van a salvar a la academia.*
-Fue un accidente -dijo Daniel.
-Fue un destino -corrigió el sargento, con solemnidad.
-Lo del cubo era mío -aclaró Irene.
-Era del sargento.
-Pero lo usé yo.
-Silencio -ordenó Carmen, repartiendo flan-. Me gusta. Agencia Pijama. Suena a gente de confianza.
Desde ese día, en la puerta de un despacho pequeño con vistas a un naranjo, colgó un letrero de madera pintado a mano que decía, con letras redondas y una estrella de seis puntas dibujada en la esquina:
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Editado: 08.10.2026