Un Escándalo Uniformado

Capítulo extra: El Domingo número cincuenta y dos

Hay sentencias que se cumplen con grilletes, otras con multas y una, en toda la historia de las Fuerzas Armadas, que se cumplió con cocido.

Aquel domingo de diciembre se cumplía el último día de la condena del comandante Adrián Ferrer, y Carmen Mendoza llevaba desde las seis de la mañana en la cocina, con el sombrero fucsia puesto «para dar suerte» y tres ollas a fuego lento.

-Tía Rosario, ¿has traído los garbanzos?

-Traigo garbanzos para un regimiento.

-Pues hoy hay un regimiento.

-¿Cuántos son?

-Veintiséis.

-¿En este piso?

-En este piso.

Tía Rosario se asomó al comedor con un cucharón en la mano. Era un comedor de dieciocho metros cuadrados, con un sofá de flores, un aparador con diecisiete figuritas de porcelana (regalo de Leonor, que no podía evitarlo) y una mesa extensible que ya había alcanzado su límite estructural. Junto a ella, la señora del tercero, que había llegado a las nueve «para ayudar», comprobaba con cinta métrica si cabía otra mesa plegable.

-No cabe -dictaminó.

-Entonces la ponemos en el pasillo.

-Es el pasillo.

-Es un comedor alargado.

-Carmen, esto va a ser una catástrofe.

-Es una cena familiar, Remedios.

-Es un desfile militar con tortilla.

-Pues que desfilen despacio.

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Los primeros en llegar fueron, como siempre, los del gallo.

Llamaron al timbre a las doce y cuarenta. Carmen abrió la puerta y se encontró con Adrián, que traía una botella de vino, un ramo de flores y la expresión de quien lleva cincuenta y un domingos sin aprender a no ponerse nervioso. A su lado, Valentina cargaba una tarta de manzana. Y entre las piernas de los dos, con las plumas erizadas y una dignidad de ministro, entró sin pedir permiso un gallo pardo.

-Firme -saludó Carmen, sin sorpresa.

-Cacareó el gallo.

-¿Cuántas veces os he dicho que no lo traigáis?

-Se sube solo al coche, mamá.

-Es un gallo, no un lagarto. Nadie se sube solo a un coche.

-Este sí.

-Y se sienta en el asiento de atrás con el cinturón puesto -añadió Adrián, serio.

-¿Cómo que con el cinturón?

-Le gusta.

Carmen los miró durante un largo segundo. Luego suspiró, se hizo a un lado y dejó pasar al gallo, que fue directo a la cocina, saltó sobre una silla y se instaló junto a la olla de los garbanzos con la mirada fija en un cuenco de pan de centeno.

-Hijo -dijo Carmen, tomando a Adrián de los hombros-, hoy es un gran día.

-Lo sé, Carmen.

-Hoy cumples la condena.

-Cincuenta y dos domingos.

-¿Los has contado?

-Uno por uno.

-¿Y cómo te sientes?

Adrián se lo pensó con la solemnidad de un hombre que ha leído demasiados reglamentos.

-Libre -dijo, con una sonrisa torcida-. Y un poco triste.

-Eso es normal. Siempre se echa de menos al carcelero.

-No me refería a usted.

-¿A quién, entonces?

-Al flan.

Carmen soltó una carcajada que hizo temblar la lámpara.

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A la una y cuarto, el piso se llenó.

Llegaron doña Elvira y Tina, con una bandeja de bizcochos. Llegaron Clara y Leonor, que traía en las manos un tupper de croquetas «por si acaso» y miraba el comedor con la expresión de quien calcula riesgos de incendio. Llegó el general Beltrán, con chaqueta de lino y bufanda a rayas, cargado con dos barras de pan y la solemnidad de un hombre que ha aprendido a ser útil sin dar órdenes. Llegó el sargento Ibáñez, con el cubo de fregona «por si hay que achicar». Llegó Rufino, con un gallo... ya había un gallo. Llegó Rufino con una cesta de pimientos y un cucharón de repuesto.

Llegaron Irene y Daniel, tomados de la mano con una naturalidad recién estrenada, y Anselmo, con una jaula cubierta por un paño de cuadros.

-No lo destapes hasta que yo lo diga -susurró a Carmen.

-¿Qué lleva?

-Un loro.

-Ya lo suponía.

-Está de buen humor.

-Peor.

Llegaron Mariana y el cabo Sepúlveda, que desde su compromiso se habían convertido en la pareja más cariñosa del vecindario y que cruzaron el umbral cogidos de la cintura, deshaciéndose en risitas. Llegaron el coronel Cortés y el general Salazar, jubilado, con una botella de coñac y una expresión de cansancio feliz. Llegaron la general Mendizábal y el coronel Peláez, que había traído una tarta «para compensar la apuesta de la boda» y que, en cuanto vio al gallo, retrocedió dos pasos.

-¿Eso es el famoso Firme?

-Es él.

-Tiene cara de juez.

-Lo es.

-Hola, Firme -dijo Peláez, con un respeto sincero.

El gallo, desde la silla de la cocina, inclinó levemente la cabeza.

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La comida empezó con una discusión sobre sillas.

Había dieciocho para veintiocho personas. Carmen proponía que los más jóvenes comieran de pie, junto al aparador. Tía Rosario, que los de más edad se sentaran en el sofá. La señora del tercero, que se montara una mesa en el rellano. El general Salazar, que presidía, por antigüedad, la cabecera de la mesa, tuvo que ser desalojado de allí porque Carmen necesitaba el sitio para el cocido.

-Carmen -dijo, con una dignidad herida-, he presidido consejos de guerra.

-Y yo, sesenta cumpleaños.

-Eso no es comparable.

-Tiene razón. El mío tenía croquetas.

Salazar se rindió, tomó su plato y se instaló en un taburete de la cocina junto a Rufino, con quien pronto entabló una conversación apasionada sobre la fermentación del pan.

Se sirvió el cocido en tres tandas. Primero la sopa, que Irene, por razones técnicas, intentó probar con una cuchara de plástico y acabó con medio plato en el delantal. Después los garbanzos, con su verdura y su carne, repartidos por la propia Carmen con un cucharón que era a la vez cetro y arma. Por último la pringá, que Ibáñez reclamó con los ojos húmedos y que defendió ante tres comensales a cucharada limpia.

-Es lo mejor que he comido en mi vida -sollozó-. Y he comido en la academia durante veinte años.




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