Sombras en Casa
La fotografía tembló apenas una milésima de segundo entre los dedos de Jackson.
Lo suficiente para que Matteo lo notara.
Era un plano perfecto.
Micaela caminando cerca de la fuente de piedra.
El viento desordenando levemente su cabello rubio.
La luz del atardecer tiñendo su perfil de tonos dorados.
Una imagen hermosa.
Y mortal.
—Mira el ángulo —dijo Jackson con la voz rasposa, todavía recuperando el aliento tras el entrenamiento.
Matteo se acercó a la luz de la lámpara.
—Fue tomada desde lo alto del ala oeste.
—No.
Jackson arrojó la fotografía sobre el banco del gimnasio.
—Desde el ala oeste hay un muro de cipreses que bloquea esa vista. Esa toma se hizo desde el tejado del viejo invernadero.
El silencio cayó pesado entre ambos.
Porque los dos conocían el perímetro de memoria.
—Ese tejado está dentro de la línea de sensores de presión —murmuró Matteo, con el ceño fruncido—. Cualquier paso ahí arriba activa la alarma central en el puesto de guardia.
—Y la alarma no sonó.
Jackson levantó la mirada. Sus ojos oscuros brillaban con una furia fría, contenida.
—Nadie puede desconectar ese sector sin el código de anulación del sistema de seguridad.
—Solo cuatro personas tienen ese código.
—Cinco —corrigió Jackson—. Mi padre, tú, los dos capitanes de guardia... y ahora alguien más.
Matteo apretó los labios. La implicación era brutal.
No era un dron.
No era un francotirador en las colinas lejanas.
El enemigo había entrado.
O peor: ya estaba viviendo bajo su mismo techo.
—¿Le decimos a Richard? —preguntó Matteo en voz baja.
—Mi padre blindará la casa y empezará a interrogar guardias a golpes —respondió Jackson, tomando una toalla para secarse el sudor del cuello—. Si el informante ve movimiento, desaparecerá antes de que sepamos para quién trabaja.
Se guardó la fotografía en el bolsillo del pantalón deportivo.
—Tú y yo revisaremos los registros de acceso de las últimas cuarenta y ocho horas. Sin levantar sospechas.
—¿Y la chica?
Jackson se detuvo en seco frente a la puerta del gimnasio.
La imagen de Micaela sonriendo en el jardín apenas unas horas antes volvió a su mente.
Aquel beso en la biblioteca.
La sensación de su piel tibia.
Y la aterradora certeza de que una bala con silenciador pudo haber terminado con todo en un parpadeo.
—De ella me encargo yo.
Micaela no lograba conciliar el sueño.
La conversación con Gonzalo en la biblioteca seguía resonando en su cabeza.
«Por primera vez en tu vida, deberías elegir tú».
Eran palabras generosas, pero la libertad pesaba más que cualquier cadena.
Había abierto las puertas de cristal de su terraza para dejar entrar el aire fresco de la noche. La brisa italiana olía a pino y tierra mojada.
Se apoyó en la barandilla con una bata de seda sobre los hombros, observando las sombras de los jardines.
De pronto, la puerta de su habitación se abrió sin previo aviso.
Ni un toque. Ni un susurro.
Micaela giró bruscamente, asustada.
—¿Qué demo...?
Las palabras murieron en su garganta.
Jackson ya estaba cruzando la habitación con pasos rápidos, casi violentos.
No vestía el traje impecable de siempre, sino ropa oscura y el cabello ligeramente húmedo. Su rostro no tenía rastro alguno de la calidez o la suavidad que había mostrado en la biblioteca.
Era el hombre frío. El heredero implacable.
Antes de que pudiera reclamarle, Jackson la tomó del antebrazo con firmeza y tiró de ella hacia el interior de la habitación.
—¡Suéltame! ¿Qué te pasa?
Jackson no respondió.
Con la otra mano cerró de golpe las puertas de la terraza, corrió las pesadas cortinas de terciopelo y giró el cerrojo.
La habitación quedó sumida en una penumbra opresiva.
—¿Te volviste loco? —reclamó Micaela, zafándose de su agarre con el pecho agitado—. No puedes entrar así a mi habitación.
—Te dije que no te acercaras a los balcones por la noche.
La voz de Jackson era cortante como una navaja.
—Estaba tomando aire. Esta es mi habitación.
—Esta habitación tiene tres ventanales que dan directamente a los puntos ciegos del bosque. Si alguien quisiera ponerte una bala entre ceja y ceja mientras miras la luna, ni siquiera escucharías el disparo.
Micaela retrocedió un paso, impactada por la crudeza de sus palabras.
Sintió una punzada de rabia.
—¿Otra vez con esto? Acabo de cenar con mis padres y con los tuyos. Me dijeron que aquí estaba a salvo.
—Te mintieron.
La respuesta fue tan rápida y tajante que el aire pareció desaparecer del cuarto.
Jackson sacó la fotografía de su bolsillo y la arrojó sobre la mesa de noche.
Micaela la miró con desconfianza.
Lentamente, la tomó entre sus manos.
Al reconocerse a sí misma, vestida con la ropa que había usado hacía apenas dos tardes, sintió que un balde de agua helada caía sobre su espalda.
—¿Quién tomó esto? —preguntó, con la voz perdiendo fuerza.
—Alguien dentro de estos muros.
El silencio que siguió fue asfixiante.
—¿Dentro?
—Nuestra seguridad fue burlada. Alguien tiene acceso a las cámaras, a los horarios y a los sectores sin vigilancia.
Jackson dio un paso hacia ella.
Su presencia llenaba todo el espacio.
—A partir de este segundo, no pisas un solo jardín. No abres una sola cortina. No sales de esta habitación sin que yo o Matteo estemos en tu puerta. ¿Quedó claro?
Micaela sintió cómo la humillación y el miedo se convertían en ira.
Arrugó el borde de la fotografía con los dedos.
—No me hables como si fuera uno de tus soldados.
—Te hablo como a alguien que no entiende en el peligro en el que está metida.
—¡Claro que lo entiendo! —estalló ella en un susurro furioso, dando un paso al frente para encararlo—. ¡Llevo semanas viviendo con terror! Descubrí que toda mi vida fue una farsa, que dos familias de criminales me reclaman y que media Europa quiere verme muerta. ¿Y crees que no lo entiendo?
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Editado: 08.10.2026